La ONU y otra infame acusación contra Israel
*Rubén Kaplan
Un nuevo informe de Naciones Unidas, titulado «La esencia de la infancia ha sido destruida: el ataque deliberado de Israel contra niños palestinos en el Territorio Palestino Ocupado desde el 7 de octubre de 2023», sostiene que Israel “atacó y asesinó deliberadamente a niños palestinos” como parte de una estrategia destinada a “destruir la continuidad biológica de los palestinos en Gaza”.
El documento, elaborado por la Comisión Internacional Independiente de Investigación de la ONU, también acusa al Estado judío de torturas, tratos degradantes y violencia sexual contra menores palestinos.
Acusaciones de semejante magnitud exigen pruebas irrefutables, una metodología transparente y una investigación rigurosa e independiente. No se trata de discrepancias sobre la conducción de una guerra ni de debates jurídicos habituales en conflictos armados. Estamos ante imputaciones que buscan presentar a Israel como un Estado comprometido deliberadamente con la destrucción física de una población.
Una vez más, las conclusiones del informe parecen apoyarse en datos procedentes de Gaza cuya verificación independiente resulta extremadamente difícil y cuya credibilidad ha sido objeto de fuertes cuestionamientos. Buena parte de la información utilizada por organismos internacionales durante la guerra proviene de estructuras controladas o influenciadas por Hamás, una organización terrorista que ha demostrado reiteradamente su disposición a utilizar la propaganda y la manipulación informativa como instrumentos de combate político.
Lejos de constituir un episodio aislado, el informe se inscribe en una larga tradición de organismos de Naciones Unidas que han convertido a Israel en objeto de una atención desproporcionada. Mientras conflictos infinitamente más sangrientos reciben una atención intermitente, el Estado judío continúa ocupando un lugar central en resoluciones, investigaciones, comisiones especiales e informes condenatorios.
La selectividad resulta particularmente llamativa cuando se analiza la situación de la infancia palestina.
Desde hace décadas, la ONU y diversas agencias vinculadas a ella manifiestan una comprensible preocupación por los niños afectados por los conflictos armados. Mucho menos visible ha sido la atención dedicada a otra tragedia igualmente grave: la utilización sistemática de esos mismos niños por parte de Hamás y otras organizaciones terroristas.
Durante años, Hamás ha organizado campamentos juveniles donde miles de niños y adolescentes palestinos han sido sometidos a procesos de adoctrinamiento ideológico y religioso. En ellos no se promueve una cultura de convivencia ni de reconciliación. Por el contrario, se glorifica la yihad, se exalta el martirio y se presenta la lucha armada contra Israel como una aspiración legítima.
Numerosos informes y registros audiovisuales han mostrado a menores participando en ejercicios paramilitares, recibiendo instrucción sobre armas y siendo preparados para integrarse a una estructura cuya razón de ser es la destrucción del Estado de Israel. Generaciones enteras de jóvenes palestinos han crecido expuestas a mensajes que exaltan el sacrificio personal, la violencia y el odio como herramientas de acción política.
A ello se suma una modalidad denunciada reiteradamente por Israel y por diversos observadores: la utilización de zonas civiles densamente pobladas para actividades militares, exponiendo deliberadamente a la población y convirtiendo a hombres, mujeres y niños en escudos humanos de una organización terrorista.
Pese a la abundante documentación existente sobre estas prácticas, pocas veces ocupan un lugar central en los informes de Naciones Unidas. La preocupación por los derechos de la infancia parece activarse con mayor intensidad cuando las acusaciones pueden dirigirse contra Israel que cuando las víctimas son utilizadas y manipuladas por Hamás.
Los acontecimientos del 7 de octubre de 2023 profundizaron todavía más esta contradicción. Durante la masacre perpetrada por Hamás y otros grupos terroristas en el sur de Israel, los propios atacantes registraron y difundieron imágenes de asesinatos, secuestros y atrocidades cometidas contra civiles. Entre las víctimas había bebés, niños y familias enteras.
Aquella jornada demostró que los menores israelíes fueron blancos directos del terrorismo islamista. Muchos fueron asesinados, otros secuestrados y trasladados a Gaza, mientras el mundo observaba imágenes de una brutalidad difícil de concebir. La indignación internacional provocada por aquellos crímenes nunca pareció alcanzar la intensidad desplegada posteriormente para condenar las operaciones militares israelíes.
Nada de esto implica desconocer el sufrimiento de la población civil palestina ni minimizar las tragedias humanas derivadas de una guerra prolongada y devastadora. Toda muerte de un menor constituye una tragedia.
Lo que merece ser examinado es el doble estándar que parece impregnar numerosos informes internacionales. Los niños palestinos son presentados exclusivamente como víctimas de Israel, pero rara vez como víctimas de quienes los adoctrinan desde la infancia, los convierten en instrumentos de propaganda, los utilizan como escudos humanos o los preparan para perpetuar un conflicto interminable.
La verdadera defensa de los derechos de la infancia exige una mirada universal y no selectiva. Es menester condenar tanto la muerte de niños en los conflictos armados como su adoctrinamiento, militarización y utilización por organizaciones terroristas. Es imperativo reconocer que un niño sigue siendo una víctima aunque quien lo propicie no sea Israel, sino Hamás.
Mientras esa realidad continúe siendo ignorada, los informes de Naciones Unidas seguirán generando más sospechas que credibilidad y más distorsiones que justicia.
Rubén Kaplan
Periodista y escritor
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