Influencers: cuando el odio a Israel se convierte en un negocio
Por Rubén Kaplan
Nunca fue tan rentable odiar a Israel. La frase puede parecer provocadora, pero refleja un fenómeno relativamente nuevo. Durante siglos, el antisemitismo fue impulsado por fanáticos religiosos, regímenes totalitarios e ideologías políticas. Nada de eso ha desaparecido. Sin embargo, el siglo XXI incorporó un ingrediente adicional: el odio también puede convertirse en un extraordinario negocio.
Las redes sociales modificaron las reglas de la comunicación. La atención pasó a ser una mercancía y los algoritmos premian aquello que provoca mayor impacto emocional. La indignación, la confrontación y la polarización generan millones de visualizaciones. Y esas vistas pueden traducirse en ingresos por publicidad, patrocinios, monetización y crecimiento exponencial de audiencias.
El conflicto entre Israel y Hamás reúne todos esos ingredientes. Cada imagen, video y acusación de genocidio por parte del Estado judío genera una circulación masiva de contenidos. Para numerosos creadores digitales, el tema dejó de ser únicamente una cuestión política o ideológica para transformarse también en una oportunidad de incrementar su influencia y sus ingresos. Investigaciones recientes muestran que algunos de los mayores beneficiarios del ecosistema digital multiplicaron audiencias y ganancias económicas convirtiendo el conflicto en uno de los ejes centrales de sus plataformas.
No se trata de un fenómeno marginal. Figuras con decenas de millones de seguidores, como Greta Thunberg, Bassem Youssef, Jackson Hinkle, Candace Owens o Dan Bilzerian, entre otros, publican de manera constante sobre Israel y Gaza. Sus motivaciones pueden ser muy diferentes y no corresponde equipararlas. Sin embargo, todos poseen una capacidad de difusión superior a la de numerosos medios tradicionales. Un solo mensaje puede alcanzar a millones de personas en pocas horas.
El Ministerio de Asuntos de la Diáspora y Lucha contra el Antisemitismo de Israel llegó incluso a elaborar un informe identificando a varios de los influencers que, a su juicio, más contribuyen a la difusión global de narrativas hostiles hacia Israel. La inclusión de algunos nombres generó polémicas, pero también puso de manifiesto una realidad difícil de ignorar: las redes sociales se han convertido en uno de los principales escenarios de la batalla por la opinión pública.
Existe, además, un dato significativo cuya cronología merece ser analizada.
Mientras el ataque terrorista del 7 de octubre de 2023 aún se desarrollaba y las fuerzas israelíes seguían combatiendo para recuperar las comunidades invadidas por Hamás, un representante de la Palestine Solidarity Campaign (PSC), una de las principales entidades británicas de apoyo a la causa palestina, comunicó oficialmente a la Policía Metropolitana de Londres, a las 12.50 del mediodía de ese mismo día, su intención de realizar una gran manifestación contra Israel para los días siguientes. Esa notificación fue registrada cuando todavía no existía la campaña militar israelí que posteriormente tendría lugar en Gaza.
Al día siguiente comenzaron también las convocatorias en distintas ciudades de los Estados Unidos, mientras el mundo seguía conociendo la magnitud de la masacre, el número creciente de víctimas y el secuestro de centenares de personas.
Estos hechos, por sí solos, no permiten afirmar una conclusión definitiva sobre las motivaciones de quienes organizaron aquellas manifestaciones. Pero sí plantean una pregunta inevitable: ¿cómo fue posible que, mientras aún se desarrollaba la peor matanza de judíos desde la Shoá, el centro del debate comenzara a desplazarse con tanta rapidez hacia la condena de Israel?
La respuesta seguramente sea compleja. Intervienen organizaciones políticas, movimientos ideológicos, campañas de propaganda y activistas sinceramente convencidos de sus posiciones. Pero junto a todos ellos actúa un actor mucho menos visible: un ecosistema digital que recompensa económicamente la confrontación permanente.
Cuando millones de personas consumen, comparten y comentan contenidos cada vez más extremos, el algoritmo hace el resto. La polémica amplía la difusión y esta termina traduciéndose en rentabilidad. El resultado es un incentivo permanente para producir mensajes capaces de generar indignación, simplificar una realidad compleja y mantener cautiva a la audiencia.
No todos los influencers que critican a Israel lo hacen por razones económicas. Sería una simplificación tan injusta como falsa. Pero también sería ingenuo ignorar que el funcionamiento de las plataformas crea incentivos financieros para quienes convierten el conflicto en un producto de consumo masivo. En ese contexto, el odio deja de ser solamente una convicción ideológica para transformarse, en algunos casos, en un activo extraordinariamente rentable.
Las sociedades democráticas han debido enfrentar, a lo largo del tiempo, distintas formas de propaganda y manipulación. La novedad del siglo XXI consiste en que el mercado digital ha encontrado una manera de monetizar la indignación. Y cuando esta se convierte en dinero, siempre existirán quienes estén dispuestos a producir más de aquello que mejor se vende.
Los argentinos tuvimos recientemente una muestra de ese fenómeno. Tras el Mundial, una intensa ola de mensajes hostiles recorrió las redes sociales y trascendió el ámbito deportivo. Más allá de las diversas causas que pudieron alimentarla, permitió comprobar con qué rapidez las plataformas digitales pueden amplificar un relato, multiplicar prejuicios y convertir a millones de personas en destinatarias de una descalificación colectiva. Esa misma lógica de viralización es la que hoy potencia, a una escala mucho mayor, las narrativas dirigidas contra Israel.
Quizá allí resida uno de los desafíos más inquietantes de nuestro tiempo. Ya no alcanza con preguntarse quién difunde el odio a Israel o por qué lo hace. También resulta indispensable preguntarse quién obtiene beneficios de esa maquinaria y cuánto contribuye el propio ecosistema digital a multiplicar un fenómeno que, lejos de extinguirse, ha encontrado en las redes sociales una fuente inagotable de alcance, influencia y rentabilidad.
Rubén Kaplan
Periodista y escritor
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