Israel y el reconocimiento oficial del genocidio armenio
*Rubén Kaplan
Más de un siglo después del exterminio de aproximadamente un millón y medio de armenios a manos del Imperio Otomano, el gobierno de Israel decidió reconocer oficialmente ese crimen contra la humanidad. La resolución, aprobada por unanimidad por el gabinete encabezado por Benjamín Netanyahu a propuesta del canciller Gideon Sa’ar, pone fin a una cautela diplomática sostenida durante años y marca un profundo cambio en la posición del Estado judío frente a uno de los mayores crímenes del siglo XX.
Sa’ar definió el reconocimiento como un “deber moral e histórico”, una definición que sintetiza el sentido de una decisión largamente esperada tanto por el pueblo armenio como por numerosos historiadores, intelectuales y dirigentes israelíes que desde hacía años reclamaban que Israel asumiera una posición oficial sobre aquella tragedia.
Durante décadas, sin embargo, el Estado de Israel evitó adoptar esa decisión. La postura no obedecía al desconocimiento de la tragedia sufrida por el pueblo armenio entre 1915 y 1917 a manos del Imperio Otomano, ni a la ausencia de voces israelíes que reclamaban ese reconocimiento. Respondía, fundamentalmente, a consideraciones estratégicas derivadas de la compleja relación con Turquía. La historia demuestra que, en ocasiones, la geopolítica posterga decisiones que la conciencia moral considera ineludibles.
La explicación de esa prolongada postergación debe buscarse en la historia de las relaciones entre Israel y Turquía. Durante buena parte de la segunda mitad del siglo XX, ambos países construyeron una de las alianzas estratégicas más importantes de Medio Oriente. Compartían intereses de seguridad frente al creciente radicalismo islámico y a regímenes hostiles como Siria e Irán. La cooperación militar alcanzó niveles inéditos: ejercicios conjuntos, intercambio de inteligencia, programas de modernización de aeronaves y vehículos militares turcos por parte de la industria de defensa israelí, además de acuerdos de entrenamiento y transferencia tecnológica. Israel participó, asimismo, en importantes programas de modernización de los cazas F-4 Phantom y F-5 de la Fuerza Aérea Turca, así como de tanques M-60, reflejando el extraordinario nivel de confianza estratégica existente entre ambos países. Para Israel, Turquía constituía un aliado musulmán de enorme valor geopolítico; para Ankara, el vínculo con Jerusalén reforzaba su condición de socio privilegiado de Occidente y de la OTAN.
En ese contexto resulta comprensible, aunque discutible para muchos, que sucesivos gobiernos israelíes evitaran adoptar una decisión que pudiera provocar una ruptura con un aliado considerado esencial para su seguridad nacional. No se trataba de negar el genocidio armenio, sino del predominio de la realpolitik, donde las necesidades estratégicas terminaban imponiéndose sobre otras consideraciones históricas y morales.
Sin embargo, esa ecuación comenzó a modificarse con la llegada al poder de Recep Tayyip Erdoğan. Su progresivo alejamiento de Occidente, la creciente islamización de la política turca y su ambición de erigirse en referente del islam político terminaron erosionando una relación que había sido estratégica durante décadas.
La evolución fue tan constante como significativa. Al enfrentamiento verbal de Davos en 2009 y al incidente del Mavi Marmara en 2010 se sumaron la expulsión de embajadores, el respaldo político y financiero brindado por Ankara a Hamas, la hospitalidad ofrecida a dirigentes de esa organización terrorista, las reiteradas acusaciones de “genocidio” formuladas contra Israel y una retórica cada vez más agresiva que alcanzó niveles inéditos tras la masacre perpetrada por Hamas el 7 de octubre de 2023. El antiguo socio estratégico terminó convirtiéndose en uno de los principales promotores internacionales de la campaña destinada a aislar diplomáticamente a Israel. Las recientes amenazas del mandatario turco de atacar al Estado judío motivaron incluso que el primer ministro Benjamin Netanyahu afirmara que Israel las toma “muy en serio”, señalando que la experiencia histórica del pueblo judío obliga a tomar en serio a quienes anuncian públicamente su intención de destruir al Estado de Israel.
