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Bernardo Kliksberg. “La movilización de la sociedad civil en la Argentina es un ejemplo”

No es fácil encontrar trayectorias tan fecundas como la de Bernardo Kliksberg. Asesor Principal del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) en América Latina y el Caribe desde hace más de dos décadas, se lo considera el padre de la responsabilidad social corporativa. En sus 80 años escribió 66 libros sobre temas vinculados al desarrollo, la lucha contra la pobreza y la desigualdad, la ética, el Estado, el capital social.

Nacido en Buenos Aires, graduado con medalla de oro en cinco carreras -es doctor en Ciencias Económicas, en Ciencias Administrativas, sociólogo, contador público y licenciado en administración-, más de cincuenta universidades del mundo lo han nombrado doctor honoris causa y varias tienen una cátedra con su nombre. Amartya Sen, premio Nobel de Economía -con quien Kliskberg escribió Primero la gente, traducido a varios idiomas y con más de treinta ediciones- dijo sobre él: “Ha influenciado de forma positiva en las vidas de millones de personas desfavorecidas en América Latina en particular y en el mundo en general. Su autoridad ha sido extremadamente productiva en el avance de la ética para el desarrollo”.

Distinguido por varios países, ONG y distintos credos, asesor de más de treinta gobiernos e instituciones mundiales, Bernardo Kliksberg dice que su frase de cabecera es “ama a tu prójimo como a ti mismo”. Se la enseñaron sus padres, inmigrantes judíos polacos, “que vinieron sin un peso pero lo primero que hicieron fue crear con otros inmigrantes los comedores populares israelitas, un lugar donde pudieran alimentarse los que llegaban”, asegura, agradecido de ese ejemplo.

Kliksberg tiene tres hijos y seis nietos y desde hace muchos años vive en Nueva York con su mujer, Ana Kaul. Desde allí mantuvo una larga conversación con La Nación para analizar la situación del mundo durante la pandemia por coronavirus. “Los abordajes se han enfocado básicamente en aspectos médicos. Pero hay que agregar los determinantes sociales de la salud. La pandemia impacta de una manera totalmente desigual -afirma-. Hay sectores más vulnerables, que se enferman más y de donde proviene la mayor cantidad de muertos. Por eso es muy cierto lo que dice el secretario general de la ONU, António Guterres, cuando afirma que ‘hoy no estamos todos en la misma barca’: las precondiciones y determinantes sociales son diferentes”.

Claro, hay países a los que les ha ido mejor que a otros…

Efectivamente. De los diez más exitosos en la lucha contra la pandemia, cinco tienen algo en común: liderazgos femeninos. Nueva Zelanda, Finlandia, Noruega, Dinamarca y Taiwán están conducidos por mujeres. Es curioso, porque las mujeres son el 50% de la humanidad y solamente el 7% de los líderes mundiales.

¿Qué hicieron estos países gobernados por mujeres?

Vamos a tomar el ejemplo de Nueva Zelanda porque es la número 1; las otras fueron en la misma dirección. Su primera ministra es Jacinda Ardern. Tiene 40 años, fue elegida por primera vez hace 3 años y asombró al mundo con sus políticas de compasión, que primero tienen en cuenta a la gente.

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Poco después de asumir dio a luz y en lugar de delegar el cargo se fue a la asamblea general de la ONU con su bebé en brazos y expuso en el máximo atrio mundial así. Ya se veía que iba a ser un estilo de liderazgo distinto. La gente reeligió y aplaudió a Jacinda por todas sus políticas pero particularmente por su éxito frente a la pandemia. Ella actuó de inmediato, cerró las fronteras a pesar de que es un país que vive del turismo. No anduvo con razonamientos políticos de cuánto perdía o cuánto ganaba. Se bajó el sueldo. Convocó a trabajar en equipo. Hizo comunicación activa de todo lo que pasaba, sin confundir, sin hablar con un lenguaje de superioridad. Llegó a hacer conferencias de prensa para niños. También recurrió a los “influenciadores” digitales, pidió a gente muy destacada que la ayudara a crear buenos hábitos de salud en la población.

