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Covid

Por Ianai Silberstein
Finalmente, un día amanecimos con covid, el virus tan temido. La omnipotencia que da el paso inmune del tiempo nos había casi convencido de que no podía pasarnos a nosotros. La estadística parecía estar de nuestro lado. Sumado a ello, el silencio que trajo el fin de la Emergencia Sanitaria a nivel nacional nos permitió hablar de otras cosas. Como bien saben los supersticiosos, lo que no se nombra no se convoca y por lo tanto, no ocurre. La realidad es la que nombramos y tal cómo la nombramos.

Y sin embargo, no. La primera situación de la vieja normalidad traicionó nuestra buena fe y cuarenta y ocho horas más tarde amanecimos con frío, malestar, y algo de fiebre. Lo que antes de marzo de 2020 llamábamos enfriamiento o gripe; no un nombre asociado a morirse como covid. Dejamos pasar las horas, claudicamos ante un auto-test, y el positivo nos golpeó en la soledad de la casa: éramos mi esposa, el test, y yo. Y el covid, instalado para quedarse unos cuantos días.

Al tiempo que el lector lee estas líneas mi cuarentena termina, el alta es inminente. El proceso ha sido el descripto por toda la literatura médica y la leyenda urbana: fiebres varias, malestar, alguna tos, y decaimiento general. Si no se llamara covid, no merecería estas líneas.

Lo que merece estas líneas es que hace un año moríamos, en el paisito, por decenas o centenares día a día. Gentes que conozco, conocí, fue diagnosticada positivo y enviaron mensajes de fuerza y esperanza sólo para morir quince días después, solos, inesperada y prematuramente. La incredulidad de entonces, la tragedia que veíamos por TV o por la ventana, aún perdura: pero por entonces no morir era la excepción; hoy es la norma.

Mis amigos creyentes me explican que Dios existe aunque no lo percibamos. Covid parece ser una aproximación muy morbosa a esa idea: no lo percibimos pero está. Doy fe, yo, hombre de poca fe. Como les explico a mis amigos creyentes, también covid se ha convertido en lo que nosotros, Humanidad, hemos hecho con él: lo domesticamos.
Ante aquello que literalmente nos superaba, nos diezmaba, interpusimos, en términos de Harari, el discurso: la colaboración en grandes números, el conocimiento, y la tecnología. Una vez más, nuestra revolución cognitiva ha ido más rápido que nuestra evolución como especie. Los dinosaurios se extinguieron. Yo, un sapiens envejecido, con sobrepeso y comorbilidades, he atravesado el covid.

Este próximo sábado, Shabat, voy a usar el espacio que mi tradición/religión dispone para mí (para cualquier judío, entiéndase), y subiré a leer la palabra que ella pone en mi boca cada semana para agradecer este viaje de ida y vuelta. Creyente o no, ha sido sólo cuestión de timing. Hubo quienes no tuvieron chance. Dios y mi canto, dijera Serrat, saben a quién nombro tanto.

Reproducción autorizada citando la fuente con el siguiente enlace Radio Jai

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