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Sholem Aleijem, la risa es el mejor remedio

El 2 de marzo de 1859 nació en un pequeño pueblo de Ucrania, Pereiaslav, Sholem Rabinovich, mundialmente conocido como Sholem Aleijem. Su infancia transcurrió en un pueblito vecino, Voronka, cuyas características inmortalizó en su mítica obra como Kasrílevke, el pueblo en el que los judíos pobres y alegres, nos hacían conocer sus sueños, ambiciones y frutraciones.
Sholem Aleijem, es uno de los más grandes escritores de la lengua yidish, como pocos describió los ‘shtetlej’, las aldeas judías de Europa del este de fines del siglo XIX y principios del XX, con sus personajes que nos relatan las tremendas desdichas e injusticias por las deben transitar, con una sonrisa y una vitalidad única.
Ya su seudónimo es todo un hallazgo, eligió el más típico y cordial saludo judío que significa un deseo de dicha y bendición hacia el interlocutor, pero para el escritor es mucho más que eso, es la mirada de un observador que nos invita a una cálida conversación, con un sentido del humor típicamente judío, para hablar sobre nuestra gente común.
Dicen los críticos que las obras de Sholem Aleijem reflejan la salida de los judíos de los abismos de la desesperación. Que su escritura humorística expresa una actitud de compasión y empatía con sus personajes y héroes. Era llamado ‘el poeta del pueblo’, sus novelas le enseñaron a ese pueblo, que al leerlas, podía ponerse por un instante fuera de sí mismo y reírse de sus propias desgracias como si fuesen ajenas. Sus críticas satíricas, nos permiten comprender, en clave de humor, los cambios que se producían en la aldea judía, de una forma de vida que por el paso del tiempo y la devastación de la Shoá, hoy ya no existe.
Sholem Aleijem fue un apasionado del yidish como idioma nacional, en su opinión, este debía tener el mismo estatus que los demás idiomas europeos modernos. Promovió a varios escritores en yidish, y fue el primero en escribir historias infantiles en yidish. Junto a su ‘yidishismo’ se abocó a la causa sionista, presente en muchas de sus obras. En 1888, se convirtió en miembro de los Joveve Sion. En 1907, trabajó como delegado estadounidense para el Octavo Congreso Sionista, que tuvo lugar en La Haya.
En su vida personal, dicen los que lo conocieron, que ante la ruina por los malos negocios, las penurias económicas, los sinsabores, la enfermedad o la tristeza, Sholem Aleijem optó siempre por el chiste como la mejor opción. En 1890, perdió la mayor parte de su fortuna en la bolsa de valores y, tras liquidar sus deudas, se instaló en Odessa, donde comenzó a escribir una serie de historias de ‘Menajem Mendel’, un comerciante judío empobrecido que nunca deja de inventar planes y trucos que finalmente no le sirven de nada; o el retrato de ‘Tevie el lechero’, el hombre sencillo y trabajador, que no abandona el optimismo ni la esperanza, que a pesar de sus difíciles circunstancias, sueña con planes de bienestar y mejora.
Debido a la revolución de 1905, que provocó una gran ola de pogromos en Rusia, Sh. Aleijem emigró a los Estados Unidos y desde allí continuó viajando con frecuencia a Europa del este. Durante este tiempo dio muchas conferencias y escribió en la prensa yidish en Europa y EEUU.
Al contraer tuberculosis, su salud se deterioró hasta que finalmente murió en Nueva York, el 13 de mayo de 1916. Hasta 4 días antes de su muerte siguió escribiendo, no terminó su libro, ‘Motel el hijo de Pacey el Cantor’. Relata la crónica que decenas de miles de judíos, llenos de dolor y emoción, de pie o marchando por las calles del Bronx, siguieron la procesión y estuvieron presentes en distintas ceremonias dándole su último adiós. Fue enterrado en el cementerio judío Mount Nevo, los escritores Shalom Ash y Avraham Reisen, el poeta socialista Maurice Vinchewski y el líder sionista Najman Sirkin lloraron ante su tumba.
Con el paso del tiempo, la vigencia de sus obras es notable, muchas de ellas fueron llevadas al teatro, al cine y la televisión. Sholem Aleijem es esa ‘rara avis’ de la literatura cuyas obras se difunden en otros idiomas, en millones de ejemplares, pese al hecho que sus creaciones están llenas de folklore, de expresiones idiomáticas específicas, y de una peculiar descripción de la singularidad nacional judía. Sin dudas, para la gente, la risa es el mejor remedio.

*Yehuda Krell es profesor de Historia Judía graduado en el Instituto Superior de Ciencias Judaicas, Bs. As., y profesor en Educación Judía con especialización en Historia Judía para niveles Medio y Terciario del Ministerio de Educación de la Argentina. Realizó estudios de posgrado en Israel.

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