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Hedy Lamarr: La historia detrás de la inventora, actriz y rostro en el cual Disney se inspiró para crear a Blancanieves

Hedy Lamarr fue una mujer judía nacida en Viena, el 9 de noviembre de 1914. Sus padres optaron por llamarla Hedwig Eva Maria Kiesler.

Una científica conocida por ser pionera del feminismo y su personalidad torbellina. Dejo de lado sus estudios de ingeniería para seguir su verdadera pasión, actuar.

La primera película que filmó la llevó al estrellato. En 1932, con tan solo 19 años, fue la actriz principal de Éxtasis. Por primera vez se mostró la imagen de una actriz completamente desnuda fingiendo un orgasmo.

Juzgar un hecho del pasado en el presente no seria algo de que hablar para los espectadores, pero si para ese entonces fue totalmente repudiado por escándalo sexual y se prohibió su proyección en las salas de los cines, además de tener que soportar un sinfín de condenas sociales y familiares.

Los padres de Kiesler, al ver a su hija desnuda en la pantalla sintieron un gran disgusto y en resultado obligaron a Eva a casarse con un simpatizante nazi, conocido como Fritz Mandl, condenándola a una mantener una relación amorosa (sin amor) con su peor enemigo.

Fritz Mandl era extremadamente celoso e intento quedarse con todas las copias de Éxtasis, se estima que gasto $ 5.53 millones en dólares en intentar frenar su reproducción aunque no lo logró, todo el mundo ya había visto a su mujer desnuda y en encarando un rol sensual en lo que fue su papel como actriz.

Su marido solo le permitía desnudarse o bañarse si él estaba presente y la obligaba a acompañarlo a todos sus actos sociales y cenas de negocios para “no perderla de vista”.

Eva se vio forzada a transformarse en lo que siempre había detestado, en el trofeo de exhibición de un opresor.

Muchos eran los que pensaban que tenía todo lo que uno podía desear, que envidiaban su jaula de oro.

Vivía rodeada de lujo en el famoso castillo de Salzburgo pero era una esclava que no podía hacer nada sin la autorización de Mandl.

Exhausta del vacío insoportable en el que se había convertido su vida, decidió retomar la carrera de ingeniería.

En las reuniones de trabajo de Mandl a las que se veía forzada a asistir, aprovechó para aprender y recopilar información sobre las características de la última tecnología armamentística nazi.

Su marido era uno de los hombres más influyentes de Europa y, antes de la Segunda Guerra Mundial, se dedicó a surtir el armamento de Hitler y Mussolini.

Por ello, fue considerado como ario honorario por los gobiernos fascistas, aunque el era de origen judío.

La vigilancia continua llegó a resultarle tan insoportable que decidió huir.

Estando Mandl en un viaje de negocios, escapó por la ventana de los servicios de un restaurante y huyó en automóvil hacia París. No llevó más ropa que la puesta. Sólo llevo con sigo las joyas para luego venderlas.

La fuga fue angustiosa, los guardaespaldas de su marido la persiguieron durante días.

Finalmente, logró llegar a Londres y embarcarse con destino a Estados Unidos.

Allí coincidió con un viajero muy especial, el productor de películas Louis B. Mayer que le ofreció trabajo antes de llegar a puerto. La única petición era que se cambiase el nombre para que no se la relacionase con la película Éxtasis.

De los nombres que le eligieron se quedó con el de Hedy Lamarr. Sobre las aguas, Eva o Hedy firmó su contrato con la Metro-Golwyn-Mayer. Esa nueva actriz se instaló en Hollywood y protagonizó más de 30 películas., donde s imagen deslumbrante la convirtió en la verdadera estrella emergente de los años 30.

Ahora sí, es hora de comenzar a hablar sobre sus ingenios.

En 1941, en el auge de la segunda guerra mundial, Hedy conocía de cerca las prácticas de gobierno de Hitler, además de que alimentaba un profundo rencor hacia los nazis, por lo que decidió aportar su contribución personal al esfuerzo de guerra de los aliados.

