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De las sutilezas del narcisismo

Mientras reflexionaba me preguntaba qué hemos aprendido los seres humanos de toda esta historia, larga y difícil, por cierto. Muy poco en lo fundamental. Casi nada.

Dejemos ahora este resultado de mis elucubraciones para más adelante. Hace unos días atrás una persona del entorno que frecuento, cumplió años. Naturalmente muchos la saludaron en eso que hoy casi todos estamos incluidos que es un chat o un foro de mails. La saludaban personas sinceras y algunas que no lo eran.
Pero a pesar de … lo hacían.

Siempre es bueno dar algo lindo al mundo. Sin embargo, ¡era eso necesario con quien se sabe no es alguien auténticamente noble?

Algunas lo hacían desde el desconocimiento. Otras, conociendo conductas nada sanas de esa persona para los demás. Y cuando digo sanas me refiero a lastimar a otros sin razón, con falta de nobleza.
Sin embargo, se desarmaban en salutaciones….
Al verlo, al leerlo, no pude menos que sentirme como cuando era niño y mi globo estallaba. Triste, desilusionado, empobrecido. Sé que son personas de bien. O quiero pensarlo. Otra vez el narcisismo y sus sutilezas. El mio. Como el de todos.

Soy un profesional de la salud mental, me dije. Así que me decidí a ir más allá de lo evidente.

No pude menos que preguntarme si el poema de Bretch tan genialmente recitado por la genial Cipe Lincovsky, hoy no está tan vigente en nuestras relaciones como entonces, en la década del 30 lo estaba para la Europa pre y post guerra.

Tantas muertes no bastaron para que el mezquino narcisismo humano dejara de ser el señor de todos los egos.

La pobreza de los pensamientos y el deseo de pertenecer a la vidriera de lo que se ve ha dejado libre y sin la correspondiente sanción las malas acciones de las personas que no obran según los valores más elevados de la humanidad. Fácil decirlo. Difícil llevarlo a la práctica.
Importa más quedar bien que “ser” de bien.

Tanto mal hace el malo como quien calla o consiente. Y en medio de estas sendas quedan por fuera dos grandes valores; lealtad-integridad.

Elijo detenerme en el término integridad. Implica robustez, totalidad, unicidad diría yo. Si Dios es único, una persona íntegra debería de ser alguien coherente con sus actos, palabras, y pensamientos. Capaz de mostrar una única y verdadera cara. Cuando digo Dios me refiero a lo divino que cada quien porta. A eso que nos hace vulnerables y creativos y sobre todo irrepetibles. Lo sé, yo también me siento ingenuo al suponer algo así en los seres humanos. Yo soy un ser humano. Por eso tal vez me atreva a soñar que será posible en un futuro colectivo y personal.

Si queremos cambiar algo debemos cambiarnos a nosotros. Un día podremos comportarnos como una verdadera moneda de valor. Auténtica. En todos los sitios que circulemos y cuando estemos frente al billete falso le diremos: “sé que no eres aunténtico”, entonces tal vez habremos avanzado un mínimo escalón en la evolución.
Mientras tanto nuestras relaciones seguirán siendo tomadas por los peligrosos dioses de los espejos que reflejan la imagen que queremos ver.

Mientras tanto, las naciones del mundo y sus ciudadanos de bien disfrutarán los beneficios de la sabiduría milenaria del pueblo judío y su brillante estado, y a doble cara lo criticarán de las maneras sutiles al no oponerse como corresponde a todos los que acusan y actuar maliciosamente.

“Algún día, tras dominar los vientos, las olas, las mareas y la gravedad, utilizaremos…. las energías del amor, y entonces, por segunda vez en la historia del mundo, el hombre habrá descubierto el fuego. P. Telhard de Chardin”

Licenciado en psicología Rodrigo Reynoso
[email protected]

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