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La Radio Judía de Latinoamérica

Olimpiadas en el barro

En 2023, 2024, 2025, y este año, los judíos están siendo atacados por el hecho de ser judíos en países y regiones que no hace tantos lustros prometieron con exceso de pompa y falta de honestidad “nunca más”. Una celebración de Janucá se convirtió en una masacre en Australia. Una sinagoga fue atacada en Yom Kippur en Manchester. Un padre es golpeado delante de sus hijos en un parque de Montreal; el primer ministro dice que nunca se ha visto semejante violencia antisemita en su país, pero ni insinúa como cree que la cadena de odio se pueda detener. Una mujer fue apuñalada en el pasillo de productos kosher de un supermercado en Ottawa. Una joven pareja es asesinada dentro del Museo Judío en Washington, D.C. Cincuenta adolescentes judíos fueron expulsados ​​de un vuelo de una aerolínea española por cantar en hebreo. Eslovenia ni permite aterrizar a un avión comercial israelí. El presidente español corre a abrazarse con Irán y todos los días vocifera contra los judíos como si estuviera en la era nazi franquista. En abril de este año, el Rabino estadounidense Nachum Yisrael Eber de 51 años fue secuestrado y descuartizado en Bogotá. El gobierno de Petro condenó el crimen, negó que fuera un acto antisemita, pero Petro dice un día sí y otro también que en Israel los judíos “actúan como los nazis” e incita al odio sin pausa. En Uruguay, de 66 denuncias presentadas ante Fiscalía por delitos de odio antisemita en el bienio 2024-2025, sólo tres terminaron en la formalización de una investigación o en un acuerdo abreviado. Las otras 63 denuncias quedaron en nada.

Estos hechos que son una ínfima parte de la realidad en Estados Unidos, América Latina y Europa generalmente son brutalmente catalogados por gobiernos, fiscales, académicos, como “incidentes aislados”, o peor aún como “reacciones espontáneas a tensiones geopolíticas”.

Esa banalización que busca justificar delitos es grotesca en países donde el antisemitismo crece exponencialmente como Uruguay o Francia. El antisemitismo y el antisionismo no nacieron el 7 de octubre de 2023. La izquierda antisemita que lidera casi toda la violencia antijudía actual pretende separar antisemitismo de antisionismo porque en el mundo de los mensajes de texto, de la incultura, de la ignorancia, conocer el origen de las cosas no es un trabajo que vayan a hacer las masas tuiteadoras y eso lo saben los odiadores.

La violencia antijudía desatada desde el 7 de octubre de 2023 puso al descubierto lo que ya estaba arraigado. Los ataques que siguieron son el resultado previsible de décadas de condicionamiento ideológico que normalizaron la deshumanización de los judíos bajo un manto político, académico y moral.

El antisionismo se gestó a principios del siglo XX en la Unión Soviética. Lenin lo calificó como “nacionalismo burgués” e “imperialismo burgués”. Stalin pisoteó y masacró a los judíos por ser “cosmopolitas desarraigados”, desleales, elitistas y extranjeros. El comunismo soviético consideró la identidad nacional judía como ilegítima, y así se comportó hasta su caída. ¿O acaso no vamos a tener presente lo que significaba ser judío en la Europa comunista y pretender emigrar a Israel? Antisionismo era antisemitismo entonces y ahora. Y los comunistas, fueran soviéticos, rumanos, cubanos, no sólo lo afirmaban convencidos, sino que asesinaban a quien osara enfrentarse a esa ordalía ideológica. ¿Es que nadie se acuerda de Scharansky que pudo sobrevivir la persecución y la tortura?

Los soviéticos exportaron el antisionismo al mundo árabe y musulmán.

El antisionismo se integró en el nacionalismo árabe y posteriormente se fusionó con la ideología islamista extremista, dando lugar a una mutación agresiva y violenta liderada por Ayatollas y cómplices. Esto transformó el antisionismo de una postura política en una doctrina existencial, considerando ilegítima la existencia y soberanía judía. Organizaciones terroristas islámicas como Hamas e Hezbolla no originaron la ideología antisionista; se crearon con ella, la radicalizaron y la amplificaron mediante el absolutismo religioso y la santificación de la violencia extrema. El antisionismo pasó de ser un arma política a un arma existencial, a través de la cual toda la nación judía debe desaparecer.

Ya en las décadas de 1970 y 1980, la ideología antisemita antisionista había penetrado en las universidades occidentales, las ONG, los medios de comunicación y las instituciones internacionales. La Resolución 3379 de la ONU promovida por el comunismo soviético que proclamaba que el sionismo era racismo, institucionalizó la propaganda del odio, la exclusión y la agresión y fue absorbida en Occidente ampliamente, a pesar de su derogación formal en 2001.

El dinero islámico compró universidades, medios de difusión, partidos políticos y en octubre de 2023 no se necesitaba más que prender un fósforo para que la violencia contra los judíos en todos los continentes se propagara sin mucha oposición mientras el estado judío otra vez se vio en la necesidad más absoluta de defender su existencia.

Hoy la hostilidad se ha normalizado. Los que decían “nunca más” son los menos ahora. Hoy los judíos, sea en Europa o en nuestros países, son blanco de ataques físicos, políticos e institucionales, y los sistemas destinados a protegerlos o fracasan o retiran su protección.

Hoy, el Consejo de Seguridad condena a Israel por defenderse y lo acusa de atacar al Líbano. Sin embargo, Israel y el gobierno del Líbano están manteniendo conversaciones de paz en Washington hace un mes. Pero Hezbolla que es el verdadero poder en el Líbano bombardea desde hace tres años a las poblaciones del norte de Israel, destruyendo edificios, centros comerciales, asesinando, hiriendo, y ningún miembro del Consejo lo menciona. Sólo se agitan porque Israel defiende a su población. Y el gobierno del Líbano habla con Israel y pide públicamente quitarse el yugo criminal terrorista de Hezbollah de encima. ¿Resulta contradictorio? Para nada. El multilateralismo de la ONU desde que los soviéticos impulsaron la resolución 3379 ha legitimado por medio siglo la constante y perversa demonización de Israel para eliminar su propia existencia. Reconozcamos que el actual secretario general ha hecho los esfuerzos más importantes de la historia de la ONU por lograrlo.

En Uruguay, el antisionismo antisemita plantó esta semana una semilla de odio que nace del pasado que hemos ya mencionado. La central obrera que es sólo comunista, pero comunista soviética (y esto no es retórico) se presentó con otros odiadores ante un Fiscal y entregó una acusación penal contra Roni Kaplan. Sí, Roni. Vocero del ejército de Israel, uruguayo israelí, con familia obviamente viviendo en el país. Lo acusan de “crímenes de lesa humanidad”. No es ridículo, no nos equivoquemos. Es el mensaje de odio antijudío que aplana Europa también, que cree en otros voceros como los de Hamas y todos los terroristas del planeta, y que intenta amedrentar, amenazar, estigmatizar. ¿A los judíos del Uruguay? Obvio. Pero fundamentalmente, negar el derecho a la existencia soberana de la nación judía. Como pretendía Lenin y Stalin, como pretende Irán.

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