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Se cumple un nuevo aniversario de la masacre de atletas judíos en Munich

Munich, cinco de septiembre de 1972. Los Juegos Olímpicos empezaron hace dos semanas. El comité organizador se ha esforzado para que el clima humano en la villa fuera “abierto y amistoso”: un modo de borrar la imagen de los juegos de 1936…, propaganda del régimen hitleriano y gran humillación del führer cuando el atleta negro norteamericano se colgó cuatro medallas de oro.

Un negro, nada menos…, contra los arios blancos, la pureza racial y el plan criminal de exterminio que se desataría después.

Parte de ese clima friendly permitió que los sistemas de seguridad fueran mínimos, y que los atletas pudieran entrar y salir de la villa con total libertad.

Algunos, por hábito, comodidad, destreza física, o simplemente picardía, al volver de noche, escalaban el cerco perimetral de dos metros de altura…

Tampoco hubo guardias armados. Ausencia que impulsó a protestar al director de la delegación israelí, Shmuel Lalkin: su equipo se alojaba en un sector algo aislado, y eso lo tornaba muy vulnerable. Las autoridades alemanas le prometieron seguridad adicional… pero los hechos probarían que no la hubo.

Créase o no, el especialista forense Georg Sieber, por pedido del comité, creó 26 posibles escenarios de ataques terroristas -los años 70 fueron el apogeo de esas bandas en medio mundo-, y su escenario 21 imaginó… ¡un asalto a las habitaciones de los atletas israelíes!

Como dice cierta la frase profética, “un accidente esperando suceder”.

EL GOLPE
El cuatro de septiembre, después de un largo paseo nocturno, los olímpicos israelíes volvieron a la villa entre las tres y las cuatro de la madrugada.

A las 4.40, mientras dormían, ocho terroristas palestinos de la banda Septiembre Negro, disfrazados con ropa deportiva y con pistolas y granadas en sus bolsos, empezaron a escalar la reja.

Algunos, ayudados por deportistas norteamericanos… ¡que los creyeron atletas que volvían furtivamente a sus cuartos!

El entrenador Weinberg (33) oyó un ruido sospechoso, vio que alguien intentaba abrir su puerta, se arrojó sobre ella gritando -el primer alerta-, y otros terroristas, usando fusiles como palancas, trataban de abrir otras puertas.

Nueve atletas escaparon y ocho se ocultaron. Yossef Romano, luchador, agarró el arma que empuñaba un atacante, pero murió de un balazo. Weinberg atacó a un terrorista con un cuchillo de fruta, pero una bala le atravesó las mejillas. Sangrando, lo obligaron a llevarlos hasta el departamento 2, pero los llevó hasta el 3, donde se alojaban los más fuertes. Pero dormían. No hubo resistencia…

Weinberg le pegó un puñetazo a un palestino y le dislocó la mandíbula, pero lo remató de un tiro. Arrojaron su cuerpo fuera del edificio, y tomaron nueve rehenes del equipo israelí: David Berger, Ze-ev Friedman, Joseph Guttfreund, Eliezer Halfin, André Spitzer, Amiztur Shapira, Kehat Shorr, Mark Slavin y Yakov Springer.

La Operación Ikrit y Biraam había empezado.
LA FICHA
El comando atacante pertenecía al grupo terrorista Septiembre Negro, facción de la OLP (Organización para la Liberación de Palestina), entonces liderada por Yasir Arafat (1929-2004).

Para el golpe contó con apoyo logístico de grupos neonazis locales.

Asesinaron a once atletas israelíes y a un oficial de la policía alemana.

Perdieron cinco de los ocho fedayines.

Los tres que sobrevivieron fueron detenidos, pero liberados 53 días después: precio del secuestro de un avión de Lufthansa.

Israel no aceptó la masacre en silencio. Lanzó contra los asesinos las operaciones Primavera de Juventud y Cólera de Dios.

Estas líneas son apenas el resumen, la ficha de archivo de la masacre.

Sus hechos fueron mucho más complejos.

A ellos vamos…

LA BATALLA
Múnich, Alemania, el mundo en vilo ante la masacre. Pasadas las primeras horas del día seis fueron divulgados más datos de los atacantes.

Eran fedayines palestinos. Habían estado en campos de refugiados del Líbano, Siria y Jordania.

