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Las lecciones de Ana

Antes de fin de año, y frente a la comunidad del establecimiento al que concurren, deberán exponer las conclusiones y el aprendizaje obtenido de la lectura de un texto que se convirtió en símbolo y emblema de los horrores del odio y la intolerancia llevados a su máxima expresión con el Holocausto.

Según UNICEF, en Argentina, 4 de cada 10 estudiantes secundarios admite haber padecido acoso escolar, y 1 de cada 5, sufrir burlas de manera habitual. El hecho que motivó este fallo se conoció esta última semana, y fue protagonizado por tres alumnas de la Escuela Aristóbulo del Valle, de Casilda, provincia de Santa Fe. Dos hermanas de 13 y 14 años -la misma edad una de ellas que tenía Ana cuando empezó su calvario- golpearon con un ladrillo a una compañera de curso.

La situación venía de tiempo atrás, con insultos, amenazas y violencia física y psicológica. Según trascendió, las hermanas incluso le habrían advertido a la víctima que, si le contaba a su madre lo que estaba ocurriendo, “iba a ser boleta”. Fue finalmente la mujer quien radicó la denuncia al enterarse de la última, brutal agresión.

A partir de allí tomó intervención en el caso la jueza Pecoraro. Su actuación apuntó, por un lado, a avanzar sobre las condiciones sociales en que vivían todas las involucradas, al afirmar que, en rigor, eran tres las víctimas, ya que tanto las agresoras como la agredida vivían en condiciones de suma precariedad, por lo cual instó al Ministerio de Desarrollo Social santafesino a proveer asistencia y contención a las dos familias. La otra parte del fallo es, quizás, la más novedosa.

En un fallo inédito, una jueza obliga a dos hermanas que agredieron a otra chica a leer El diario de Ana Frank

Por un lado, establece, como se dijo, que deben leer El diario de Ana Frank, esa obra que deja al desnudo y confronta la inocencia de una adolescente que recién asomaba a la vida con una de las mayores expresiones de lo que la crueldad del hombre es capaz de generar. De visita en Buenos Aires unos años atrás, Bárbara Lederman, amiga de Ana en su infancia de Amsterdam, -y cuya familia, al igual que Ana y el resto de los Frank, a excepción del padre, murió en Auschwitz- recordaba aquellos días:

“Ana era una adolescente cuando comenzó a escribir. Escuchó por la radio a la Reina de Holanda decir que cada uno debía escribir la historia de la guerra tal como la experimentaba, y entonces pensó para sí misma: ‘Tengo que ser más seria’. Y miró lo que había escrito al comienzo, la gente a la que le disparaban, las familias que se llevaban, cosas muy tremendas… En esos apenas dos o tres años en que estuvo oculta en el ático, se convirtió en un ser adulto. Su diario muestra la historia de la más extrema inhumanidad contada desde la más plena humanidad por una niña llena de vida, a los 13 años. Es mucho lo que nos sigue enseñando acerca de la condición humana”.

De esas enseñanzas espera el fallo de la jueza de Casilda que las chicas que hostigaron a su compañera puedan aprender a empatizar, cambiar su mirada, deponer la violencia. Y hay algo más, muy interesante, en la decisión judicial: las 234 horas de servicio que se pide cumplan las hermanas en la biblioteca del colegio no, según se aclara, para trabajar en ese sector sino para estar en contacto con los libros. Esto es, para moverse en un universo donde reinan las palabras- esos puentes que sirven para alcanzar al otro-, y la lectura, en la que, según el catedrático Angel Gabilondo, “no hay que refugiarse sino emplear su capacidad de modificar el estado de las cosas”. De eso se trata.

Fuente: Clarín

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