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La increíble vida del Rey Salomón

La extraordinaria vida, el poder, la sabiduría y las debilidades del rey Salomón, pilar del pueblo judío. Gobernó hace tres mil años, nunca recurrió a las armas, y con asombrosa habilidad política y comercial expandió el reino de Israel a lo largo de la Mesopotamia. Salomón (1015–931 A C) fue el tercer y último monarca del reino unido de Israel. Justo y sabio, ejerció el poder en el vasto territorio, durante casi cuatro décadas (965 a 928). Segundo hijo del rey David y de su mujer, Betsabé, ocupó el trono antes de la muerte de su padre para destronar a su hermanastro Adonías, que se proclamó rey y lo pagó muy caro: con su vida, por orden de Salomón. En vidas semejantes, pasados tres mil años, la verdad, la leyenda y la fábula se mezclan en torbellino. Al parecer, en un sueño, Dios apareció ante Salomón y le preguntó: “¿Qué quieres que te dé? Y dijo Salomón: “Mi Dios, soy muy joven y no sé cómo gobernar. Por eso, dame sabiduría”.

Y respondió Dios: “Porque has pedido sabiduría y no larga vida ni riquezas, te daré más sabiduría que a cualquiera que haya vivido hasta ahora, y además te daré riquezas y gloria”. Y así fue. Político nato, dividió su territorio en doce distritos, cada uno con su jefe: una concepción moderna…, reforzada por ciudades–granero para almacenar provisiones. Eran tiempos de feroces guerras y ávidas invasiones y conquistas, pero Salomón fue todo lo contrario de un rey belicoso.

En cambio, sí un sagaz diplomático que selló tratados de intercambio con estados vecinos. Es verdad histórica que uno de ellos le permitió recibir enormes cantidades de madera –los famosos cedros del Líbano– para sus fastuosas construcciones. En cuanto a su pacifismo, no era ingenuo. Protegió todas las entradas a su reino con fuertes guarniciones: tropas, carros, caballería, muros. Y se lanzó a una monumental obra pública. El reino contrató arquitectos, albañiles, carpinteros, expertos en metales –abundaban las minas de cobre y hierro– y desde Fenicia, los más lujosos materiales imaginables, con un fin supremo: terminar su obra magna; el Templo de Jerusalén, para albergar “por los siglos de los siglos” el Arca de la Alianza, que guarda en su corazón los rollos de la Ley de Moisés. Pero ese frenesí que levantó palacios deslumbrantes y expandió el comercio hebreo como nunca antes (en algún punto del Mar Rojo sus naves cargaron más de catorce mil kilos de oro), tocó fondo.

Salomón, llamado ya “el más rico de los reyes”, que exportaba minerales a los reinos de Arabia y Etiopía a cambio de oro, plata, marfil y asnos, y cobraba impuestos a las caravanas de camellos, por primera vez perdió el equilibrio de sus arcas. Y también el rigor religioso y moral, quebrando el primer mandamiento de la Ley de Dios al permitir en su reino el culto y la adoración de ídolos, según algunos escritos.

Y algo peor… “En la cúspide de su poder, y a raíz de las muy comunes alianzas matrimoniales entre familias reales, Salomón tomó esposas de los moabitas, amonitas, edomitas, sidonios y heteos, y erigió un harén de setecientas, legales, y trescientas concubinas, y construyó altares para otros dioses extraños”.

Con funestas consecuencias tardías: su hijo, el rey Roboam, cuya madre fue Naamah, hija de un faraón, sufrió la rebelión de diez de las doce tribus hebreas, y la división del territorio en dos reinos: Israel al norte, y Judá al sur… De pronto, el rey más poderoso, más justo y más sabio, había caído. Pero, se dice que después de un sueño temible, lo iluminó la luz de la culpa y el arrepentimiento.

La otra, y eterna obra de Salomón es El Cantar de los Cantares. Su argumento es simple. Dos amantes, un joven pastor y una sulamita, obligados a separarse, se buscan con desesperación, proclaman su amor en conmovedores versos, se encuentran, vuelven a separarse, con la esperanza de que el amor siempre triunfa. Pero semejante simplicidad, por siglos, atravesó todo tipo de interpretaciones. Una –acaso la mayor– la juzga una metáfora de la unión de Dios con su pueblo. Se lo nombra en la Biblia, en la Tora, el Corán y en leyendas de varios pueblos. En su época surge el Maguen David (estrella de David) símbolo mayor del judaísmo y del Estado de Israel. Se dice que representa la unión del ser humano con la divinidad, el triángulo que apunta hacia arriba alude a la sabiduría de Dios y su contrario hacia abajo, representa al hombre, otros dicen que es la unión sagrada del hombre y la mujer, entre otras interpretaciones.

Su anécdota más famosa dice así: Dos mujeres se presentan ante Salomón. Las dos han dado a luz al mismo tiempo, pero uno de los recién nacidos ha muerto, ambas se declaran madre del que está vivo, y piden que el rey haga justicia. Salomón ordena que el niño sea partido por la mitad con un golpe de espada, y que cada una reciba su mitad. La primera permanece indiferente. La otra, desgarrada, grita: “¡No! ¡que se lo lleve ella!. Por supuesto, Salomón comprende que ésta es la verdadera madre, porque prefirió perderlo antes que verlo morir. Fue sabio y justo. Las dos virtudes que lo hicieron entrar en la historia como un personaje gigantesco.

Fuente: Personalidades Judías de Todos los Tiempos.

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