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Mi amigo Mustafá…

Eial esperaba con ansias el partido de fútbol a disputarse entre Israel y Argentina, aquel 31 de Mayo de 1994, en Tel Aviv.

El encuentro le representaba un dilema muy difícil de resolver, y pensaba para sí: “No sé por quién hinchar. ¿Acaso será mejor un empate, y me quedo en paz? Encima lo voy a tener que ver en la escuela… ¡Qué mala suerte! ¿Por qué no se jugó durante el verano?”

Los días previos al amistoso, sus compañeros y profesores lo atormentaban con la misma pregunta: “¿Y vos, quién queres que gane?”

Eial nació en Argentina, pero a los dos años emigró a Israel junto con su familia, ya que la empresa donde trabajaba su padre dispuso su traslado. Y tras unos años regresaron nuevamente al país natal.

Sus compañeros lo bautizaron como “el israelí”, y los profesores también lo reconocían como tal.

Para Argentina ese partido era parte de la puesta a punto de cara al Mundial en Estados Unidos; pero, sobre todas las cosas, era también una cábala que repetían previamente a cada copa del mundo desde aquel campeonato Mundial logrado en México ’86, y lo repitieron en 1990 previo al Mundial disputado en Italia, en donde el conjunto albiceleste logró llegar hasta la final del certamen.

Esta costumbre surgió a partir de que el Doctor Carlos Salvador Bilardo, entrenador argentino, entendió, por aquellos tiempos, que la buena racha del “campeón” había comenzado tras vencer al seleccionado israelí.

La noche anterior al amistoso, el niño Eial tomó la decisión de mantenerse imparcial. Estaba seguro de que Argentina iba a ganar el partido, dado que las diferencias deportivas eran abismales. ¡Y para colmo jugaban Maradona, Batistuta y Caniggia!

En el fondo quería que gane Argentina, para que llegue de la mejor manera al mundial, aunque también amaba a Israel.

Llegó el día, y mientras caminaba hacia a la escuela, pensaba en la situación con la que se podía encontrar y cómo podría afrontar las molestas burlas de sus compañeros, ante la eventual derrota de su segunda nación.

Llevaba unos meses instalado en el país tras su regreso, pero no comprendía como ello podía ser motivo para que lo tilden de extranjero, siendo argentino.

Sus padres habían tenido que ir a hablar con la maestra en reiteradas ocasiones, para pedirle que hiciera cesar ese señalamiento por parte de sus alumnos. Trataron de hacerle entender que encontrándose en una escuela pública, del barrio porteño de San Cristóbal y no en una escuela de Berlín, de la época nazi, ella debía y podía poner límites.

El aula de cuarto grado “A” estaba ambientada para la ocasión, con banderas, bombos y cornetas. También habían tapado el cuadro de Sarmiento, pegando sobre él un poster de Maradona.
La Señorita maestra María Ester llevó papelitos celestes y blancos, como muestra de orgullo y aliento, para tirar al aire cuando saliera a la cancha el seleccionado argentino.

Los chicos, entre risas y asombro, comentaban por lo bajo acerca del fanatismo de la “seño” que se había pintado la bandera nacional en los ojos, al colocarse una sombra color turquesa furioso, que contrastaba muy bien con el fucsia encandilador de sus labios.

Se acercaba la hora del partido y el aula definitivamente se había convertido en un estadio, colmado de saltos, cantos y gritos.

El juego arrancó siendo favorable para Argentina, y cerca de la media hora se puso en ventaja con gol de Batistuta.

El grito de gol fue como un estruendo que ensordeció y exaltó a todos. Para el asombro de muchos, aun Marta, la profesora de música que estaba ahí, grito el gol rabiosamente, y se lo dedicó maliciosamente a Eial.

El segundo tiempo arrancó con Argentina dominando y convirtiendo rápidamente un nuevo gol a través de Gabriel Batistuta.

Eial disfrutaba del juego, pero se sintió decepcionado cuando escuchó que todos al unísono cantaron: ¡Y ya lo ve, y ya lo ve, el que no salta es de Israel! Además se plegaron a saltar la seño María Ester y la profe de música.

Estaba rojo de la bronca, sintió a todos en su contra.

A los pocos minutos llegó el tercer gol por medio de Claudio Caniggia, y Mustafá, el compañero que lo ignoraba, se le gritó en la cara para provocarlo y humillarlo.
No pudo contener la bronca, al sentirse maltratado, le pegó un puñetazo en el rostro y lo dejó tendido en el suelo unos segundos. De inmediato, la maestra los separó, llevándolos a la dirección.