Antes habló de determinantes sociales. ¿En Nueva Zelanda hay pobreza?

Nueva Zelanda tiene protección social y política para todos sus habitantes. Por supuesto, no es lo mismo hablar de otros países, muy pobres. La mitad de la población del mundo gana 5,5 dólares diarios, 150 dólares mensuales en el mejor de los casos. El 40% de la población del mundo no tiene agua potable. Esto viene de la mano del problema del hambre: cada diez segundos muere un niño por hambre en el mundo. La FAO, que es una organización de la ONU que trabaja con la temática del hambre, afirma que hay 840 millones de personas con hambre en el mundo pero que 2000 mil millones sufren hambre silenciosa: llevan una mala dieta, comen comida barata, fast food.

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Y hay 2000 millones que viven en viviendas precarias, contaminadas. Esas condiciones se vinculan con una triple discriminación.

¿Triple discriminación?

Son personas discriminadas por tres razones. La primera, porque son pobres. Se los ve inferiores. Y los pobres lo sienten. El Banco Mundial hizo una investigación sobre una muestra de 50 mil pobres de distintos países y les preguntaron qué era lo que más les dolía de la pobreza. Esperaban que hablaran de las privaciones. Contestaron que eso dolía, pero que lo que más dolía era la mirada de desprecio de los otros.

Qué triste, es una respuesta que interpela. Pero usted habló de triple discriminación. ¿Cuál es la segunda?

La discriminación por ser mujer. Hubo mejoras, pero el machismo está ahí, operando muy activamente. Según el Foro de Davos, si seguimos tan despacito en la igualación de sueldos por igual trabajo y responsabilidad, vamos a tardar cerca de 200 años para que haya igualdad salarial. Además, hay muchas más mujeres pobres que hombres pobres en el mundo.

¿Y la tercera discriminación?

La discriminación por el color de la piel: ser negro, ser pardo, ser indígena. Esto se ve bien en los tres países a los que peor les fue en pandemia: Estados Unidos, la India y Brasil. En la India el 60% es pobre. Es un país con alto desarrollo tecnológico pero la mayoría de la gente es muy pobre. Los economistas no lo dicen porque no es muy elegante, pero el premio Nobel de Economía Amartya Sen, que es hindú, afirma que en la India, donde viven 1300 millones de personas, la mitad de la población hace sus necesidades a campo abierto. Imagínese lo que eso significa en términos de vulnerabilidad frente a la pandemia. En Brasil se calcula que la mitad de la población, 100 millones de personas, no tiene instalaciones sanitarias adecuadas. Es distinto de la India, donde es mucho peor, porque no hay nada, no hay retretes. En Brasil hay pero son insuficientes. Tanto en la India como en Brasil los pobres tienen dificultades importantes para conseguir agua potable. En los dos países hay hambre. La India tiene una de las tasas de desnutrición infantil más altas del planeta.

De los tres países a los que les fue peor, EE.UU. no es tan pobre como la India o Brasil.

Las cifras no son las mismas pero la vulnerabilidad de las poblaciones más pobres es alta. En Estados Unidos las personas de color y latinas tienen dos veces más infecciones por Covid-19 que la población blanca y tres veces la cantidad de muertos.

¿La pandemia incrementó la desocupación en todo el mundo?

Sí. El 60% de la población tiene trabajos informales. Viven al día. Pasa en proporciones y gravedad diferente según el país. Buena parte de los informales son los que están llevando adelante la economía nueva, la economía de delivery. Los trabajos llamados esenciales son ultrapeligrosos, están más expuestos, están en contacto con mucha y variada gente en forma permanente.

¿Cómo ve a los países asiáticos?

En general les fue bien. Japón tiene poco más de 300 casos y 120 millones de habitantes. Corea ha tenido idas y vueltas pero mejores tasas. Y Taiwán, gobernado por una mujer, ha logrado cero muertos. Los asiáticos siguieron al pie de la letra lo recomendado por la Organización Mundial de la Salud (OMS), tenían la experiencia de otras epidemias mortales que lograron enfrentar con acciones colectivas. En el caso de Japón existe una disciplina social automática, es una democracia, la gente se disciplina y lo acepta con facilidad, se pone la máscara, evita los lugares muy concurridos, se lava las manos. Toda esa disciplina contribuye así como también los buenos determinantes sociales de la salud.