Desde esa perspectiva, el reconocimiento oficial del genocidio armenio adquiere una dimensión adicional. No representa únicamente una reivindicación histórica largamente esperada por el pueblo armenio ni una decisión de profundo contenido moral. Simboliza también el final de una política exterior condicionada durante años por una alianza estratégica que, en los hechos, dejó de existir.
La paradoja resulta evidente. El mismo gobierno turco que acusa reiteradamente a Israel de cometer un inexistente genocidio continúa negando oficialmente que el exterminio de aproximadamente un millón y medio de armenios lo constituyera. Ese negacionismo ha sido durante décadas uno de los pilares de la política oficial de Ankara, pese a que más de una treintena de países y numerosas organizaciones internacionales han reconocido oficialmente aquellos hechos como el primer gran genocidio del siglo XX.
No deja de resultar significativo que el concepto jurídico de genocidio, acuñado por el jurista polaco judío Raphael Lemkin e incorporado posteriormente al derecho internacional, surgiera de la necesidad de dotar al derecho internacional de una figura jurídica capaz de tipificar crímenes como el genocidio armenio y, posteriormente, el exterminio sistemático del pueblo judío durante la Shoá. Ambos acontecimientos marcaron de manera decisiva el desarrollo del derecho internacional contemporáneo y desembocaron en la aprobación de la Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio por las Naciones Unidas en 1948.
Paradójicamente, fue el propio Erdoğan quien terminó eliminando el principal argumento utilizado durante décadas para postergar ese reconocimiento. Al transformar a Turquía en uno de los gobiernos más hostiles hacia Israel, contribuyó, quizá involuntariamente, a derribar el último gran obstáculo diplomático que impedía adoptar una decisión considerada por muchos como una deuda histórica.
La historia ofrece aquí una enseñanza difícil de ignorar. El genocidio armenio precedió al Holocausto y demostró hasta dónde puede conducir la combinación de fanatismo, nacionalismo extremo e impunidad internacional. Décadas más tarde, la Shoá revelaría nuevamente las consecuencias devastadoras del odio sistemático cuando una ideología convierte a un pueblo entero en objetivo de exterminio.
Precisamente por ello, la memoria histórica no admite selectividad. Combatir el negacionismo del Holocausto exige también rechazar la negación de otros genocidios reconocidos por la investigación histórica. La defensa de la verdad no puede depender de conveniencias diplomáticas ni de intereses circunstanciales.
En contraste, resulta llamativo que mientras Israel adopta una decisión de profundo contenido histórico y moral, el presidente estadounidense Donald Trump continúe describiendo públicamente a Erdoğan como “un gran líder”, destacando además la excelente relación personal que mantiene con él y afirmando que el mandatario turco permaneció al margen de la reciente guerra contra Irán tras una conversación entre ambos y que “probablemente estaría del lado de la República Islámica”. Ese contraste ilustra hasta qué punto la geopolítica contemporánea continúa moviéndose entre principios, intereses estratégicos y relaciones personales entre los líderes.
El reconocimiento oficial del genocidio armenio constituye, en definitiva, mucho más que un gesto hacia el pueblo armenio. Simboliza el cierre de una etapa en la política exterior israelí y confirma que las profundas transformaciones experimentadas por Medio Oriente durante los últimos años han modificado equilibrios que durante décadas parecían inalterables.
Al mismo tiempo, envía un mensaje que trasciende la coyuntura. Los intereses estratégicos pueden explicar las decisiones de un Estado durante un determinado período. Difícilmente alcancen para justificarlas indefinidamente cuando las circunstancias que les dieron origen han desaparecido. Los oportunismos políticos son transitorios. La verdad histórica permanece.
Rubén Kaplan
Periodista y escritor
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