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Coronavirus en Israel y el problema del barrio ultraortodoxo

Mientras Israel intenta imponer todo tipo de medidas para que sus ciudadanos no salgan a la calle y frenar el contagio, hay un barrio en el que caminar, actualmente suena a un día cualquiera: Mea Shearim, el barrio ultra-ortodoxo de Jerusalem.

En los últimos días, se han acrecentado los enfrentamientos entre la policía israelí y las multitudes que caminan por el barrio como si no ocurriera nada.

El domingo, tres personas fueron arrestadas y multadas durante enfrentamientos con la policía en el vecindario, mientras los oficiales trabajaban para garantizar el cumplimiento de un bloqueo parcial, ordenado por el gobierno destinado a detener la propagación del nuevo coronavirus.

La represión se produjo en medio de incidentes donde miembros de la comunidad ultra ortodoxa que no cumplieron con las pautas del Ministerio de Salud, celebran grandes bodas y continuaban estudiando en las escuelas que habían sido ordenadas cerrar.

Las imágenes que allí se ven a diario, es la de grandes cantidades de hombres ultra-ortodoxos transitando como un día cotidiano. Cuando la policía intenta hacer su labor, los alborotadores arrojan piedras y se “defienden” de lo que consideran, un atentado contra su estilo de vida.

 

El Barrio Mea Shearim

A sólo diez minutos a pie de la Ciudad Vieja y del centro de Jerusalem, se esconde un barrio que escapó al torbellino de la modernidad. Las fachadas antiguas y sus calles, hacen que para cualquiera que no pertenezca a la comunidad, sea un lugar difícil de adentrar, de descubrir.

Las paredes les recuerdan a los visitantes que no son bienvenidos. “Los grupos que pasan por este barrio ofenden de forma severa a los residentes. “¡Por favor detengan esto!” y “Por favor no alterar la santidad de nuestro barrio y nuestro estilo de vida como judíos comprometidos con Dios y la Torah”.

 

Mea Sharim es el barrio judío más viejo de Jerusalem fuera de los muros de la Ciudad Vieja. Fue construido en 1874 por cien personas que reunieron sus recursos para comprar un pedazo de tierra en una zona no saneada, infestada de plagas. Un arquitecto alemán y dos constructores, un residente judío de Jerusalem y un cristiano de Belén, levantaron las primeras cien casas, que se sortearon entre los inversores. En menos de tres décadas, el número de viviendas ya se había triplicado.

Hoy se convirtió en un verdadero espacio cerrado para los ultra-ortodoxos en el centro del corazón de Jerusalem. Los jueves por la noche el barrio se enciende. Los restaurantes están abiertos hasta la medianoche y familias, parejas y amigos salen a hacer compras. Pero en Mea Shearim nadie parece estar paseando; todos se dirigen a algún lado y el tiempo los apremia. Los hombres no miran a las mujeres y todos bajan la mirada cuando se acerca alguien ajeno al barrio.

Caminando por la principal calle comercial se puede escuchar hablar inglés, francés, hebreo, yiddish y hasta español. Muchos de los que viven allí llegaron hace apenas unos años y otros, los más ortodoxos y miembros de un pequeño grupo de anti-sionistas, se niegan a hablar en hebreo. No reconocen al Estado de Israel y, por lo tanto, tampoco a su idioma oficial. No son la mayoría, pero dejan su impronta.

A diferencia de los otros barrios de Jerusalem y de Israel, en Mea Shearim no se ven banderas israelíes colgando de las ventanas o en las puertas de las casas. El símbolo que identifica y marca cada esquina, cada cuadra del barrio, es el judaísmo medieval, no el nacionalismo. Librerías totalmente dedicadas a temática religiosa, artesanías judías, casa de comidas judías y tiendas de ropa en las que todas las colecciones repiten el mismo color negro, los mismos modelos, el mismo estilo.

El otro símbolo que identifica a esta comunidad es su forma de comunicarse. Muchos de sus residentes rechazan la tecnología moderna, así que recurren a la vieja y confiable imprenta. En cada cuadra, carteles blancos con inscripciones en yiddish  invitan a los vecinos a bodas, reuniones, les informan sobre los cambios en el barrio y otros eventos sociales. A cualquier hora del día es muy común encontrarse a un grupo de cinco o seis hombres de negro leyendo absortos los carteles.

Según Ofir Barak, un fotógrafo que ha dedicado dos años a retratar las calles de ese barrio, “La comunidad judía ultra-ortodoxa de Mea Shearim está luchando constantemente contra la revolución digital porque creen que eso los alejará de la religión”.

Los varones ultra-ortodoxos dedican su día a día al estudio de la Torá, muy pocos trabajan y viven en buena medida de las subvenciones que reciben por número de hijos, lo que genera malestar entre la población laica, que exige que contribuyan y aporten a la sociedad.

Dentro de estos matices que tiene el barrio, donde los asuntos se resuelven entre los miembros de la comunidad y donde las leyes religiosas son las que gobiernan, Barak, el fotógrafo, confiesa que, durante su trabajo allí, capturó a menudo lo que denomina la “tristeza del lugar” un sitio donde, asegura, “se oprime a la mujer, hay pobreza y una muy mala educación”.

Sus residentes no lo ven así. Mea Shearim es uno de los pocos lugares de Jerusalem donde las calles se cortan totalmente al tráfico durante shabat y donde no se permite ninguna violación de las leyes judías en su interpretación más estricta.

Así, sus habitantes lo perciben como uno de los pocos reductos donde pueden vivir realmente como Dios ordenó a sus fieles.

Las sinagogas, criaderos de coronavirus

Mas allá de la necesidad de acatar una orden de estado, de mantener la cuarentena, Mea Shearim también es un lugar en el que parecería ser el ideal para la propagación del coronavirus. Según un estudio reciente del Ministerio de Salud y publicado en medios en hebreo, casi una cuarta parte de los israelíes que contrajeron el nuevo coronavirus en Israel lo hicieron en una sinagoga.

Los datos, basados ​​en aproximadamente la mitad de los casos que se han confirmado hasta ahora, muestran que el 24 por ciento de los que contrajeron la enfermedad la contrajeron en una sinagoga.

Se ha permitido que las sinagogas permanezcan abiertas, aunque están prohibidas las reuniones de más de 10 personas. Muchos líderes religiosos han pedido a los fieles que recen en casa, aunque algunos, especialmente en la comunidad ultra-ortodoxa, han seguido reuniéndose.

Reproducción autorizada por Radio Jai citando la fuente.
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