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La larga guerra en Afganistán

guerra afgana

Por Ricardo López Göttig

Afganistán es uno de esos países que, de tanto en tanto, ganan espacio en los titulares de los grandes medios. Fue una pieza disputada en el siglo XIX en lo que se dio en llamar “el Gran Juego” o “Torneo de sombras” entre el Imperio Ruso y el Imperio Británico, desde su dominio en la India. Luego, en el contexto de la guerra fría, volvió a cobrar relevancia cuando fue invadido por la Unión Soviética en 1979 en apoyo a un frágil régimen socialista, hasta retirarse a mediados de 1989. Con el fin del choque de los colosos planetarios, Afganistán siguió siendo el escenario de una guerra civil, pero olvidada, hasta que los Talibán tomaron el poder en 1996 y establecieron una teocracia que, además, se transformó en el lugar de refugio para formaciones jihadistas como Al Qaeda. Los talibán despertaban la indignación de la opinión pública de los países democráticos por el desprecio por los más elementales derechos de las mujeres, la instauración de la tiranía teocrática y la destrucción del patrimonio arquitectónico y artístico de siglos anteriores, pero no movieron el amperímetro hasta que quedó de manifiesto el vínculo con Al Qaeda y los atentados del 11 de septiembre del 2001 en suelo estadounidense. A partir de entonces, el entonces gobierno del presidente George W. Bush formó una gran coalición internacional para capturar a los líderes de Al Qaeda, a los que el régimen Talibán protegió hasta que fue depuesto a fines del 2001.

Lo cierto es que Afganistán no es un Estado nacional consolidado, sino una entidad política en la que los gobiernos centrales, instalados en Kabul, nunca lograron tener un control pleno de su territorio. Es un país formado por una gran cantidad de grupos étnicos, como los pashtunes, hazaras, tadjikos, uzbekos, nuristanis, baluchis, turkmenos y otros de menor peso demográfico, pero a su vez estas se dividen en tribus y clanes. Las monarquías de los siglos XIX y XX lograron mantener cierta estabilidad interna gracias a los ingresos que obtenían de potencias externas, en virtud del equilibrio que mantuvo en las pujas entre rusos y británicos, soviéticos y estadounidenses. Con esos recursos, no sólo preservaba su posición central, sino que además le permitía repartir a discreción esos ingresos entre las etnias, tribus y clanes para mantener una débil armonía.

Jihadismo
La formación jihadista se iba fortaleciendo rápidamente en el terreno, controlando varias provincias.

Tras la deposición del último rey, Zahir Shah, en 1973, y la proclamación de la república con su primo Mohammed Daud, se inaugura una etapa de creciente inestabilidad y tensión. En 1978 este presidente fue derrocado por una revolución del Partido Democrático del Pueblo de Afganistán, de índole socialista –en un país rural, rigurosamente tradicional y apenas secularizado y modernizado en Kabul-, pero además dentro del PDPA comenzó una lucha sangrienta por el poder entre dos facciones: la Parcham, moderada, y la Jalq, más revolucionaria, pero que también reflejaba las fracturas tribales, ya que la segunda era integrada por miembros de la tribu Ghilzai, siempre relegada en los esquemas del poder afgano. Estos elementos, que a los ojos del observador occidental resultan incomprensibles, resultan fundamentales para comprender la dinámica social de la política afgana. La invasión soviética de diciembre de 1979 se produjo para sostener a ese régimen socialista del PDPA, ya que las dos facciones se estaban asesinando y ello podía llevar a la pérdida de esa posición en el centro de Asia.

