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La Operación Barbarroja y la cruenta batalla de Kursk: el día en que Adolf Hitler lamentó haber invadido la Unión Soviética

El sábado 20 de enero de 1941, Franklin Delano Roosevelt –que había ganado las elecciones por el 54,7%- inició su tercer período presidencial. Dos semanas antes, al pronunciar su discurso ante el Congreso, con motivo de informar sobre el Estado de la Unión, estableció sus metas, conocidas como “las cuatro verdades” que deberían tener las personas “en cualquier lugar del mundo”: “Libertad de expresión; libertad de culto o de creencias; Libertad de vivir sin apremios y Libertad de vivir sin miedo”.

Luego agregó: “He aquí lo que decimos a las democracias: Vuestra lucha en defensa de la libertad es para nosotros, los americanos, algo que también afecta a nuestra propia existencia… os enviaremos buques, aviones, tanques y cañones en número cada día mayor…”.

Todavía no se había producido el ataque japonés sobre la base naval de Pearl Harbor (7 de diciembre de 1941) pero los Estados Unidos, a pesar de mantener su neutralidad, iban camino a convertirse en “el arsenal de la democracia”. La importancia de la industria estadounidense no fue bien analizada por el gobierno nipón en el momento de producirse el ataque y el estratega almirante Isoroku Yamamato no fue escuchado cuando predijo “es probable que Japón quede reducida a cenizas”.

Al año siguiente, en abril, Tokio es bombardeada por primera vez por una escuadrilla de aviones comandada por el joven teniente coronel James Doolittle y en junio 4 de los 6 portaviones que transportaron los aviones que atacaron Pearl Harbor fueron hundidos en la batalla de Midway. Aquellos, como el jefe del gobierno nipón, general Hideki Tojo, que pensaron que los Estados Unidos no estarían dispuestos a mantener una larga guerra y que la victoria alemana en Europa estaba asegurada se equivocaron.

Adolf Hitler se rió en público del presidente de los Estados Unidos, el 28 de abril de 1939, durante un largo discurso en el Reichstag. Comparó a Roosevelt con el ex presidente Woodrow Wilson y mientras se burlaba del primer mandatario de los EE.UU. los asistentes festejaban con sonoras carcajadas y aplausos. Empezando por el Mariscal Herman Göring. También en privado desconocían la maquinaria industrial de guerra que podía instalar los EE.UU.

Si la invasión alemana a Rusia constituyó un hecho trascendental para el resultado final de la contienda, el domingo 7 de diciembre de 1941 estableció el hecho definitivo que habría de decidir la guerra. Ese día “una fecha que vivirá en la infamia”, como dijo el presidente Roosevelt, la Armada Imperial de Japón sin previo aviso lanzó desde sus portaviones 353 aviones a un ataque sin piedad contra la base naval de los Estados Unidos de Norteamérica en Pearl Harbor (Hawái).

Como bien temía el Almirante Isoroku Yamamoto, Japón había despertado al monstruo industrial y militar que decidiría el curso del conflicto internacional. En Pearl Harbor, 18 buques de los Estados Unidos fueron hundidos o seriamente averiados, lo mismo que 402 aviones de guerra que estaban en los hangares o en las pistas. El ataque produjo 2.402 muertos, 1.247 heridos y cerca de medio centenar de civiles fallecidos. Ese día, América Latina se quedó sin aliento porque la guerra había entrado en el continente americano. Algunos se solidarizaron con los Estados Unidos y otros se hicieron los distraídos. Argentina, con su Ministro de Relaciones Exteriores, Enrique Ruiz Guiñazú, el “calamitoso” (término que usó Summer Welles, el subsecretario del Departamento de Estado), estuvo entre los segundos.

Ante el ataque de uno de los socios del Pacto Tripartito, el presidente Roosevelt le solicito al Congreso declarar la guerra, también, a Alemania e Italia. En una comunicación dirigida al parlamento de los EE.UU., el 11 de diciembre de 1941, en la que se afirma que “nunca antes ha habido un desafío tan grande contra la vida, la libertad y la civilización”, los Estados Unidos entraron en guerra con los gobiernos de Berlín y Roma.

Los alemanes no estimaron en un principio el poder brutal que habían despabilado. Apenas unos meses antes, el mariscal Göring había comentado al general de la Luftwaffe Joseph “Beppo” Schmid que los americanos “¡Solo saben fabricar automóviles pero no aviones!” y en enero de 1941 le había confesado a Benito Mussolini que “América habla mucho pero no hace nada”.

