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La hazaña de un ajedrecista judío para encontrar a su familia durante la Shoá

Estableció un récord mundial de partidas simultáneas a ciegas (sin mirar el tablero) ante 45 jugadores como una señal de vida para su familia atrapada en el Gueto de Varsovia. Najdorf había nacido en Varsovia el 15 de abril de 1910. Fue quizás el más importante jugador de ajedrez argentino y alcanzó el título de Gran Maestro Internacional. Nacido en el seno de una familia judía, Najdorf aprendió a jugar al ajedrez a la edad de 9 años, con el padre de un amigo de él, que era violinista de la orquesta de Varsovia, y a los 14 años conoció a los maestros Akiba Rubinstein y Savielly Tartakower, a quien siempre se refirió como “su maestro”. A los 20 años alcanzó la categoría de Maestro Internacional. En el año 1936 jugó sus primeras Olimpíadas de ajedrez en Múnich, con la selección polaca de ajedrez. Polonia cosechó un gran éxito al conquistar la Medalla de Plata. Najdorf obtuvo la medalla de oro en su tablero. Sin llanto ni remordimientos, Najdorf se había despedido de su familia en agosto de 1939 cuando fue elegido representante de su país para la Copa de Naciones de ajedrez, una especie de Mundial de seleccionados, que se disputó en el Teatro Politeama en Buenos Aires, con la presencia de 27 equipos. El 1 de septiembre, el estallido de la Segunda Guerra Mundial tomó por sorpresas a jugadores y organizadores; sólo el equipo inglés se atrevió a abandonar la competencia y regresar de inmediato a Europa. Al finalizar el certamen muchos ajedrecistas se fueron, alrededor de veinte se quedaron en la Argentina, entre ellos Miguel Najdorf. Siendo judío, interpretó correctamente los sucesos de su tiempo y decidió quedarse a vivir en la Argentina, y adoptar esa nacionalidad. Esta decisión le costó grandes pérdidas afectivas y personales. Gracias al accionar de la Cruz Roja durante algo más de un año pudo entablar correspondencia con sus familiares más íntimos, pero cuando los nazis pusieron en marcha “la solución final”, con el exterminio del gueto de Varsovia, la comunicación fue sólo de ida. Recién en 1946 Najdorf reunió el dinero para viajar a Europa y ser testigo de los horrores y espantos de la Guerra. Fue entonces cuando pergeñó su plan, el de lanzar una señal de vida hacia cualesquiera de sus 300 familiares judíos-polacos, incluyendo a su padres (Gdalik y Raissa), hermanos (Josek, Salek, Merik e Iacha), esposa (Genia) y su hija de 3 años (Lusia), para que descubrieran que del otro lado de la Tierra él había gambeteado el infierno de la Guerra. El 25 de enero de 1947 intentó que su destreza deportiva se convirtiera en una noticia capaz de atravesar cielos y mares, con la esperanza de llegar hasta algún familiar sobreviviente del holocausto. Sus parientes habían sido arrancados del gueto de Varsovia, y llevados a los campos de concentración de Treblinka y Auschwitz. Por eso, hace 72 años, junto a la celebración del 393° aniversario de la fundación de la ciudad de San Pablo (Brasil), la Federación Paulista de Ajedrez, con el auspicio del diario “A Gazeta” aceptaron la propuesta y organizaron un evento con trascendencia mundial. Elevar la plusmarca hasta un límite casi inhumano. Llevar a cabo una exhibición simultánea de ajedrez frente a 45 rivales, sin tener contacto visual alguno con sus adversarios, ni con el tablero ni las piezas. Sólo a través de la voz. La intención de que su acción trascendiera las fronteras ya estaba instalada en la mente de Miguel Najdorf desde hacía tiempo. En 1943, en Rosario, en los salones del Círculo de Obreros, había logrado superar la plusmarca de Koltanowsky, cuando al cabo de 17 horas de juego se había enfrentado a 40 rivales a la ciega, con 36 triunfos, 1 empate y 3 derrotas. Pero la ausencia de un veedor oficial dio lugar a la protesta y pedido de anulación presentado por el belga ante la federación internacional de ajedrez (FIDE, según sus siglas francesas). Por eso, ahora en Brasil nada quedaría librado al azar; la organización se encargó de las invitaciones a los veedores y de la contratación de árbitros, asistentes y varios colegas ajedrecistas. En la medianoche de ese lunes 25 de enero de 1947, en Brasil, Miguel Najdorf, de 36 años, sentado sobre un mullido sillón de cuero, vestido de traje blanco y en la soledad de un cuarto desprovisto de tableros y piezas, solamente asistido por un micrófono (para dictar las jugadas) y un parlante (para escuchar la respuesta del rival) completó la proeza. La exhibición se extendió durante 23 horas y 25 minutos; desde las 20, del domingo 24 de enero, hasta las 19.25 del día siguiente. Durante el transcurso de la prueba, la presión arterial de Najdorf varió de 13/8 con 70 pulsaciones hasta 12/8 con 80, su privilegiada e imperturbable mente fue capaz de memorizar la ubicación exacta de las 1440 piezas desparramadas entre las 2880 casillas de las 45 mesas, y ejecutó, sin errores, las 1166 jugadas necesarias hasta doblegar al último oponente.