La ocupación soviética, durante diez años, produjo una numerosa migración de pashtunes a la vecina Pakistán, donde en las regiones que hoy se denominan Waziristán también hallamos una mayoría de ese grupo étnico, distribuido en ambos lados de la frontera, la llamada Línea Durand, establecida por los británicos en el siglo XIX. En esos campamentos de refugiados, crecieron y se socializaron los jóvenes que se radicalizaron en su visión del Islam, en una versión singular que fusionó la Sharia con el pashtunwali, el derecho consuetudinario de los pashtunes, dándole una impronta particular a los Talibán, es decir, los “estudiantes” de las madrasas formadas en el exilio, bajo el liderazgo del Mullah Omar. Concebida en términos de Jihad contra el infiel ateo soviético, la guerra radicalizó las mentes y en ello hubo una fuerte inversión de Arabia Saudí, ya envuelta en una guerra intraislámica frente a la revolución en Irán del Ayatollah Jomeini.

En 1992, los mujahiddin que combatieron contra el régimen socialista lograron tomar el poder, sin que ello significara el fin de los combates; por ello, en 1996 los Talibán lograron a su vez desalojarlos e implantar un emirato islámico, sin pretensiones de exportar su modelo. Pero sí le dieron refugio a Osama bin Laden y a Al Qaeda, que invertía en Afganistán y a su vez entrenaba a sus guerrilleros en el conflicto interno del país. La agenda global de Al Qaeda arrastró a los Talibán en la guerra internacional contra el terrorismo, aun cuando tenían objetivos divergentes respecto al interés por la política mundial.

Los diferentes grupos contrarios a los Talibán se reunieron en Bonn, en la República Federal Alemana, para conformar un gobierno de coalición tras la derrota de los Talibán en 2001 frente a las tropas de Estados Unidos y sus socios de la OTAN. Así fue como surgió la figura de Hamid Karzai como presidente de la nueva república, un hombre perteneciente a la tribu predominante de los Durrani, de la etnia pashtún. Durante casi veinte años, sucesivos gobiernos de Estados Unidos y la OTAN invirtieron enormes sumas en la infraestructura, la sociedad civil y el equipamiento y entrenamiento de las fuerzas armadas de Afganistán, pero que terminaban en los circuitos corruptos e ineficaces de los gobiernos y sus entramados de reparto de influencias.

Los Talibán, ya desligados de Al Qaeda, nunca fueron por completo derrotados ni militar ni culturalmente, y comenzaron a recuperar el control de mayores porciones del territorio ya en 2015. De allí que, en las conversaciones sostenidas por funcionarios estadounidenses durante la administración Trump con representantes de los Talibán en Doha, la formación jihadista se iba fortaleciendo rápidamente en el terreno, controlando varias provincias. El entonces presidente Donald Trump, en 2020, en varias oportunidades sugirió el retiro completo de las tropas en forma inminente, sin que ello supusiera ninguna garantía de supervivencia para el gobierno del presidente Ashraf Ghani.

Ante la prioridad planteada por el nuevo presidente estadounidense, Joe Biden, de considerar a la República Popular China como el rival global en la segunda guerra fría en la que estamos ingresando, se prosiguió a ritmo acelerado con la salida de las últimas tropas de Estados Unidos y aliados del suelo afgano. Este vacío se llenó con la toma de los Talibán de las principales ciudades, que fueron cayendo una tras otra en sus manos, frente a un ejército local que no tuvo capacidad de combate, y a un presidente que no tuvo liderazgo ni legitimidad para sostenerse.

En las próximas semanas se irá conociendo el nuevo carácter del régimen talibán del 2021, si alimentará una vez más el refugio a terroristas jihadistas que cometan atentados contra objetivos occidentales, y con quienes establecerá alianzas más allá de sus fronteras. Es muy probable que este nuevo régimen no logre controlar por completo el territorio, tal como ocurrió a lo largo de la historia del país, pero es muy pronto para saber si esto prolongará la guerra civil que se viene desarrollando desde los años setenta. En lo inmediato, supone el infierno para las mujeres, para quienes creyeron y contribuyeron a establecer un sistema pluralista, a quienes trabajaron con los occidentales, para las minorías shiítas y sufíes. Y también puede ser un poderoso incentivo para otros experimentos de califatos islamistas en Medio Oriente y el norte de África, tal como viene ocurriendo en distintos escenarios.

 

 

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