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Hasta las palabras huecas se terminan

Por Eduardo Kohn

Declaraciones violentas y amenazadoras de jerarcas iraníes contra Israel y todo el pueblo judío no son noticias muy nuevas ni originales, sino un delito en reiteración real. Y eso volvió a repetirse hace pocos días, lo cual fue informado por varios medios incluyendo lógicamente Radio Jai. El portavoz de las fuerzas armadas de Irán, el general de brigada Abolfazl Shekarchi, instó a la eliminación total del Estado judío durante una entrevista. “No retrocederemos en la aniquilación de Israel, ni siquiera un milímetro. Queremos destruir el sionismo en el mundo”.

Los comentarios antisemitas genocidas de Shekarchi se produjeron apenas unos días antes de la discutida y discutible reanudación esta semana en Viena de las conversaciones para presuntamente frenar el programa nuclear iraní. Estados Unidos, Rusia, la UE en general, creen que proporcionando a Teherán un alivio en las sanciones económicas obtendrán a cambio restricciones temporales a su programa atómico. Israel sabe que esto es una fantasía y que la palabra de Irán es de valor cero.

El general iraní también atacó en sus declaraciones a Bahréin y los Emiratos Árabes Unidos por normalizar las relaciones diplomáticas con Israel. Shekarchi fue contundente: “Arabia Saudita, Bahréin, Emiratos Árabes Unidos y otros países considerados musulmanes, para nosotros forman parte del régimen sionista y esto es muy importante que lo entiendan todos los Estados”.

Es cierto que es posible encontrar legítimos soñadores con plausibles esperanzas como Sheina Vojoudi, disidente iraní que huyó de la República Islámica y ahora vive en Alemania, quien declaró a The Jerusalem Post que “un gobierno iraní normal, hecho por el pueblo iraní, intentaría normalizar los lazos con Israel. Este régimen está arruinando a Irán y a otros países de Oriente Medio y convierte la región en una zona de guerra. Tenemos problemas internos y nuestra gente nunca piensa en luchar contra otros países. Ni siquiera saben por qué deben odiar a Israel. Nuestro pueblo estaría encantado de utilizar la tecnología israelí en lugar de planear la destrucción de Israel. Debemos salvar a nuestro país y convertir el Irán ocupado en un Irán libre”.

Pero la realidad está a mucha distancia de los sueños de Vojoudi. Un análisis de expertos políticos nos muestra que quienes hoy gobiernan Irán, más allá del poder supremo de los Ayatolas, han cambiado para peor (si cabe la palabra) su actitud y sus decisiones sobre cómo enfrentar al odiado Occidente. Irán esta semana llegó a las negociaciones con una fórmula muy simple: o nos dan un acuerdo que nos sirva o nos vamos. Y no es sólo la arrogancia habitual, es que se sienten con el poder de poder hablar de esa manera. A pesar de las presiones del gobierno de Donald Trump, Irán siguió adelante con sus objetivos, y en la práctica logró cosas que hacen que hoy llegue a la mesa de negociaciones con talante demandante. Irán logró que las milicias chiitas en Irak tengan hoy estatus oficial: ya no son milicias, son “autoridades”. Irán reforzó su apoyo a Hizbollah, y no sólo con armas, destruyendo la economía y el entramado social del Líbano. Irán le ha entregado a los Houthis en Yemen misiles y drones de última generación para asentar su poder y mantener la guerra civil. Irán le ha dado armas de todo tipo a Hamas como es muy notorio. Irán es un respaldo fuerte del régimen asesino de Assad en Siria, y no ha reparado en hacer acuerdos con Rusia y Turquía para mantener el estatus del dictador sirio (Turquía y Rusia tampoco tienen reparos en hacer barbaridades y tropelías, faltaba más).

En suma, Irán, beneficiado por las políticas de apaciguamiento heredadas desde el basurero de la historia en donde yacen los acuerdos de Chamberlain y Daladier con Hitler y la sociedad entre Hitler y Stalin, sabe que los que quieren apaciguar en realidad quieren esconderse, y es en ese contexto donde regímenes sin límites como el de los ayatolas se siente cómodo.

El mismo lunes de esta semana, mientras comenzaban las charlas con Irán, Israel protestaba que las Naciones Unidas hubiesen decidido celebrar el 74º aniversario de la histórica votación sobre el plan de partición, que preveía un Estado judío junto a otro árabe en el Mandato Británico de Palestina, con un acto de solidaridad con los palestinos. El embajador israelí ante la ONU, Gilad Erdan dijo: “El 29 de noviembre de 1948, la ONU reconoció el derecho del pueblo judío a un Estado. Los judíos e Israel aceptaron este plan de partición y los palestinos y los países árabes lo rechazaron e intentaron destruirnos. Los palestinos y los países árabes no solo atacaron a Israel, el Estado judío, sino que también persiguieron, masacraron y, en última instancia, expulsaron a las comunidades judías de sus propios países. La ONU tiene la audacia de celebrar un acto de solidaridad con los palestinos en el aniversario de la decisión de los propios palestinos de elegir la violencia”.

La ONU tiene audacia, como señala el Embajador Erdan. Si la tuviera para solucionar los graves problemas mundiales sería positivo. Pero la realidad es terca. El martes de esta semana, la Embajadora de Estados Unidos ante el Consejo de Seguridad Linda Thomas-Greenfield dijo que el Consejo debería dejar de abusar utilizando la mayor parte de su tiempo centralizando su foco en Israel y mirar más hacia Líbano e Irán. Thomas-Greenfield dijo que en su gira por Medio Oriente pudo ver con sus propios ojos como Israel es constantemente atacado por terroristas de Hamas e Hizbollah, ambos grupos financiados por Irán. Y agregó: “No se pueden ignorar los crímenes de Irán en la región, sus aspiraciones nucleares, y su odio hacia Israel. Y seamos claros, Israel no define lo que es el torbellino y el peligro en Medio Oriente”.

Pero todo esto no forma parte de ninguna solución, sino que agrava los problemas. Hablar sin tener eco es una forma de apaciguamiento. El Consejo de DDHH integrado por gran cantidad de dictaduras aberrantes se siente doblemente protegido: por un lado potencias dictatoriales que esconden sus propias barbaries desde la impunidad del derecho al veto, y por otro lado, la debilidad de las argumentaciones de las democracias, que más parecen querer autocomplacerse que buscar ayudar a las víctimas no sólo de las dictaduras sino también de las ineptitudes de la propia ONU, empezando por el triste papel de la Organización Mundial de la Salud que ha quedado muy al descubierto en esta pandemia de COVID que no cesa.

Ayer, Irán acusó a Israel de “propagar mentiras para envenenar” las conversaciones que tienen lugar en Viena sobre el acuerdo nuclear. El portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores iraní, Saeed Khatibzadeh tuiteó: “El régimen israelí, cuya existencia depende de la tensión, vuelve a hacer de las suyas, pregonando mentiras para envenenar las conversaciones de Viena”. No es Israel el que debe contestar este tipo de provocaciones y falsedades sino los que están sentados en la mesa con una tiranía que disemina el terrorismo por el mundo. Pero otra vez el silencio, algún comentario tenue, en suma, otra vez el apaciguamiento. Y entonces todas las palabras quedan huecas, incluyendo lo que con la mejor intención haya expresado la Embajadora de Estados Unidos. Todos saben qué pasa cuando no se enfrenta a los dictadores. Pagamos todos. Incluso los que juegan a apaciguar. Hagamos memoria así podemos horrorizarnos todos, sin exclusiones.

Reproducción autorizada citando la fuente con el siguiente enlace Radio Jai

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