Se había enfrentado a 45 tableros (en realidad fueron 83 los participantes, ya que a causa de la extensa sesión, muchos se vieron obligados a dejar sus puestos para cumplir con sus obligaciones, por lo que fueron reemplazados por renovados jugadores), y pese a ello, cerró la competencia con un resultado brillante: Najdorf se había impuesto en 39 mesas, cosechó 4 empates y perdió sólo 2 partidas. Inhumano. Un eufórico aplauso del público junto con cada uno de los protagonistas, que se quedaron de pie al lado de los 45 tableros premió la actuación del maestro argentino que, en agradecimiento, salió y cruzó el salón de juego sostenido de un brazo por el gobernador del Estado de San Pablo, Adhemar Barros.
Con la nueva marca, la hazaña de Miguel Najdorf fue inscripta en el libro Guinness como la del campeón mundial de partidas simultáneas a la ciega, dejando atrás a George Koltanowsky.

Aunque la hazaña fue comentada en los principales diarios y radios de la época, en los años siguientes no hubo señales de que hubiese llegado el mensaje a destino. Al fin, Najdorf comprendió el destino final de sus seres queridos y depositó su energía en el trabajo y el ajedrez. Su primer paso fue rearmar el enroque familiar, y para ello eligió quedarse en este país.

“El ajedrez me enseñó a ganar y a perder; y lo digo yo que lo perdí todo. Pero la vida me dio revancha, y mi mejor jugada fue quedarme en la Argentina”, se convirtió en su frase de cabecera utilizada con el paso de los años, sin abandonar su voz aguardentosa y ese típico acento centroeuropeo.

Recién cuando el corazón se hizo cicatriz construyó un nuevo hogar en Buenos Aires. Conoció a Eta, una mujer entrerriana, juntos regaron el romance, se casaron y tuvieron dos hijas, Mirta y Liliana. Ellas fueron las responsables de alimentar la prosapia judía, con la llegada de: Facundo, Ezequiel, Alan, Yanina y Gastón; los nietos que Don Miguel disfrutó hasta el último día de su existencia. A pesar de su avanzada edad jugó en numerosos torneos internacionales contra los principales ajedrecistas del mundo y representó a la Argentina varias veces en certámenes olímpicos. Murió en 1997 en Málaga, España. A setenta y dos años de la recordada hazaña, la jugada de la vida de Miguel Najdorf aún despierta admiración, respeto y emoción que se enaltece con el tiempo.

Articulo extraído de la pagina de Facebook “PERSONALIDADES JUDIAS DE TODOS LOS TIEMPOS”.

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