Dejando de lado los envíos “menores” en petróleo, combustibles, comestibles y vituallas a las naciones aliadas, la Ley de Préstamo y Arriendo posibilitó a las tropas enemigas del Pacto Tripartito un inimaginable respaldo en todo tipo de armamentos. A manera de muy simple ejemplo, a partir del 27 de septiembre 1941, los astilleros norteamericanos construyeron 2.710 buques de carga modelo Liberty (a razón de uno por día); tanques modelo M4 Sherman, que superó las 50.000 unidades (en total salieron 1.200.000 vehículos para diferentes usos); aviones Lockheed P-38 Lightning (Relámpago) 10.037 unidades, y varios modelos más de aviones de combate (en 1943 se hicieron 85.000). Entre 1939 y 1945 construyó 45 portaviones de distintas clases, por ejemplos, clase Independence (15) y Essex (15). En 1943 llegó a construir un portaviones por mes. Ni qué hablar de los afamados Jeeps, camiones, baterías de cañones, morteros, bombas, fusiles y pistolas.

Para alimentar a la industria de guerra, entre 1942 y 1945 los Estados Unidos produjeron 6.661 millones de barriles de petróleo. Todo el material del Programa Lend-Lease insumió a los Estados Unidos más de 50 mil millones de dólares de la época, según cuenta el cineasta Oliver Stone en su obra Historia no oficial de los Estados Unidos. El Reino Unido, por caso, se benefició con 31,4 mil millones y la Unión Soviética recibió por 11,3 mil millones de dólares. La ayuda a Rusia fue una decisión personal de Roosevelt a pesar de la opinión en contrario del vicepresidente Harry Truman, que dijo: “Si vemos que Alemania va ganando, debemos ayudar a Rusia, pero si vemos que es Rusia la que va ganando, debemos ayudar a Alemania. Que se maten entre ellos; y cuanto más mueran mejor.”

Los tardíos lamentos del Führer

Lo mismo que le ocurrió a Japón con los Estados Unidos le sucedería a Adolf Hitler con la Unión Soviética. No se sabe si fue por obra del destino o un capricho: el 22 de junio de 1812 la Gran Armada del Emperador Napoleón Bonaparte iniciaba la invasión a Rusia. Contaba en ese momento con el ejército más grande de la historia: 691.500 soldados, más numerosas piezas de artillería. La decisión lo condujo a una severa derrota. Más de un siglo después, Hitler, el 22 de junio de 1941, ordenaba el comienzo de la Operación Barbarroja atacando a su aliado Josif Stalin, con quien había firmado un Pacto de No Agresión en agosto de 1939.

Según las cifras que da el historiador Ian Kersah, para realizar la operación militar Alemania había logrado reunir el ejército más poderoso del Siglo XX. Lo integraban: “tres millones de soldados; 3.600 tanques; 600 vehículos motorizados; 7.000 piezas de artillería y 2.500 aviones de combate”. Comenzaba otro capítulo de la historia de la Segunda Guerra Mundial en la que la inmensa estepa devoraría cerca de 4.000.000 de soldados del Tercer Reich. La rapidez inicial con la que se conquistó el territorio ruso hizo presumir una corta y violenta victoria alemana. No fue así.

Un año más tarde, en privado Hitler comenzaría a lamentarse de la decisión de invadir Rusia (como se arrepentiría de sus burlas a los estadounidenses). Fue el 4 de junio de 1942, cuando viajó a Immola, Finlandia, para felicitar por sus 75 años al Mariscal Carl Gustaf Emil Mannerheim. La reunión se llevo a cabo en el vagón comedor del tren del comandante en jefe de las Fuerzas Armadas finlandesas, al borde del lago Saimaa.

El diálogo fue grabado por el ingeniero Thor Damen y guardado para la historia (a pesar de que la SS ordenó desconectar el micrófono). Entre otras excusas para salvar su responsabilidad, verdades y falsedades, el Führer dijo:

Hitler: [Existe] un peligro muy serio, quizás el más serio. Es ahora cuando podemos juzgarlo. No comprendimos hasta qué punto ese Estado (Rusia) estaba armado.

Mannerheim: No, yo tampoco.

Hitler: No, yo tampoco.

Mannerheim: Sí, tenían mucho armamento -y ahora no cabe duda de todo lo que tenían- y todo lo que contenían en sus almacenes.

Hitler: Tenían el mayor arsenal que cualquiera podía imaginar… si alguien me hubiera dicho que un país podía empezar (la guerra) con 35 mil tanques, le habría dicho que estaba loco.

Mannerheim: ¿Treinta y cinco mil tanques?

