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Shabat Najamú

Lo que ha sucedido esta semana en Israel, culminación de seis meses de protestas pero sobre todo de un proceso que comenzó cuando Netanyahu ganó las elecciones en noviembre de 2022 y pactó con los partidos ultra-ortodoxos es, finalmente, un momento histórico. No que a Israel le falten de éstos en su breve historia, momentos de quiebre a los que se ha hecho referencia una y otra vez como prueba de que “no pasa nada”, como decimos en el Río de la Plata; se citó el episodio del Altalena, la psicosis previa a la Guerra de los Seis Días, la primer semana de la Guerra de Iom Kipur, el asesinato de Rabin, y la Intifada del año 2000. Si Israel sobrevivió a todas esas instancias y muchas otras, ¿acaso no sobrevivirá a esta, cómo quiera que la llamemos?
Probablemente sí. La gran diferencia es que entre “Altalena” y hoy ninguna de las crisis fue interna sino provocada por el enemigo; las pérdidas y los muertos fueron de todos; incluso el magnicidio de Rabin fue un acto atribuido a una minoría pero fue un duelo generalizado. “Altalena” se cerró casi tan rápido como se desencadenó gracias al liderazgo y la visión de un líder oportuno y patriota llamado Menajem Begin frente a otro líder obstinado y dedicado como David Ben-Gurion. Begin habló ya entonces de un “tercer templo”; no se exilió en Yavne a estudiar Torá o confabular, sino que salvó el proyecto en el momento oportuno. Esto no sucedió ayer, no apareció el líder salvador; llegó derecho del hospital.
En perspectiva histórica, estamos presenciando la “caída del Tercer Templo”, que ahora se representa en la Kneset (hago referencia a un sutil twitt de la Dr. Einat Wilf) y el Estado de Israel. Hoy fariseos, saduceos, esenios, sicarios, y zelotes tenemos otros nombres, pero estamos todos atravesados en el camino de todos, postergando una lucha más abierta y frontal por la ventaja que dan dos mil años de penosa historia. Nadie está tan desquiciado todavía para que corra la sangre. Al mismo tiempo, tampoco hay una Roma intolerante y represiva sino que somos, como nunca, soberanos y poderosos militar y económicamente. Seguramente ese resto es el que postergue un eventual colapso del Estado.
¿Quieren decir que no hay “guerra civil”, como insisten algunos? Creo que acaba de empezar. Si las redes sociales representan algo, como ser un nuevo campo de batalla, ¿cómo se explica que de pronto salieron de sus trincheras todos quienes apoyan la coalición y habían callado estos meses? El voto del lunes fue una nueva señal de ataque: vamos por todo, vamos por todo lo que fuimos abusados durante setenta y cinco años. Ellos pueden manifestar pero a la hora de votar, somos mayoría. Una democracia es muchas cosas, pero la primera es que la mayoría decide, patalee quien patalee. Y, si como dicen, ya no es democracia plena sino algún tipo de dictadura (o blanda), el que tiene la fuerza manda. Ahora mismo la tienen nada menos que BenGvir y Smotrich.
En su momento mis referentes Donniel Hartman y Yossi Klein Halevi hablaron en su podcast de un tiempo de duelo y un tiempo de acción; me sirvió para salir de mi estado personal de duelo por los acontecimientos, asumir la realidad, y contribuir apenas en incentivar la introspección. Las protestas, por otro lado, fueron el curso de acción que asumió el cincuenta por ciento de Israel, pero el lunes el Israel que conocemos recibió un nuevo estacazo. Así como la gente volvió a sus casas, volvemos al estado de duelo. ¿Cómo se sigue? Las protestas son motivantes pero de poco sirvieron. Tal vez sea momento de arriar las banderas y ahora sí, como los rabinos, elaborar la forma que nos permitan volver a tener un Israel más consensuado. Esta vez no podemos esperar dos mil años. El tren pasó una vez y nuestra principal virtud fue no perderlo, nunca. Ojo con caernos fuera del tren simplemente por empujarnos unos a otros.
El Sionismo no fue una respuesta a la Shoá pero fue la ideología redentora que enmarcó al Judaísmo en los tiempos modernos. El mundo dejó de ser religioso hace ya unos siglos, pero el Judaísmo se mantuvo vivo gracias a su creatividad que culminó en el movimiento sionista en general. Si, como dice Yossi Klein Halevi, somos “el pueblo que derrotó la Shoá”, el Sionismo y su producto, Israel, ha sido el arma más poderosa con que contamos. Lo que sucede hoy es que nos estamos desarmando unos a otros. Por eso no podemos seguir contemplando y comentando lo que sucede en Israel como si fueran las alternativas de un espectáculo romano en el Coliseo. No le sucede a otros, somos nosotros los que bajamos a la arena.
La caída del 3er Templo está sucediendo ahora y nos afecta(rá) a todos; no seamos espectadores, porque no lo somos. No alimentemos la hoguera, no banalicemos la dinámica, no simplifiquemos los problemas, mucho menos las soluciones. No nos dejemos ganar por ideologías: al “odio gratuito” llamémosle “ideología estéril”. Algún día habrá elecciones en Israel (¿o llegaremos a ese punto también?), algún día alguna coyuntura erigirá un líder capaz de unificar lo que naturalmente (asumámoslo de una vez por todas) está dividido. No permitamos que esté, además, quebrado. No somos todos hermanos, eso es un slogan de los que se nos quieren imponer; pregunten a Caín, pregunten a Esav, pregunten a Iosef. Tenemos padres en común pero relatos diferentes.
Para que no haya duda: yo me cuento entre los manifestantes y opositores a La Reforma, al tiempo que creo, una vez entendida la complejidad del asunto, que Israel y el pueblo judío se deben poder regular estos asuntos; pero en otras condiciones. Aunque yo no haya subido a Jerusalém este Shabat, estoy quebrado como seguramente algunos de mis amigos; o tal vez sean más fuertes que yo. Visto desde la diáspora, y a diferencia con Israel, no cabe tanto la lucha como la esperanza. Pero no seamos ingenuos, seamos pacientes, y sigamos defendiendo los valores que sentimos tan amenazados. Por ahora, es lo que se puede hacer.
Hace cincuenta y tres años leía, para mi Bar-Mitzva, la Haftará de Shabat Najamú: “Consolémonos, consolémonos mi pueblo, dice vuestro Dios” (Isaías 40:1). ¿Podía ser más oportuno? La traducción es mía y es libre. Dios, “cualquiera que sea tu idea de Él”, es de todos, no de los sesenta y cuatro diputados israelíes que han herido gravemente el sentido humano de nuestro judaísmo. Más que nunca, este Tisha BeAv, busquemos consuelo unos con otros. No como hermanos; simplemente como judíos.

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