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Por Ianai Silberstein

Durante muchos años el sionismo acuñó una expresión en hebreo que traducida literalmente significa “la unión de las diásporas”: kibutz galuiot. También se ha usado mucho el concepto de “crisol de las diásporas”, sugiriendo la creación de un nuevo material o elemento a partir de otros que, a su vez, dejan de existir como tales. Es cierto que durante un tiempo no menor, en especial a través del hebreo y el reclutamiento en las Fuerzas de Defensa de Israel, el fenómeno del “judío nuevo”, el sabra, existió, y de hecho existe en permanente transformación. Al mismo tiempo, los movimientos migratorios hacia Israel han multiplicado la variedad demográfica al punto que, si bien es posible hablar de kibutz galuiot, ya no es posible hablar de un crisol.

Como sea que elijamos denominar el fenómeno (muchas veces me refiero al mismo como “tribalización” de Israel, con todas las connotaciones de lo tribal), lo relevante es tenerlo presente. Porque a esta altura de la Historia, cuando Israel araña los tres cuartos de siglo y cuando el ishuv judío en La Tierra lo supera largamente, no podemos permitirnos ignorar la incontrastable realidad: que la sociedad israelí está compuesta y funciona en torno a grupos, “minorías”, o culturas que inciden como tales en la política y en la cultura del Estado. Ejemplos claros son “los rusos”, “los jaredim”, “los seculares”, “los nacionalistas religiosos”, “los franceses” y así sucesivamente. Todos inciden en política, en economía, en cultura. Cada “tribu” se ha apropiado de su espacio o ha empujado a los márgenes otras “tribus” o minorías que fueran predominantes en su momento (“los pacifistas” de “Paz Ahora”, por ejemplo).

Más interesante aun es tener noción cabal que Israel no es sólo un conglomerado de tribus judías sino que en las últimas décadas de prosperidad ha creado minorías no judías importantes, algunas de las cuales están echando raíces en el país. Es el caso de los filipinos o tailandeses que sirven de apoyo a la tercera edad, o la mano obra sudanesa que habita informalmente en los suburbios de Tel-Aviv, y seguramente otros colectivos que se me escapan. En cualquier caso, es suficiente como para poner a prueba, tal vez por primera vez en la Historia del Pueblo Judío, la forma cómo tratamos al extranjero que vive en nuestro seno (Éxodo 12:49). Israel tiene siempre, por su naturaleza, desafíos existenciales y morales por delante; este, el de las minorías extranjeras, es uno de ellos.
Al final del día, conjugar estas dos variables, la existencial y la moral, en cualquier tema, es el gran desafío de Israel y el judaísmo del siglo XXI.

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