En primer lugar, ofreció su trabajo y su preparación como ingeniera al recientemente creado National Inventors Council pero su oferta fue amablemente rechazada por las autoridades, que le aconsejaron que basase su participación en su físico y en su éxito como actriz.

Pero Hedy no estaba satisfecha, deseaba aportar sus conocimientos a fines técnicos que mejorasen las oportunidades de los ejércitos aliados, y examinó qué podría hacerse en los campos más sensibles a la innovación.

El área de las comunicaciones era especialmente crítica en una guerra y la radio resultaba el medio de comunicación más adecuado.

Por otra parte, también se estaban experimentando sistemas de guiado de armas por control remoto mediante señales de radio. Y el uso de estas señales radioeléctricas presentaba dos problemas fundamentales:

En primer lugar, las transmisiones eran absolutamente vulnerables.
Debido a la duración de los mensajes, el enemigo podía realizar un barrido de frecuencia en diferentes bandas y tener tiempo de localizar la emisión. Una vez hallada, era fácil determinar el lugar de origen sintonizando, a la misma longitud de onda, dos o más receptores con antenas direccionales, situándolos en diferentes emplazamientos y localizando la emisora por triangulación.

Conseguido esto, podían generarse interferencias que impidiesen la recepción, o atacar directamente el transmisor según conviniese. Es obvio el riesgo que esto representaba para los operadores de las estaciones, especialmente si se trataba de espías situados en territorio enemigo.

Y en segundo lugar, el aspecto negativo era la propia inseguridad en la recepción de la señal de radio, no solo por las interferencias intencionadas que ya se han apuntado, sino por la afectación de la propagación de las ondas debida a causas meramente naturales.

Hedy Lamarr se interesó por los temas de la defensa nacional a raíz del trágico hundimiento de un barco lleno de refugiados por un submarino alemán en 1940, cuando los Estados Unidos aún permanecían neutrales.

El sistema concebido por Hedy partía de una idea tan simple como eficaz.

Se trataba de transmitir los mensajes u órdenes de mando fraccionándolos en pequeñas partes, cada una de las cuales se transmitiría secuencialmente cambiando de frecuencia cada vez, siguiendo un patrón aleatorio.

De este modo, los tiempos de transmisión en cada frecuencia eran tan cortos y además estaban espaciados de forma tan irregular, que era prácticamente imposible recomponer el mensaje si no se conocía el código de cambio de canales.

El mensaje o la orden (en caso de control remoto) utilizaba un sistema binario, modulando la frecuencia portadora con una señal de baja frecuencia fija, de 100 o 500 Hz, lo que permitía añadir filtros sintonizados a estas frecuencias en el receptor para eliminar las señales parásitas mejorando la calidad de la recepción.

El receptor estaba sintonizado a las frecuencias elegidas para la emisión y tenía el mismo código de cambio, saltando de frecuencia sincrónicamente con el transmisor.

Este procedimiento se conoce ahora como “transmisión en espectro ensanchado por salto de frecuencia”, en inglés Frequency Hopping Spread Spectrum (FHSS).

Las principales ventajas que presentan las señales de este tipo de sistemas es que son altamente inmunes a ruidos e interferencias y difíciles de reconocer e interceptar.

Las transmisiones de este tipo suenan como ruidos de corta duración, o como un incremento en el ruido en el receptor, excepto para el que esté usando la secuencia de salto que se está empleando en el transmisor. Además, estas transmisiones pueden compartir una banda de frecuencia con muchos tipos de transmisiones convencionales con una mínima interferencia. Y además, no es necesario que las frecuencias de emisión sean contiguas.

El transmisor y el receptor eran asequibles a  la tecnología de la época, basada en componentes electromecánicos y válvulas de vacío, aunque resultaban voluminosos, y frágiles. Hedy no tenía ningún problema en diseñar y construir ambos aparatos, pero quedaba pendiente el delicado problema de la sincronización.

Necesitaba la colaboración de alguien muy experto y la casualidad vino en su ayuda.

En una cena se encontro con George Antheil, pianista y compositor norteamericano.