Allí los recibió Ana, la directora, quién con tono maternal les preguntó qué había pasado.
Eial contó su versión de lo sucedido, pero Mustafá se mantuvo en silencio sin siquiera mirar a su compañero. Al ver la recia postura del niño, la directora citó a los padres de ambos para el día siguiente.

La relación con Mustafá había sido cambiante. El primer día de clases lo recibió con alegría. Sin embargo, todo cambio cuando se enteró que “su raro acento” se debía a que había vivido mucho tiempo en Israel. A partir de ese momento no le volvió a hablar.

A la salida de la escuela, Eial intentó disculparse con su compañero por haberlo golpeado, pero éste no le dirigió la palabra, y lo dejó hablando solo.

Regresó a su casa con mucha tristeza por todo lo sucedido, pensando que sus padres podrían retarlo severamente.

Durante la merienda hablaron de cómo le había ido en la escuela y el pequeño se quebró y derramó lágrimas de bronca.

Fernando se quedó perplejo ante el llanto de su hijo, mientras sumergía una chocolina en el té.
Sin embargo, su madre Paula, rápida de reflejos abrazo al niño y lo tranquilizó.
Una vez que se desahogó, pudo expresar todo lo vivido en la escuela, entre tanto sus papás se indignaban ante cada vivencia relatada por el hijo.

Lejos de retarlo lo consolaron, y pese a que estuvo mal en golpear a su compañero, comprendieron que fue una mala reacción, por todo lo que había padecido.

Eial no era el único que sufría discriminación y burlas, sus compañeros, de nacionalidad boliviana y paraguaya, soportaban peores tratos. Y en menor medida, japoneses y coreanos eran objeto de cargadas.

Al día siguiente, Fernando y Paula se presentaron en la escuela para hablar con la directora. Lo mismo hicieron los padres de Mustafá.

Ana hizo pasar a los cuatro a su oficina, y los sentó frente a su escritorio.
En ese momento observó que los padres de Mustafá tenían la misma actitud hóstil que había tenido su hijo el día anterior, al ignorar a los padres de Eial.

Ellos manifestaron abiertamente que no hablarían con sionistas, y exigieron un castigo contra el “judío” agresor de su hijo, ante la mirada atónita de los presentes.

Con respeto y autoridad, la directora les dijo: “ – No voy permitir que trasladen los conflictos de medio oriente aquí. Si ustedes siguen con esa postura van a tener que buscar otra escuela para su hijo. A partir de ahora Eial y Mustafá van a sentarse juntos en el aula y realizarán trabajos en equipo. Estoy cansada de recibir quejas sobre burlas y maltratos entre los alumnos de 4° “A”. Ya no voy a tolerar que se llamen utilizando apodos tales como: chueco, gordo, flaco, enano, lungo, corky, pinocho, orejón, chichón del suelo, turco, israelí, negro, bolita, paragua, tintorero, chino, etcétera, etcétera, etcétera…. Si alguno vuelve a nombrar a su compañero utilizando un apodo, será suspendido hasta que aprenda a respetar al prójimo.”

Entre tanto Ana terminaba de hablarles, los padres de Mustafá se retiraron ofuscados de la reunión.
A continuación se dirigió al aula de 4° “A”, y comunicó la decisión a la maestra y a sus alumnos. Y para que vean que hablaba en serio, le envió una nota a los padres de cada uno, por medio del cuaderno de comunicaciones, que firmó y sello.

Los dos niños tuvieron que sentarse juntos. Al principio fue difícil porque Mustafá permanecía con la misma actitud de rechazo, pero con el correr de los días comenzó a hablarle por medio de notas escritas.

En la clase de actividades plásticas, mientras la profesora Mabel, tras comerse una manzana, dormía sobre el pupitre, Eial tuvo la brillante idea de armar una pelota de papel para jugar en el recreo.

Mustafá también amaba el fútbol, y sin darse cuenta colaboró con su compañero de banco, en la construcción de la pelota, entretanto que la profe seguía durmiendo plácidamente.

Los chicos, que conocían muy bien sus ronquidos, sabían que no se despertaría hasta el recreo, por lo que Eíal aprovechó la situación, y escapando del salón caminó sigilosamente por el pasillo hasta la puerta de la dirección. Miró hacia todos lados, y estando seguro de que nadie lo observaba, oprimió el timbre del recreo. En medio del desconcierto, todos salieron de sus aulas.