Sus nombres: Luttif Afif (el jefe), Yusuf Nazzal, Afif Ahmed Hamid, Khalid Jawad, Ahmed Chic Thaa, Mohammed Safady, Adnan Al Gashey y Jamal Al Gashey (primos).

Sus armas: fusiles de asalto AKMS, pistolas Tokarev TT-33, revólveres y granadas.

A las seis de la mañana los terroristas lanzaron sus demandas desde una ventana, con una amenaza: “Si no se han cumplido para las nueve de la mañana, mataremos a un atleta”.

El pedido: la inmediata liberación de… ¡236 presos en cárceles de Israel!

El ministro del Interior, Hans-Dietrich Genscher, y el intendente de la villa olímpica, Walther Tröger, y un negociador de los terroristas que se identificó como Issa (traje y sombrero blancos, cara ennegrecida con carbón), empezaron a mostrar sus naipes…
Ministro e intendente ofrecieron entregarse a los terroristas a cambio de la liberación de los rehenes, pero Issa fue tajante: “No se trata de dinero ni de rehenes sustitutos… sino de los 236 presos”.

No obstante, comprendió que el plazo para liberar presos o para matar atletas era demasiado corto. Alemania debía armar una compleja ingeniería para llegar a buen puerto, de modo que el negociador lo alargó hasta el mediodía.

Pero a las 11.15… el fracaso. Israel anunció “No hay negociación”.

Schreiber ocultó el dato: sólo les dijo que el gobierno alemán había liberado a Andreas Baader y su pareja, Ulrike Meinhof, líderes de la banda terrorista Baader Meinhof, que regaron de sangre casi una década…

Issa concedió dos horas más y pidió comida para veinte personas, mientras algunos fedayines se bronceaban al sol en la terraza de la villa: el drama unido al grotesco.

Y de pronto, la primera reacción contra los secuestradores: la policía alemana repartió la comida en cuatro cajones para que fueran necesarias más personas para entregarla, y disfrazó de chefs a dos agentes para que informaran datos clave: cuántos terroristas, estado de los atletas, posibilidad de ataque… Pero Issa les ganó de mano: decidió entregar la comida en persona, y solo.

Sin embargo, alargó el plazo hasta las cinco de la tarde…

La presión popular obligó al comité olímpico a dar marcha atrás y suspender los juegos… indefinidamente.

Las críticas fueron durísimas: “Les interesa más el dinero que la vida de los atletas”, fue el clamor de las casi 80 mil almas que media hora antes del plazo rodeaban la villa.

Después de un nuevo fracaso de canje (rehenes sustitutos por terroristas), Alemania intentó otro paso desesperado: el asalto al edificio. Pero como su ejército no podía operar en tiempos de paz, todo el peso de la operación recaía en la policía muniquesa.
Empezaba la Operación Sonnennschein.
Un escuadrón de policías vestidos con ropa olímpica, cascos Stahlhelm y subfusiles Walther MPL, más funcionales que los pesados, ocuparon el techo del edificio de Connollystrasse 31 y otros cercanos. Debían esperar la palabra “Sonnennschein” para entrar por los conductos de ventilación y matar a los ocho fedayines. Pero… (la Ley de Murphy), como decenas de cámaras de tevé filmaban cada segundo, los terroristas vieron los movimientos en platea, primera fila. Por supuesto, la orden de atacar no llegó. Sí la de retirada…

Seis de la tarde. Nueva demanda de los atacantes: un avión para llevarlos a Egipto, y seguir negociando con Israel desde allí: un país árabe de buenas relaciones con Occidente e Israel.

Alemania fingió aceptar. Dos helicópteros militares UH-LH cargarían a terroristas y rehenes y los llevarían a Fürstenfeldbruck, una base aérea de la OTAN.

La policía de Múnich seguiría a esos helicópteros con un tercer aparato… y para una misión definitiva: asalto armado en el aeropuerto.

El avión pedido por los fedayines, un Boeing 727, fue llevado a la pista de la base… con seis policías disfrazados de tripulantes, armados hasta la coronilla, y con orden de matar.

En cuanto a los terroristas que viajaban con los atletas judíos en los dos helicópteros, según el plan de las autoridades, serían eliminados por francotiradores mientras caminaban hacia el Boeing. Doscientos metros a través de garajes subterráneos… minados de francotiradores.

Un plan perfecto… que también fracasó.

