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Crímenes de Lesa Humanidad: Ni prescriben ni se olvidan

Eduardo Kohn

Por Eduardo Kohn

Así como hace un año se juzgó a Bruno Dey, 92 años, guardia del campo de exterminio de Stutthof, esta semana se está comenzando a enjuiciar a Irmgard Furchner, secretaria en Stutthof también y que hoy tiene 96 años.

En varios países de Europa, se ha planteado en redes sociales cómo se puede juzgar a personas con esa edad. Y no nos referimos a los nazis de hoy lanzando odio, sino a gente de a pie que ni conoce el significado de crímenes de lesa humanidad, y que tampoco hace mucho por educarse o buscar información.

Nos permitimos apoyarnos en palabras de Beate Klarsferld, histórica luchadora para llevar a los asesinos nazis a juicio, para enfocar el tema de marras. Hace 11 años, Klarsfeld visitaba Argentina y en una extensa conferencia marcaba puntos clave: “De 1940 a 1945 el nazismo mató e hizo matar a las dos terceras partes del pueblo judío que vivía en Europa, y con métodos variados: ejecuciones sumarias, la desnutrición de los guetos, las cámaras de gas ambulantes en el Este, el agotamiento y la subalimentación en las minas, canteras, fábricas de IG Farben o Krupp, las cámaras de gas de Chelmno, de Treblinka, Majdanek, Belzec, Sobibor, Stutthof y Auschwitz. Esta colosal empresa de exterminio, por su naturaleza y por sus dimensiones, nunca tuvo equivalente. Para ser llevada a cabo por parte de un Estado y de un pueblo que pertenecía en su conjunto al cristianismo, y conocido por ser uno de los más civilizados del mundo occidental, fueron necesarias dos categorías de criminales: los que perpetraban directamente los crímenes masivos, y aquellos que mataban detrás de sus escritorios, es decir, que daban las órdenes de matar o cuyas actividades contribuían a la acción del crimen. Unos y otros son culpables porque sin sus acciones conjugadas no habría habido estos millones de víctimas. A este crimen sin expiación debía corresponder una imperativa exigencia de justicia. A través de la persona física de los agentes que lo encarnaron, el Estado nazi debía ser perseguido sin cesar, juzgado y condenado por genocidio para que fuera rechazada para siempre la ideología racista. Esta lucha por la memoria es prioritaria porque, en lo que respecta a crímenes contra la humanidad cometidos por los nazis, el combate por la justicia llega a su fin. Los más jóvenes de los criminales nazis que siguen vivos tienen casi 90 años. Es tan difícil como frustrante juzgarlos hoy en día porque a su nivel ya no hay prueba documental, casi no hay más testimonios directos. Estamos en la última etapa, pero a un crimen excepcional se responde con un esfuerzo excepcional de la justicia en el plano internacional y nacional. En el ámbito del crimen contra la humanidad, la lucha por la justicia siempre está relacionada con el combate por la memoria, pero lo precede.”

Irmgard Furchner es juzgada desde este martes en un tribunal alemán por complicidad en asesinatos de más de 11 mil personas en Stutthof, entre 1943 y 1945. Furchner estuvo en un campo donde se asesinaron en cámaras de gas, por hambre, torturas y golpizas a más de 65 mil personas, la mayoría judíos. La Fiscalía la acusa de haber “ayudado e incitado al asesinato pérfido y cruel” de miles de prisioneros, en este campo en el que trabajaba como mecanógrafa y secretaria del comandante del lugar, Paul Werner Hoppe. La acusación fiscal añade que de acuerdo a sus competencias, Furchner “aseguraba el buen funcionamiento del campo” y “tenía conocimiento de todos los hechos acaecidos en Stutthof, sobre todo de los asesinatos a tiros o por gas.”

Los pronósticos de Klarsfeld hace una década eran acertados. Y más aún si vemos que sucedió con el jefe de Furchner, Paul Werner Hoppe. Era teniente coronel y comandante del campo de Stuttfhof entre 1942 y 1945. Nazi por acción y convicción. Miembro del partido, se unió a las SS en 1933.Luego de servir en Auschwitz, llegó a Stutthof en setiembre de 1942 como Comandante. En enero de 1945 ordenó la evacuación del campo ante la llegada de los soviéticos así como la marcha de la muerte de los prisioneros que todavía estaban vivos. Hoppe logró que lo trasladaran como Comandante al campo de Wobbelin que apenas existió entre febrero y mayo de 1945 y era para prisioneros soviéticos. Wobbelin fue liberado por los americanos, Hoppe escapó y fue detenido por los británicos en Abril de 1946 en Holstein. Lo enviaron a un campo de prisioneros alemanes hasta 1948 y luego a otro, Fallingbostel en la zona británica de Alemania Occidental. Debían extraditarlo a Polonia, pero escapó a Suiza y retornó tres años después a Alemania Occidental. Fue arrestado por los alemanes occidentales, juzgado y condenado como “cómplice de asesinato” por dos años y luego por nueve años más hasta 1966. Murió, libre, en 1974. Hoppe fue Comandante de un campo donde no sólo hubo cámaras de gas y asesinatos y torturas en masa, sino que formó parte de lo que Klarsfeld llama la colosal empresa de exterminio con profunda convicción como miembro del partido y de la ideología que causó el Holocausto y la destrucción de Europa. Sin embargo, su vida terminó en su casa y no en una cárcel.

Hace casi 3 años Furchner dijo que no sabía nada de lo que sucedía en el campo donde ella era la mano derecha del criminal que hacía funcionar la máquina de la muerte. Esta semana en el juicio, permanece callada y parece probable que no hable, según dijo su abogado. Está lúcida, tanto que hace diez días escapó de su residencia, y capturada 48 horas después.

Herta Bothe, fue conocida como la “sádica” de Stutthof. También fue sádica en Ravensbruck y en Bergen Belsen. Asesinó y torturó. Pero lo negó en su juicio y fue condenada a 10 años de prisión en 1946. Sin embargo, en 1951, los británicos la liberaron, vivió muy tranquila en su casa  y durante una entrevista en agosto de 2004, Bothe (que vivía en Alemania bajo el nombre de Lange) cuando se le preguntó sobre su decisión de convertirse en una guardiana en los campos de concentración, replicó: “Que quiere decir, ¿qué cometí un error?, no… no estoy segura de lo que debería responder, ¿cometí un error? no. El error fue el campo de concentración, pero yo tenía que hacerlo”.

Así como Bothe, hubo más de 4 mil guardianas en los campos nazis. Así como Hoppe, que nadie hoy recuerda ni su nombre ni su existencia, hubo, como dice el autor norteamericano Daniel Goldhagen, centenares de miles de verdugos voluntarios de Hitler. Y nazis como Furchner que dice que no sabía lo que pasaba delante de sus narices, muchos más. Sus herederos y seguidores hoy se sentirían muy complacidos si la memoria no se ejerciera en forma constante y permanente. Hitler pudo anunciar el exterminio de los judíos desde su Parlamento públicamente. Y sucedió. Así como sucedió después la impunidad de miles de asesinos, aunque no les guste que se les diga a quienes o con descuido o indiferencia o ambos, otorgaron la impunidad. Hoy, cuando se usa el podio de Naciones Unidas para amenazar como lo hizo Hitler, no es el tiempo de actuar como Chamberlain, como quisieran muchos, sino como Churchill.

Reproducción autorizada citando la fuente con el siguiente enlace Radio Jai

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