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Diálogo judeo-cristiano

Durante casi dos milenios, las relaciones judeo-cristianas estuvieron signadas por confrontaciones teológicas, los prejuicios y las persecuciones.

La Declaración Conciliar Nostra Aetate marcó, en 1965, el punto de inflexión de una historia que en no pocas ocasiones alcanzó ribetes trágicos. Su punto 4 dedicado a la religión judía, en tan solo 560 palabras:

· Recuerda las raíces comunes de la alianza.

· Señala que Dios no ha renegado de sus dones y su elección.

· Establece lo que en su pasión se hizo no puede ser imputado, ni indistintamente a todos los judíos que entonces vivían, ni a los judíos de hoy.

· Afirma que no se ha de señalar a los judíos como réprobos de Dios y malditos, como si esto se dedujera de las Sagradas Escrituras.

· Explica que la Iglesia “deplora los odios, persecuciones y manifestaciones de antisemitismo de cualquier tiempo y persona contra los judíos”.

Un poco de historia

Todavía humeaban las chimeneas de Auschwitz cuando en Seelisberg, una comuna suiza del cantón de Uri, ubicada a orillas del lago de los Cuatro Cantones, se reunieron, entre el 30 de julio y el 5 de agosto 1947, personalidades llegadas de 17 países, entre las cuales se contaban los judíos Jules Isaac, Jacob Kaplan, Gran Rabino adjunto de Francia, Alexandre Safrán, Gran Rabino de Rumanía, el escritor Josué Jéhouda, de Ginebra y el profesor Selig Brodetzki, presidente del Consejo Representativo de los Judíos de Inglaterra; los evangélicos y los católicos, Padres Marie-Benoît Péteul, Calliste Lopinot Jean de Menasce y Paul Démann y el abad Charles Journet.

Concientes de los horrores de la Shoá, que aún no eran conocidos en su totalidad, el propósito de la reunión fue estudiar las causas del antisemitismo cristiano, basados fundamentalmente en las dieciocho proposiciones que el historiador Jules Isaac planteó en Jesús e Israel, elaboraron diez puntos cuya difusión, consideraron, contribuiría a reducir los prejuicios en el pensamiento cristiano con relación a los judíos.

1. Recordar que es el mismo Dios quien nos habla a todos en el Antiguo Testamento y en el Nuevo Testamento.

2. Recordar que Jesús ha nacido de una madre judía, de la descendencia de David y del pueblo de Israel, y que su amor eterno y su perdón abarcan a su propio pueblo y a todo el mundo.

3. Recordar que los primeros discípulos, los apóstoles y los primeros mártires fueron judíos.

4. Recordar que el mandamiento fundamental del cristianismo, el de amar a Dios y al prójimo, ya proclamado en el Antiguo Testamento, y confirmado por Jesús, es de cumplimiento obligatorio tanto para los cristianos como para los judíos, en todas las relaciones humanas, sin ninguna excepción.

5. Evitar distorsionar o falsificar al judaísmo bíblico o posbíblico con el objeto de exaltar al cristianismo.

6. Evitar el empleo de la palabra “judíos” con el sentido exclusivo de “enemigos de Jesús”, y evitar la expresión “enemigos de Jesús” para designar al pueblo judío en su conjunto.

7. Evitar presentar la Pasión en una forma tal que el odio por el asesinato de Jesús recaiga sobre todos los judíos y sólo sobre los judíos. Solamente un grupo de judíos de Jerusalén reclamó la muerte de Jesús, y el mensaje cristiano siempre ha sido que fueron los pecados de toda la humanidad, ejemplificados en aquel grupo de judíos, los que llevaron a Cristo a la Cruz.

8. Evitar referirse a las maldiciones de la Escritura o al grito de la multitud enardecida: “Su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos”, sin recordar que ese grito no debe prevalecer sobre las palabras infinitamente más poderosas de Jesús: “Padre, perdónalos, pues no saben lo que hacen”.

9. Evitar promover el concepto supersticioso de que el pueblo judío es réprobo y maldito, y tiene un destino de sufrimiento.

10. Evitar hablar de los judíos como si los primeros miembros de la Iglesia no hubieran sido judíos.

 

Dr. Mario Burman

Reproducción autorizada citando la fuente con el siguiente enlace Radio Jai

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