¿Y China?

También, pero hago una distinción porque es una dictadura, y yo no creo en las dictaduras. Me repelen. En China lo lograron con una disciplina social impuesta. China tiene la mayor población del mundo, 1500 millones de habitantes y produjo la mayor reducción de pobreza del mundo. Según el Banco Mundial, se redujo la pobreza en 400 millones y eso mejoró los determinantes sociales de la salud.

¿No hay una contradicción en una dictadura que logra reducir así la pobreza?

Lo hizo con métodos que no recomendaría jamás.

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Se hicieron traslados masivos de población, se prohibió que las familias tuvieran más de un hijo. Son medidas que no prefiero.

¿El mundo se encamina hacia más liderazgo femenino? ¿Lo ve promisorio?

Lo veo como una de las mayores esperanzas de un mundo mejor. La inclusión activa de la mujer en todas las áreas. Las mujeres se han lanzado a todo. Y salieron a la calle a luchar contra las violaciones, el acoso, el crimen, contra el femicidio. Con mi esposa estábamos en Buenos Aires cuando se hizo una marcha contra la violencia hacia la mujer y participamos junto a toda la ciudadanía, éramos un millón y medio de personas. Las mujeres son la mitad de la población y por eso la discriminación que sufren es la mayor de todas. Se las postergó en el trabajo, en los ascensos, se hizo acoso sexual desde los altos niveles en Hollywood, dentro del poder económico y la política, hasta en el deporte. Las mujeres cumplen una serie de roles que son casi imposibles de combinar, por eso yo las llamo “mujeres al borde de un ataque de nervios”.

¿Cómo la película de Almodóvar?

Sí. Porque al mismo tiempo que entraron en el mercado de trabajo nadie les sacó los roles que tenían: siguen cuidando a los chicos, a los ancianos, velando para que el hogar funcione. Tienen dos trabajos a tiempo completo, una carga mucho mayor que los hombres. Las mujeres constituyen el sistema de seguridad social probablemente más importante de América Latina, defienden con su trabajo, con su cuerpo, con su dedicación, que las familias salgan adelante. No pasa con todas las mujeres del mundo, pero sí con la mayoría. Confío totalmente en ellas. Y también en los jóvenes milenaristas, que son partidarios del verde, de luchar contra el cambio climático.

¿Qué otros actores sociales ve importantes en pandemia?

Hay empresas y empresarios que apoyan al sistema de salud. Por ejemplo Bill Gates, que aporta el 10% del presupuesto de la OMS y en los últimos diez años ha entregado 50 mil millones de dólares a programas para mejorar la salud de los más pobres. También está en el centro del esfuerzo del Covax junto con 170 países para que haya una vacuna universal y gratuita para todos. Y tenemos la gran participación de las empresas farmacéuticas en la producción de la vacunas. En menos de un año han hecho lo que normalmente lleva 10 o más.

¿Y la Argentina?

Lo que puedo aportar sobre nuestro país es que tiene importantísimo capital de solidaridad en la sociedad civil. Es un tema que conozco bien porque he colaborado con Caritas, la AMIA, la ONG de Juan Carr, que multiplicaron sus voluntarios en pandemia. Durante la crisis de 2001, ocho millones de argentinos participaron como voluntarios en tareas solidarias. No es algo común, no existe en otros países de América Latina. Ese capital de solidaridad está siendo fundamental en la pandemia y va a ser muy útil, por ejemplo, para las campañas de vacunación.

¿La solidaridad es más importante que un Estado presente?

Debería haber una gran alianza entre las políticas públicas, la movilización de la sociedad civil y la responsabilidad social empresaria: un gran acuerdo nacional para combatir la pandemia, el cambio climático y generar inclusión.

¿Acá se puede?

Sí, se puede, no de un día para el otro y todos debemos ayudar. Yo tengo mucha esperanza porque en mi especialidad, la movilización de la sociedad civil, la Argentina es un ejemplo.

Fuente: La Nación

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