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Recuerdos de Marruecos

Por Yehuda Krell*

Undía como hoy, el 7 de junio de 1948, estallaron una serie de disturbios contra los judíos en las ciudades morroquíes de Oujda y Djarada, durante los cuales 42 judíos fueron asesinados incluido el rabino de la comunidad de Djarada, Moshe Cohen y su familia.

Desde comienzos del siglo XX, en Marruecos se sucedieron numerosos ataques y saqueos contra la comunidad judía, como el tristemente famoso ‘Tritel’, el sangriento pogromo en Fez durante los días 17 y 19 de abril de 1912, a partir de estas luctuosas jornadas la vida judía en Marruecos comenzó a degradarse.

Con la Declaración de la Independencia del Estado de Israel, el 14 de mayo de 1948, muchos judíos marroquíes estaban interesados ​​en emigrar al nuevo estado judío,y la ciudad de Oujda era un punto de tránsito vital para los miles de judíos que ansiaban pasar de Marruecos a Argelia y de allí a Israel.

Mientras los judíos marroquíes festejaban el nacimiento del Estado judío, los conciudadanos musulmanes se identificaron con la lucha panárabe contra el nuevo Estado de Israel y desaprobaban la salida de judíos hacia ese país. La prensa nacionalista marroquí, especialmente el periódico Al-Alam, en reiteradas publicaciones incluía incitaciones contra los judíos. El rey Muhammad V de Marruecos pronunció un mordaz discurso antiisraelí el día después de la declaración de independencia, en el que advirtió a los judíos marroquíes ‘que se abstengan de cualquier movimiento que se considere solidario con la agresión sionista, y que pueda vulnerar sus derechos o los derechos de los marroquíes’, a la ciudadanía le pidió prudencia y calma.

Los disturbios de Oujda y Jdarada ocurrieron en los días en que Marruecos pertenecía a un protectorado de Francia. Durante las cinco décadas que duró el Protectorado francés, hasta 1956, se produjeron brechas culturales y políticas entre judíos y musulmanes. Los judíos, en su mayor parte, tendieron a identificarse con el gobierno francés, adoptando su idioma, especialmente el sistema educativo y determinados hábitos, mientras los musulmanes se identificaron principalmente con la lucha nacional marroquí contra Francia, estas brechas contribuyeron a aumentar la hostilidad contra los judíos.

Ya en los días previos a los disturbios hubieron amenazas de muerte contra los judíos, el día 7 de junio, los trabajadores musulmanes no se presentaron a trabajar para sus empleadores judíos y estallaron los desórdenes. Los eventos comenzaron en la ciudad de Oujda cuando una turba armada con hachas y cuchillos se reunió en el ‘Shuk Al Yehud’ y asesinó a cinco personas, cuatro judíos y un francés. Al día siguiente, 8 de junio, los disturbios se extendieron también a la ciudad vecina de Djarada. Aquí se difundió el rumor que un judío había asesinado a un musulmán, tras lo cual se encendieron los ánimos y se produjo una terrible masacre de judíos locales, 38 fueron asesinados, incluido el rabino de la comunidad. El número de asesinatos en los dos días alcanzó un total de 42 personas, y otras 55 que resultaron heridas, las tiendas y las casas de los judíos fueron saqueadas ante los vítores de las mujeres musulmanas que presenciaron los hechos. Entre los judíos muertos se encontraban 10 niños y 10 mujeres.

Los crímenes conmocionaron profundamente a los judíos marroquíes, al año siguiente, 18.000 judíos emigraron a Israel desde Marruecos. Comenzaba así una lenta y sostenida emigración de los judíos marroquíes, que marcaba el inicio del cierre de una historia milenaria. Comenzaba a desaparecer una de las más hermosas y ricas comunidades judías del norte de África que contaba en esos días con más de 250.000 almas.

La presencia judía en Marruecos se extendió durante 20 siglos, desde los días de la destrucción del Segundo Templo, en el año 70, dicha presencia está documentada. En estas tierras los judíos sufrieron las persecuciones del emperador Justiniano, fueron Dhimmis bajo el islam, sus comunidades recibieron a los judíos sefardíes que huían de la Península Ibérica al ser expulsados de España en 1492, creando un centro con un aporte inigualable a la región del Rif, desarrollaron ciudades como Casablanca, Fez, Marrakech, Tetuán, y Tanger, entre varias más, en las cuales conservaron sus costumbres y liturgias religiosas, y aportaron sus conocimientos y saberes, su emprendimiento económico y artístico, para hacer de Marruecos una tierra promisoria.

Marruecos era un país en el cual diferentes grupos étnicos judíos hablaban tres lenguas: el árabe, el judeo bereber, y el judeo español. Una tierra en la cual los judíos dieron vuelo a su canto y su música, a su literatura, cultura y periodismo, y en el cual la mujer judía alcanzó excelsos niveles de igualdad y desarrollo personal, como la ley del rabinato marroquí, de los años 50 del siglo pasado, que reconocía a la mujer en un pie de igualdad al derecho del hombre en las herencias y sucesiones.

Después de la Segunda Guerra Mundial, la judería marroquí era la comunidad más grande de las comunidades judías en los países árabes. En 1956, con la independencia de Marruecos, si bien los judíos ocuparon destacadas posiciones en la política, la voluntad de emigrar a Israel no cesó; durante décadas, de manera abierta u oculta, la ‘aliá’ fue una constante.

En 1965 solo quedaban en Marruecos 60.000 judíos, ante la grave amenaza de su seguridad por la Guerra de los Seis Días, 1967, la mayoría de los judíos marroquíes emigraron a Israel, muchos a Francia, a otros a países europeos, a EEUU, y a la Argentina, país que cuenta con 3.500 judíos descendiente de marroquíes.

Hoy residen en Marruecos entre 2.000 y 2.500 judíos, quienes continúan desempeñando un rol activo en la vida del país, es solo una pequeña sombra de una grandeza comunitaria que fue emblemática en la historia del país a través de dos mil años.

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