El misterioso negociador Issa insistió en revisar el trayecto, los policías hicieron ruido al cambiar de posiciones para no ser descubiertos, y finalmente la caminata fue reemplazada por un corto viaje en ómnibus…

Los helicópteros aterrizaron pasadas las 10.30 de la noche. Los cuatro pilotos y seis de los secuestradores salieron… y se desató el caos.

Chic Thaa y Hamid, los dos fedayines que retenían a los pilotos, cayeron abatidos a tiros. Los pilotos huyeron. Fuego graneado entre terroristas y francotiradores. Disparos contra las luces del aeropuerto, que quedó en penumbra. Los rehenes, atados dentro de los helicópteros, aterrados e inermes, trataron de zafarse de las cuerdas… ¡mordiéndolas!

Otro traspié: los blindados de apoyo quedaron atascados porque nadie ordenó liberar las rutas, bloqueadas casi desde el comienzo de las escaramuzas. Sin embargo, se abrieron paso.

Y de pronto, algo empezó a cambiar con su ruidosa y amenazante irrupción en el escenario: los terroristas empezaron a oler el fracaso…

Cuatro de la madrugada del seis de septiembre. Issa vacía a quemarropa su fusil Kalashnikov contra los rehenes de uno de los aeropuertos. Sprionger, Halfin y Friedman mueren en el acto. Berger, herido en una pierna, muere asfixiado por el humo.

Enloquecido, un fedayín tira una granada dentro del otro helicóptero. Explosión, y los israelíes atados, muertos en el mismo instante.

Issa, el siniestro negociador de Septiembre Negro, pierde su calma de tótem, corre por la pista, dispara a tontas y a locas por la pista del aeropuerto, y un policía termina con su demencial raid.

Otro secuestrador, Adnan Al Gasey, ciego de ira y perdida la esperanza del objetivo (canje de atletas por prisioneros árabes), desde la puerta de uno de los helicópteros ametralla a los cinco rehenes todavía vivos…

Gutfreund, Shorr, Slavin, Spitzer y Shapira mueren acribillados. Tres terroristas quedaron tirados en la pista -uno, simulando estar muerto- y fueron capturados por la policía.

Yusuf Nazzal huyó, pero perros policía lo acorralaron en una playa de estacionamiento, los agentes le arrojaron gases lacrimógenos, alcanzó a balearlos, pero la respuesta fue fatal.

La batalla había terminado.

Conrad Ahlers, portavoz del gobierno alemán, y la agencia Reuters, informaron que la operación de rescate de los rehenes había sido un éxito… rotundo.

La premier de Israel, Golda Meir, brindó con sus ministros y felicitó por teléfono a las familias de los rehenes.

Demasiado optimismo…

Después de dieciséis horas de espanto, el jefe de prensa de los juegos olímpicos, Hans Klein, le informó la negra verdad al periodista Jim McKay, que dijo públicamente:

-Acabo de recibir la última información. Nuestros peores temores se han vuelto realidad esta noche. Había once rehenes. Dos fueron asesinados en sus habitaciones. Nueve, en el aeropuerto, esta noche. Todos se han ido…

CUENTA SALDADA
Los juegos siguieron, ante la indignación de buena parte del mundo: apenas banderas a media asta.

El siete de septiembre, el equipo olímpico israelí abandonó Múnich. El egipcio, por miedo a represalias, también.

Golda Meir y el Comité de Defensa israelí ordenaron -en secreto- al Mossad, matar a los once terroristas de Septiembre Negro y del Frente Popular para la Liberación de Palestina, ideólogos y artífices de la matanza de los atletas judíos.

Nació así la Operación Cólera de Dios, y poco después, su similar Primavera de Juventud.

Entre 1973 y 2010, sus agentes secretos mataron a catorce responsables directos e indirectos de la masacre de Múnich.

Los métodos: variados.

Cartas explosivas. Bombas activadas por control remoto. Desembarco y ataque contra terroristas en una playa del Líbano. Coches bomba. Destrucción total de cuarteles y fábricas de explosivos de Al Fatah.

Sólo uno, Mohammed Daoud Oudeh, cerebro principal del asalto a la villa olímpica, murió el tres de julio de 2010 en el hospital Al Andalus de Damasco, Siria. Causa: insuficiencia renal.

En la noche siguiente, Golda Meir volvió a dormir en paz.

Reproducción autorizada citando la fuente con el siguiente enlace Radio Jai

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