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Escalan las protestas en Estados Unidos pese al toque de queda y a la amenaza de represión de Donald Trump

En Minneapolis, Nueva York, Los Angeles o Washington, en todos los rincones del país los estadounidenses están azorados. En los almuerzos, las charlas en familia y entre amigos el tema de conversación ya no es la pandemia del coronavirus ni el drama económico: ahora todos hablan aquí de lo que se ha convertido Estados Unidos estos días, con estallidos de violencia en cada ciudad, con edificios emblemáticos destrozados, millones de personas viviendo bajo toque de queda y con un presidente que quiere mano dura con militares en las calles, que se escondió un día en el bunker de la Casa Blanca y al otro cruzó caminando la plaza que fue despejada minutos antes de manifestantes a bastonazos y gases.

Por octavo día consecutivo, las protestas continuaban en la noche de este martes de a punta del país, con cientos de miles de manifestantes violando el toque de queda que rige en casi todas las grandes ciudades.

Frente a la Casa Blanca, en Washington, los manifestantes intentan acercarse a la gigantesca valla colocada para evitar nuevas protestas.

Este inédito nivel de violencia extendida en las calles a lo largo y a lo ancho del país, algo que no se veía desde las manifestaciones tras el asesinato de Martin Luther King en 1968, también se refleja en las declaraciones de los políticos y se amplifica en un año electoral.

Donald Trump, que ya había anunciado el lunes el despliegue de “miles y miles de soldados fuertemente armados” para detener la ola de protestas y se había calificado como “el presidente de la ley y el orden”, redobló este martes la presión sobre los gobernadores para que endurezcan su posición frente a las protestas contra el racismo y la brutalidad policial tras el asesinato del afroamericano George Floyd en Minneapolis el lunes de la semana pasada, que murió asfixiado tendido en el suelo con la rodilla de un policía blanco aplastándole su cuello.

En Minneapolis, Nueva York, Los Angeles o Washington, en todos los rincones del país los estadounidenses están azorados. En los almuerzos, las charlas en familia y entre amigos el tema de conversación ya no es la pandemia del coronavirus ni el drama económico: ahora todos hablan aquí de lo que se ha convertido Estados Unidos estos días, con estallidos de violencia en cada ciudad, con edificios emblemáticos destrozados, millones de personas viviendo bajo toque de queda y con un presidente que quiere mano dura con militares en las calles, que se escondió un día en el bunker de la Casa Blanca y al otro cruzó caminando la plaza que fue despejada minutos antes de manifestantes a bastonazos y gases.

Por octavo día consecutivo, las protestas continuaban en la noche de este martes de a punta del país, con cientos de miles de manifestantes violando el toque de queda que rige en casi todas las grandes ciudades.

Frente a la Casa Blanca, en Washington, los manifestantes intentan acercarse a la gigantesca valla colocada para evitar nuevas protestas.

Este inédito nivel de violencia extendida en las calles a lo largo y a lo ancho del país, algo que no se veía desde las manifestaciones tras el asesinato de Martin Luther King en 1968, también se refleja en las declaraciones de los políticos y se amplifica en un año electoral.

Donald Trump, que ya había anunciado el lunes el despliegue de “miles y miles de soldados fuertemente armados” para detener la ola de protestas y se había calificado como “el presidente de la ley y el orden”, redobló este martes la presión sobre los gobernadores para que endurezcan su posición frente a las protestas contra el racismo y la brutalidad policial tras el asesinato del afroamericano George Floyd en Minneapolis el lunes de la semana pasada, que murió asfixiado tendido en el suelo con la rodilla de un policía blanco aplastándole su cuello.

Las escenas en la ciudad, una de las mecas del turismo mundial, eran dramáticas, con incendios de patrulleros, saqueos y vidrieras destrozadas de casas de productos electrónicos como Microsoft y BestBuy y tiendas emblemáticas como Macy´s en la calle 34 y otras grandes firmas de la Quinta Avenida como Nike, Lego, Gap, Michael Kors y otras. Las imágenes de los saqueadores rompiendo vidrieras lanzándoles sillas y bicicletas públicas angustiaron a los estadounidenses que miran azorados estas escenas que parecen salidas de un país lejano.

En su campaña a favor de la mano dura, Trump también destacó que en Minneapolis, donde fue asesinado Floyd, la situación de anoche fue “magnífica” y se atribuyó el logro: “(Gracias presidente Trump)”. En esta ciudad del estado de Minnesota, el gobernador Tim Walz sí aceptó la Guardia Nacional. Por las calles de Minneapolis se ven la mayoría de los 5.000 efectivos que llegaron al estado, con blindados, armas largas y uniformes camuflados. Efectivamente el nivel de violencia disminuyó estos días en la zona, a fuerza de arrestos, gases lacrimógenos y disparos de balas de goma que también fueron apuntados contra los periodistas. La ciudad ahora busca volver a la normalidad.

Trump comparó la situación en Nueva York con la de Washington donde, a su juicio, “no hubo problemas anoche” aunque sí “muchos arrestos”. “Gran trabajo por parte de todos. Fuerza abrumadora. Dominio”, tuiteó en otro mensaje. Sin embargo, no hizo mención alguna a la fuerte controversia que desató por la insólita visita a pie a una iglesia justo enfrente a la Casa Blanca que se encontraba rodeada de manifestantes que protestaban en forma pacífica.

La plaza por donde iba a pasar caminando Trump y otros funcionarios fue despejada a empujones y gases lacrimógenos solo para que el presidente pudiera sacarse una foto con la Biblia en alto delante de la iglesia que había sido vandalizada.

Horas después, la Casa Blanca difundió un video de toda esa escena, donde se ve al presidente avanzando a paso firme en la plaza con una música épica de fondo. Trump es un hombre que está muy pendiente de los medios y ama esos golpes de efecto, sobre todo en campaña electoral.

Polémica por la Biblia

Pero igualmente le llovieron las críticas. La reverenda Mariann Budde, obispo de la diócesis de Washington, dijo que Trump levantó la Biblia frente a la iglesia “como si fuera un accesorio o una extensión de su posición militar y autoritaria” y que el hecho “fue un abuso de las herramientas y símbolos espirituales de nuestras tradiciones y de nuestro espacio sagrado”. “No vino a la iglesia para rezar, no vino a la iglesia para ofrecer sus condolencias a los que están de duelo”, agregó. “No vino a comprometerse a sanar a nuestra nación, todas las cosas que esperaríamos y anhelaríamos del líder más importante de la tierra”.

El reverendo James Martin, un prominente sacerdote y autor jesuita, expresó que “usar la Biblia como accesorio mientras habla de enviar al ejército, presumir de que su país es el más grande del mundo y burlarse públicamente de la gente diariamente, es más o menos lo contrario de todo lo que Jesús defendió”. El rabino Jack Moline, presidente de la Alianza Interreligiosa, se sumó afirmando que “es uno de los abusos de religión más flagrantes que he visto”.

Fuente: Clarín.

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