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Hace 11 años moría el diplomático Shmuel Hadas Z’L

Por Roberto Bosca

Shmuel Hadas (1931-2010), nacido en Chaco, Argentina, murió en Jerusalem el 10 de enero de 2010, a los 79 años de edad. Prominente y pionero diplomático, fue artífice del proceso de reconciliación entre Israel y España y fue el primer embajador de Israel ante el Vaticano.

Al embajador israelí Shmuel Hadas le tocó la compleja y delicada tarea de establecer relaciones entre su país y España primero, y luego con la Santa Sede.

Cuando aquí despuntaban los primeros soles del abrasador enero, una luz crepuscular de sereno resplandor se apagaba en Jerusalem. Shmuel Hadas (1931-2010), primer embajador del Estado de Israel ante la Santa Sede, había muerto.

Las religiones y la paz

Conocido y apreciado en ambientes diplomáticos, religiosos y culturales de diversas geografías, los argentinos reparamos en él además porque había nacido en el Chaco y nunca olvidó su terruño, aunque realidades tan fuertes como la etnia, la historia, la cultura y la religión, constitutivas de la tradición de su pueblo, le darían una dirección y un significado definitivo a su vida.

Al promediar 2004 se reunió en Buenos Aires el International Catholic- Jewish liaison committee (lo hacía por primera vez en Latinoamérica) para tratar una sugerencia de Juan Pablo II: Tzedek y Tzedakah (justicia y caridad).

La representación argentina, conformada por obispos y teólogos, me incluía como laico junto a Norberto Padilla. La temática fue interesante y de indudable atractivo teológico y pastoral, pero para mí lo más importante fue algo personal: el inicio de mi amistad con Shmuel Hadas.

Allí comencé a percibir la serena fuerza de sus virtudes: sencillez, humildad, honestidad intelectual, prudencia, visión positiva de los problemas y sentido práctico. Pero sobre todo me llamó la atención su valoración de la dimensión religiosa de la existencia humana y de la Iglesia, en la cual no veía sólo a una institución.

Shmuel no entendía la convivencia social como una transacción o un pacto, sino que parecía ver más arriba, atender a la centralidad de la fe, que desde el misterio de lo insondable puede dar sentido a la historia de la humanidad.

Nuestra amistad cuajó con rapidez. De ese modo fui ampliando mi conocimiento sobre la cultura judía (me regaló, por ejemplo, una autobiografía novelada de Amos Oz, el gran escritor israelí), pero también pude tomarle el pulso a la hondura de su personalidad, a menudo silenciosa y sin brillos externos, aunque poseedora de un gran calado humano.

Misión en Roma

Su destino diplomático en Roma reconoce un claro antecedente en su paso por la embajada en Madrid, donde Shmuel fue una figura clave en el establecimiento –a mediados de los ochenta– de las relaciones entre Israel y España, otra verdadera odisea institucional. De embajador oficioso pasó a ser uno de los principales artífices del proceso. Lo suyo parecía ser abrir nuevas instancias; en lenguaje evangélico, preparar los caminos, enderezar los senderos. Las negociaciones que llevaron al acuerdo entre Israel y la Santa Sede fueron mucho más arduas. Los puntos clave de esa nueva relación formal se centran en el marco de una historia bimilenaria que tal vez reconozca su punto cenital en la declaración Nostra aetate y más recientemente en el pontificado de Farol Wojtyla. “Desde entonces –reconocía el embajador al cumplirse cuarenta años de la declaración en un artículo publicado en Criterio–, el odio a los judíos es considerado por la Iglesia católica incompatible con el cristianismo”.

Hadas presentó sus cartas credenciales a Su Santidad el 29 de septiembre de 1994 a las 11:15 de la mañana en Castelgandolfo. Resulta imaginable su emoción al escuchar a Juan Pablo II dirigirse a él (en francés, de acuerdo al uso diplomático), para expresarle que el Estado de Israel y la Santa Sede se identificaban ahora en el rechazo de toda forma de intolerancia, particularmente el antisemitismo.

Una nueva cultura

Cuando a su tiempo Shmuel Hadas dejó las funciones oficiales de representación, no menguó su espíritu. Al contrario, creció en él una preocupación más amplia: forjar una nueva cultura de la paz mediante un fundamento religioso. Aun cuando el fanatismo ha teñido frecuentemente la historia humana, incluso mediante la instrumentación de ese mismo sentido religioso, él fue un convencido, tanto intelectualmente como por talante natural, del valor de la razón para construir condiciones más dignas en la convivencia entre los hombres y los pueblos, cualquiera sea su cultura y la tradición religiosa en la que se encuentra enclavada. Esta dimensión racional se integraba en él a la perspectiva de la fe. Tal vez por esto resulte tan visible su horizonte de sintonía con el papa Benedicto XVI, cuyo pontificado se despliega sobre el eje de la conjunción entre la fe y la razón. Durante los últimos años su prédica estuvo centrada en esa misma sensibilidad, en los valores religiosos que expresan racionalidad y en su virtud pacificadora. De este modo, y así como había sido artífice de dos magnas obras pontificales, Hadas se convirtió en su madurez en el trabajador de una labor paciente, callada y perseverante en el diálogo intercultural, particularmente entre las tres culturas: judía, cristiana e islámica. Al punto de que una de sus últimas actividades en tal sentido, poco tiempo antes de morir, lo fue aquí en la Argentina, donde estuvo de visita como miembro de la Fundación para las Tres Culturas (una iniciativa de la Junta de Andalucía y el Reino de Marruecos, a la que se sumaron el Centro Peres para la Paz y la Autoridad Palestina), para trazar un camino hacia futuras actividades de cooperación conjunta con el Consejo Argentino para la Libertad Religiosa y otras instituciones locales. La categoría de las almas grandes se ve en las cosas pequeñas. Previamente él había estado en Roma participando de un coloquio internacional junto al economista Stefano Zamagni con motivo de la encíclica Caritas in Veritate, en la Universidad de la Santa Croce. Allí, Hadas expresó su visión de la encíclica de Benedicto XVI como un instrumento de diálogo: “El judaísmo y el cristianismo se encuentran en el mismo concepto de persona como fundamento de todo el orden social, creada a imagen y semejanza de Dios: la paternidad común de la humanidad autoriza el concepto radical de la igualdad de todos los seres humanos en dignidad y derechos”.

Con ocasión de ese coloquio y siguiendo una costumbre académica, Shmuel me había enviado el original de su intervención para conocer mi opinión y le hice algunas observaciones. Su respuesta fue un ofrecimiento para presentarla en conjunto. Le argumenté que le agradecía el honor pero que no correspondía porque el invitado era él, además de que me parecía una asimetría, pero insistió. Su generosidad no pudo menos que conmoverme.

El don en la despedida

Su mensaje, sobrio, realista pero siempre positivo y de altos horizontes, había adquirido un preciso relieve hasta alcanzar su justo punto de sazón: el de valores que no se marchitan, el de la eternidad.

Durante su última estancia local, me dijo que quería hacerme un obsequio, pero esta vez no sería un libro sino algo mucho más personal: me miró con cariño y me dio una cajita blanca con el sello pontificio. Era el regalo del Papa aquel 29 de septiembre. Ahora, el legado de Shmuel.

*El autor es abogado, docente universitario y experto en el diálogo interreligioso.

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