Años atrás, había protagonizado un escándalo mayúsculo el 4 de octubre de 1923, en el Teatro de los Campos Elíseos de París, con el estreno de su obra Ballet Mécanique.  La “orquesta” de este ballet estuvo compuesta por dos pianos, dieciséis  pianolas sincronizadas, tres xilofones, siete campanas eléctricas, tres hélices de avión y una sirena.

Dejando aparte las opiniones de los musicólogos, lo cierto es que Antheil había logrado sincronizar sin cables 16 pianolas que formaban parte de la orquesta mecánica, y esta precisión es justamente lo que Hedy estaba buscando. Ambos trabajaron intensamente durante algo más de seis meses para encontrar la solución. Emplearían dos pianolas, una en la estación emisora y otra en la receptora y codificarían los saltos de frecuencia de acuerdo con los taladros longitudinales efectuados en la banda de papel, como en una pianola común. La secuencia de los saltos solo la conocería quien tuviese la clave, la melodía, lo que aseguraba el secreto de la comunicación. Los motores de arrastre de ambos dispositivos estaban sincronizados por sendos mecanismos de relojería de precisión y además el transmisor emitía periódicamente una señal de sincronismo para compensar cualquier desviación.

El 10 de junio de 1941 presentaron al registro la solicitud de patente: “Secret Communication System

Les fue concedida el 11 de agosto de 1942, cuando EEUU ya estaba en guerra con Japón y Alemania.

Es de destacar que aunque la patente se titula “Sistema Secreto de Comunicación”, tanto el texto de la descripción como los dibujos se refieren a la aplicación concreta como control remoto del timón de un torpedo. En las reivindicaciones se amplía el ámbito a un sistema secreto de comunicación (que consta de) una estación transmisora incluyendo medios para generar y transmitir ondas portadoras de una pluralidad de frecuencias...” sin concretar el tipo de modulación, lo que implica que puede emplearse para la transmisión de sonidos y mensajes hablados.

Otro aspecto curioso deriva del hecho de usar una cinta de pianola que permite grabar 88 señales, correspondientes a las 88 teclas del piano. Tal número resultaba innecesario y a los inventores se les ocurrió aprovechar los canales sobrantes, en todo o en parte, para crear falsas transmisiones para confundir al enemigo.

La patente interesó a los militares, pero suscitó diversas opiniones. La marina de EEUU presumió problemas en su mecanismo, que no era demasiado apto para ser colocado en un torpedo, concluyó que el sistema era excesivamente vulnerable, inadecuado y engorroso y archivó el proyecto. Lamarr y Antheil no insistieron, se olvidaron del tema y volvieron a la cinematografía.

Pero si bien la idea era difícil de llevar a la práctica a principios de los años 1940, se utilizo durante la crisis de los misiles de Cuba en 1962.

En la actualidad, muchos sistemas orientados a voz y datos, tanto civiles como militares emplean sistemas de espectro ensanchado (entre ellos todas las tecnologías inalámbricas de que disponemos en la actualidad, tanto la telefonía de tercera generación como el WIFI o el Bluetooth.

Aunque la actriz no consiguió ingresar ni un solo centavo por la patente, que caducó sin ser utilizada, no puede discutirse que fue la pionera en esta técnica.

En los años que siguieron a la guerra, Hedy fundó su propia compañía cinematográfica con la que hizo y protagonizó algunas películas mediocres.

Durante los descansos de los rodajes aprovechaba para seguir explorando su faceta de inventora que se mantuvo en secreto mientras fue una estrella de la Metro. Al parecer, se creía que podía perjudicar su imagen de diva.
Cuando dejó la compañía, ya nadie la asociaba a ningún invento.

El 19 de enero de 2000 Eva Kieslerr fallece en Caselberry, un estado estadounidense de Florida a causa de una insuficiencia cardíaca.

En homenaje a esta hermosa actriz e inventora, todos los 19 de enero, en Viena, se celebra El Día del Inventor.

Denise Szlukier, estudiante de Química y Biotecnología

Reproducción autorizada por Radio Jai citando la fuente.

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