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Tishá Be Av

En su conferencia de apertura del ciclo “All Together Now” del Shalom Hartman Institute el pasado 29 de junio, el Rabino Dr. Donniel Hartman dijo, entre otras cosas: que el judaísmo bíblico vincula al Hombre y la Naturaleza; que el judaísmo rabínico nos hace responsables de las calamidades que nos suceden; y que Tisha BeAv este año 5780 debería tener un significado muy especial. Vayamos por esta tercera propuesta.

En aquellos días, hace un mes, la tan mentada “curva” de contagio del virus comenzaba su formidable escalada en los EEUU (hoy está en su pico y no se detiene), pero en Israel todavía no había sucedido el rebrote ni estallado el conflicto socio-económico en que se ve sumido hoy; y por aquí, Uruguay, nos ilusionábamos con el caso “cero” y quedábamos perplejos ante los nuevos focos. Hoy el mundo se ha igualado para peor. Como sea y dónde nos toque estar, los judíos hemos comenzado el mes de Av con una noción de lo dramático más adecuada al mundo que habitamos y muy distinta de otros años. Sin lugar a dudas, no será un 9Av más.

Para que esto sea efectivamente así, distinto, se precisa sólo una cosa: que nos detengamos un momento. Si nunca escuchamos el libro de las Lamentaciones, este sería un buen año para empezar; aunque sólo nos arrulle la letanía del texto como un mantra introspectivo. Tisha BeAv es una de esas fechas del calendario hebreo preservada por los muy observantes y mayormente ignorada por los demás; sin embargo este año, cuando muchos ya están imaginando y conjeturando estos próximos Iamim Noraim 5781, la fecha parece más relevante que nunca. Sería bueno que el simbolismo del 9 de Av que cada año soslayamos sirva para llegar a Elul con el duelo hecho y el espíritu pronto para renovar la esperanza como cada año. Cuando sea momento de comenzar a tocar el Shofar, habremos dejado atrás la noción de lo irreversible para asumir una actitud de lo posible.

En estos meses de pandemia términos como “plaga”, “peste”, y otros de connotaciones bíblicas han estado a la orden del día. La impotencia ante el virus nos ha vuelto a ubicar en una más adecuada escala en el universo. Al mismo tiempo que la ciencia adquiere una relevancia y respeto como nunca antes en la historia de la Humanidad (Harari ha señalado que nunca antes las religiones habían obedecido tanto a la ciencia como en este episodio ya bien entrado el siglo XXI), el individuo se conmueve ante su propia fragilidad y se conecta no sólo con sus semejantes, zoom mediante, sino consigo mismo, sin app de por medio; yo y mi alma, como se dice popularmente.
El 9 de Av de aquel año 70 EC del calendario gregoriano marcó el fin de una era, un tiempo irreversible, que dio lugar a la gran transformación del judaísmo de una religión de sacrificios animales a una religión de la palabra. No podemos saber, hasta no haber transitado el trance, cómo será y cómo enfrentaremos el mundo después de la pandemia. Nuestro privilegio está dado precisamente por la larga tradición oral y escrita que nos permitirá conectarnos con nosotros mismos, con el prójimo, y con la trascendencia. La relevancia de estos meses que tenemos por delante radica en que ya sabemos qué hacer cuando la calamidad azota: recreamos el verbo, lo significamos, y lo vivimos. Sólo nos lavamos las manos para evitar el virus; en todo lo demás, ponemos manos a la obra. Seguimos construyendo templos en el tiempo.

Por Ianai Silberstein

Reproducción autorizada por Radio Jai citando la fuente.

Reproducción autorizada citando la fuente con el siguiente enlace Radio Jai

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