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Los jovenes, inspirados en el Sinsajo, hacen temblar la monarquía tailandesa

Por Ezequiel Naidich

Hace varias semanas, Tailandia viene atravesando una serie de protestas, desorganizadas y sin líder, pero, curiosamente, dirigidas por jóvenes tan chicos como de 13 años. Tan es así, que su símbolo es el saludo con tres dedos, tomado de las novelas y películas juveniles “Los Juegos del Hambre”.

Tailandia es un país que, cuando se convirtió en Monarquía Constitucional en 1932, no terminó de definir dónde reside la soberanía. La figura del rey, encarnando la identidad nacional junto a valores religiosos budistas, es muy respetada por la mitad del país y representa la estructura jerárquica que rige las relaciones sociales de los tailandeses. Una cada vez más dilatada polarización surgió alrededor de la monarquía desde 2001, cuando un empresario llamado Thaksin Shinawatra ganó, mediante un discurso populista, el voto de las clases rurales y urbanas pobres, que por primera vez vieron la posibilidad de ascender socialmente. La popularidad de un líder que pregona contra las estructuras sociales tradicionales fue vista como una amenaza para el rey.

Desde entonces, dos campos se enfrentaron exigiendo reclamos maximalistas, imposibilitando cualquier compromiso entre las partes. La polarización entre los amarillos, leales a la monarquía y anti-Thaksin, y los rojos, prodemocráticos y anti-establishment, llevó a represión policial, ataques con explosivos a las protestas de la contraparte y dos golpes de estado en 2006 y 2014. En 2019, se llevaron a cabo comicios nuevamente bajo una nueva constitución escrita durante el gobierno militar. Esta impone nuevas restricciones al poder democráticamente electo, cómo un senado designado por los militares que a su vez elige al primer ministro, y una guía a la cual los gobiernos deben apegarse por los siguientes 20 años. En otras palabras, la constitución imponía una democracia tutelada por las fuerzas armadas, en este momento gobernada por el general retirado Prayut Chan-o-cha.

Un nuevo partido, Futuro Hacia Adelante, intentó romper la dicotomía entre amarillos y rojos, proponiendo un discurso alternativo prodemocrático de los jóvenes y las clases medias urbanas que evitaba el discurso populista, pero pregonaba contra el autoritarismo, presente en los militares y realistas, y la corrupción y clientelismo, característico de los gobiernos apoyados por Thaksin. En estas elecciones llegó a ser el tercer partido más votado, pero fue disuelto por la Corte Constitucional bajo los cargos de “conspiración republicana” y “violación de disposiciones electorales.”

Aquí entran en juego las protestas de este mes. Los jóvenes, desilusionados con el destino del partido Futuro Hacia Adelante, tomaron las riendas de las protestas. Comenzaron a protestar en los campus universitarios luego de la disolución del partido a finales de febrero, pero el Coronavirus produjo un cese en las manifestaciones al cerrarse las universidades. Sin embargo, a mediados de julio y agravado por el mal manejo de la crisis económica causada por la pandemia, las protestas estallaron nuevamente. El grupo paraguas Juventud Libre demandó el llamado a nuevas elecciones, el fin de las amenazas a opositores y una nueva constitución.

Agosto, en cambio, fue distinto. En los primeros días se presentó un manifiesto de 10 puntos para la reforma de la monarquía, entre los que se encuentran eliminar los fueros para el rey y la ley lèse majesté, que prohíbe insultar al monarca. Es la primera vez que en Tailandia se discute una reforma de la Monarquía públicamente. Ni siquiera los protestantes anti-establishment de remera roja discutían la reforma de la corona de esta manera. Justamente, esta ley que prohíbe insultar al rey ha sido usada para perseguir a sus opositores, dejando varios desaparecidos en los últimos años y decenas de arrestados en este mes.

Las protestas de agosto han tomado por sorpresa al rey Vajiralongkorn, que ha pedido no perseguir a los manifestantes con violencia, por miedo a aumentar sus simpatizantes. Mientras tanto, las universidades y calles de Tailandia, y el saludo del Sinsajo de los Juegos del Hambre, hacen temblar a una institución que ha dirigido al país desde el siglo XIII.

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