Al regresar, con aire triunfante por su hazaña, lo esperaban sus compañeros para jugar un partido de fútbol en la canchita improvisada del pasillo.
Los equipos ya estaban formados, y a él le había tocado el mismo que a Mustafá.

Nunca habían jugado juntos, pero enseguida se entendieron de memoria. Ambos jugaban de delanteros. Eial era goleador, como Batistuta, y Mustafá, veloz y gambeteador, como Caniggia.

Entre los dos definieron rápidamente el partido marcando todos los goles. Disfrutaron tanto el jugar juntos, que por fin -y gracias al trabajo en equipo- volvieron a hablarse.

Todo ello ocurrió ante la mirada emocionada de Ana, que espiaba desde la ventana de la dirección percibiendo que su estrategia había dado resultado.

El partido estaba por finalizar. Era la última jugada. Mustafá gambeteó a tres rivales en una gran maniobra. Se la pasó a Eial para que definiera frente al arquero, y éste remato con destino de gol.

La pelota viajaba rumbo al ángulo imaginario del arco, y de repente salió la profesora de música del aula de tercer grado, impactándole el balón de lleno en la boca, y derribándole la dentadura postiza superior.

Eial se agarraba la cabeza, pensando que la profesora lo iba a reprobar de por vida, mientras todos los chicos se reían de la desgracia de Marta. Ella le gritaba desaforadamente sin que se le entienda nada, mientras, desesperada, buscaba y recogía diente por diente, provocando mayores risas de todos los presentes.

Ese mismo día, a la salida del colegio, Eial se animó y le preguntó a Mustafá: – “¿Por qué no me hablaste todo este tiempo? ¿Te hice algo malo? Si es así, te pido perdón. Y perdoname por haberte golpeado.”

– “No me hiciste nada. Es que mis papás me prohibieron que te hablara porque sos judío. Mi abuelo fue militar en Jordania, un francotirador que custodiaba Jerusalem. Ellos siempre odiaron a Israel, y en mi familia todavía siguen creyendo que estamos en guerra. Espero que pronto se pueda lograr la paz y me dejen de molestar con todas esas cosas”-respondió con tristeza.

Los niños notaron que tenían más coincidencias que diferencias, y con el paso del tiempo se fueron haciendo amigos.

Eran hinchas del mismo club: Huracán. Cada tanto se cruzaban en la tribuna popular del Palacio Ducó, cada vez que el Globo jugaba de local. Uno iba a una punta pegado a la platea Alcorta y el otro al codo lindero a la platea Miravé.

Sin embargo, su amistad se afianzó en un día muy triste.

Huracán marchaba puntero en el campeonato Clausura. Jugaba la última fecha contra Independiente, en Avellaneda, su escolta a un solo punto. Aquella tarde soleada, en la tribuna visitante, de forma azarosa pudieron verse entre toda la multitud, y Eial con su padre se acercaron a donde estaba su amigo, con el suyo.

El papá de Mustafá se puso pálido, pero a pesar de su odio de antaño, saludó a Fernando con un apretón de manos.

La ilusión de todos era muy grande. Con un empate el Globo salía campeón. No obstante todo salió mal: Independiente ganó el partido, por cuatro goles contra cero.

Los chicos tristes, decepcionados y con la ilusión rota, se abrazaron mutuamente para consolarse por la derrota de su equipo.

Un tiempo después, nuevamente se abrazaron, pero esta vez de alegría, fue para celebrar que Israel y Jordania firmaron un Tratado de Paz.

Al igual que con Egipto, en los años setenta, Israel sellaba la paz con otro de sus vecinos.

El último día de clases, la directora citó a Eial a la dirección y se sinceró con él: – “Fue un año difícil, arrancamos mal con 4° “A”; pero pudimos mejorar respetándonos y tolerándonos entre todos. Ya no hubo más cargadas y se volvió un grupo unido. Sé que padeciste muchas injusticias, pero te felicito por el aguante que tuviste. Sos un campeón… Ahh… Antes que me olvidé, ¿Con quién te vas a sentar el próximo año?”
– “Con mi amigo Mustafá”. -Respondió sonriente el niño-

 

Por Ruben Budzvicky
Ilustración: Sabrina Fauez

Historia ficcionada basada en hechos históricos reales.

Reproducción autorizada por Radio Jai citando la fuente.

Reproducción autorizada citando la fuente con el siguiente enlace Radio Jai

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