Hitler: Sí, 35 mil tanques. Hemos destruido hasta ahora 34 mil tanques. Si alguien me habría contado esto, le hubiera dicho: “¡Usted! Sí, usted, uno de mis generales me dice que cualquier país tiene 35 mil tanques, yo le diría: Señor mío, usted lo ve todo duplicado o decuplicado. Está loco, ve fantasmas”. Antes le he contado que hemos encontrado fábricas, una en Kramatorsk Aje, por ejemplo. Hace dos años había como doscientos tanques. No teníamos ni idea. Ahora allí hay una planta de fabricación de tanques donde en cada turno trabajan 30.000 obreros y en un día trabajan 60.000 obreros ¡en solo una fábrica! ¡Una planta gigantesca! Masas de trabajadores que ciertamente viven como animales… en la zona del Donets. (Ucrania).

Hitler conversa con el Mariscal Mannerheim almorzando en el vagón del tren del líder fianlandés.

“[…] Como le he contado a su Presidente (Risto Ryti) yo no tenía ni idea. Si la hubiera tenido, en ese caso habría sido aún más difícil para mí, pero habría tomado la decisión de invadir de todos modos, porque no había otra posibilidad. ¡Pero aún hay más! Porque una guerra en dos frentes, eso habría sido imposible, y eso nos habría descalabrado. Hoy lo vemos con más claridad que entonces, nos habría descalabrado. Nuestras armas fueron diseñadas para el Oeste y todos pensábamos que era lo acertado hasta entonces; era la opinión de los primeros tiempos, no puedes emprender una guerra en invierno. Por el contrario, hicimos pruebas para demostrar que era imposible luchar en invierno. Es un punto de partida distinto al de los soviéticos.”

“Hoy puedo decirlo con franqueza, la seria desgracia de saber la debilidad de Italia. Primero por la situación en el Norte de África, y luego la situación en Albania y Grecia. Una gran desgracia. Para nosotros eso significó de un plumazo, dividir nuestra Fuerza Aérea, nuestras fuerzas acorazadas, al tiempo que nos estábamos preparando para la gran guerra en el Este.”

¿Qué hacía Finlandia participando en la gran conflagración? La respuesta es simple: defendiendo su territorio como podía. Tras la invasión de Polonia por parte del nazismo y los soviéticos en septiembre de 1939, la Unión Soviética se creyó con las manos libres para imponer sus condiciones a los estados bálticos. El 30 de octubre de 1939, Molotov, el Ministro de Relaciones de la URSS, durante un discurso en el que critico a Gran Bretaña, Estados Unidos y Francia, dijo que le preocupaba la cercanía de la frontera finlandesa con la ciudad de Leningrado (hoy San Petersburgo) porque quedaba al alcance de sus cañones, pero en realidad le importaba el acceso marítimo a la ciudad rusa por el estrecho dominado por Finlandia. El Estado Báltico no cede a ninguna exigencia ni propuesta y se desencadena la guerra hasta el tratado de 1940.

Tras la invasión alemana de la Unión Soviética el gobierno finlandés pasa a convertirse en un aliado de Hitler y llega a un acuerdo con Berlín aunque sin integrar el Pacto Tripartito (Alemania, Italia y Japón) y mantuvo sus relaciones con el gobierno de Washington. Durante el conflicto las tropas de Finlandia, comandadas por el mariscal Carl Gustaf Mannerheim, participaron del sitio de Leningrado y no se adentraron profundamente en el territorio ruso.

El 4 de julio de 1943, el ejército alemán inicia la Operación Zitadelle (“Ciudadela”), la última gran ofensiva para quebrar al ejército soviético. Intervienen el IX Ejército y el IV Ejército Panzer, cerca de 800.000 soldados, 4.127 tanques y 2.000 aviones. Los rusos los esperaron con 1.900.000 hombres y más de 5.000 tanques y otras armas. En Kursk se concita la mayor batalla de blindados de la historia. Los alemanes son derrotados. Ante la invasión de Sicilia (Italia), por los aliados, el 9 de julio, que comprometía tropas alemanas en el Oeste, Hitler ordena terminar la Operación Ciudadela el 15 de julio de 1943.

Tras las derrotas alemanas en Stalingrado y Kursk, Finlandia comienza a tomar distancia del Tercer Reich y el 19 de septiembre de 1944 firmó la paz con los soviéticos y el Reino Unido, cediendo algunas partes de su territorio. Tras la firma del Armisticio de Moscú llegó la Guerra de Verano o Guerra de Laponia para desalojar a los alemanes de su territorio.

El 25 de abril de 1945, cinco días antes del suicidio de Adolf Hitler, los alemanes se rindieron y al final de la Segunda Guerra Mundial, a diferencia de Letonia, Estonia y Lituania, Finlandia conservó su independencia política y económica.

Fuente: Infobae

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