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Libia, el viejo-nuevo escenario que enfrenta a Turquía con el Mundo Árabe y Rusia

Por Ezequiel Naidich

Lo primero que uno piensa cuando hablamos de conflictos en Medio Oriente suele ser el conflicto palestino-israelí, la pequeña Guerra Fría regional entre Irán y Arabia Saudita, y la Guerra Civil en Siria que involucró al Estado islámico. Pero también debemos conocer el otro conflicto geopolítico e ideológico que divide Medio Oriente.

En los últimos años, con Recep Tayyip Erdogan al mando, Turquía fue abandonando la tradición de seguir la política exterior de Estados Unidos, buscando retornar a los viejos tiempos en los que el Imperio Otomano dominaba la región.

Este otro gran conflicto regional que mencionaba antes enfrenta a Turquía y Qatar con Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos y Egipto, e implica manejo de influencias, dominación sobre pozos de petróleo y gas y, como no puede faltar en la región, diferencias religiosas.

En 2017 una amplia coalición de países árabes aisló a Qatar por apoyar grupos terroristas, principalmente la Hermandad Musulmana. La Turquía de Erdogan, también afiliada a la Hermandad, se involucró en esta crisis defendiendo a los qataríes. Este enfrentamiento se traslado a dos importantes guerras civiles ya existentes, para dar una impronta más fuerte. Por un lado, los qataríes y turcos apoyarían a los rebeldes hutíes en Yemen, donde hasta ahora se enfrentaban principalmente Irán y Arabia Saudita. Por otro lado, la asistencia turco-qatarí llegó a Libia.

Para entender este nuevo escenario hay que repasar un poco lo que sucedió en este país. Al igual que Siria, Libia sufrió fuertemente la Primavera Árabe, llevando al derrocamiento del longevo régimen de Gadafi y llevando a una turbulenta transición a la democracia. Entre 2014 y 2016 dos grandes facciones se definieron. El gobierno ejecutivo y el Congreso, situados en la ciudad de Trípoli, fueron reconocidos por las Naciones Unidas como el Gobierno de Unidad Nacional (o GNA). En oposición a este, en Tobruk, la Cámara de Representantes elegida por voto popular en 2012 apoyaba al ex primer ministro Abdulah Al Zani y, junto al Ejercito Nacional Libio dirigido por Khalifa Haftar, llegaron a controlar la gran mayoría del territorio libio.

El gobierno de Tobruk y Haftar han avanzado en la destrucción del islamismo extremista de todas las facciones. El principal objetivo del Ejercito Nacional Libio era eliminar las células y milicias del Estado Islámico, pero dado el éxito de esta misión, Haftar decidió tomar Trípoli e imponer la ley militar en un único gobierno que controle todo el país. Hasta hace poco, la gran mayoría del territorio era dominada por Tobruk. Aquí entran en juego los intereses e intervenciones extranjeras, que son más importantes que las mismas fuerzas domésticas.

El ejército de Haftar recibe el apoyo de Egipto, un país que fue controlado por la Hermandad Musulmana entre 2011 y 2013 y que sufre constantes atentados del Estado Islámico, y de Arabia Saudita y EAU. Tobruk también posee el apoyo de Francia y Rusia, importantes compradores del petróleo del este libio.

El Gobierno de Unidad Nacional en Trípoli, aunque tiene el apoyo de la comunidad internacional, no recibía asistencia militar de la misma forma. Sin embargo, Turquía ahora apostó por defender a Trípoli, evitando que Haftar lograse conquistar la ciudad. Es más, logró recuperar el oeste de Libia.

¿Qué significa todo esto? En primer lugar, hay una oportunidad. El confiado avance de Haftar sobre Trípoli, controlando los suburbios de esta ciudad, impedían avanzar en cualquier iniciativa de negociación. Al emparejarse la situación hay una pequeña ventana de oportunidad.

Pero si no se aprovecha, Libia crecerá como escenario de esta gran confrontación. Si Trípoli, junto a Turquía, consiguen importantes victorias, Rusia desembarcará con intervenciones militares similares a las vistas en Siria, para defender sus intereses petroleros. A su vez, si crece la presencia militar rusa, Turquía debería apostar aún más fuerte, pues también tiene sus propios acuerdos petroleros que solamente el gobierno de Trípoli va a honrar.

La escalada, en este sentido, sería evidente, condenando a Libia a un destino aún peor.

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