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La “doble vida” de algunos ultraortodoxos en Israel

Al ver a un grupo de judíos ultraortodoxos vestidos con abrigos largos negros acercándose por la acera, Shmuel se estremece y baja la cabeza para esconderse. Ortodoxo de día, Shmuel se transforma en ateo por la noche y teme ser reconocido.

Sin embargo, él también es un jaredí, un “temeroso de Dios”. Al menos, oficialmente, pues hace casi diez años que no cree en Dios, pero guarda las apariencias por miedo a ser excluido de su comunidad y perder su trabajo y el contacto con sus hijos.

“Nadie de mi entorno lo sabe”, confía Shmuel (nombre ficticio), de unos 30 años. “Ni mi esposa, ni mis padres, ¡nadie!”.

Esta noche, va a un bar de Jerusalem, un lugar prohibido por su comunidad, para encontrarse a escondidas con otros judíos ortodoxos que, como él, perdieron la fe pero siguen fingiendo.

Según Yair Hass, director de Hillel, una asociación que ayuda a las personas que quieren dejar el mundo religioso, en Israel habría decenas de miles de estos “anusim”.

El término “anusim”, literalmente los “obligados”, se utilizaba históricamente para los judíos que se vieron forzados a convertirse al cristianismo durante la Inquisición, pero que seguían practicando el judaísmo en secreto. Hoy, el término se usa para describir a los ortodoxos que, a escondidas, han dejado de ser practicantes.

– Comer cerdo –

Shmuel admite que vive en un miedo constante a ser descubierto. Cuando nadie lo ve, transgrede unas normas en las que ya no cree, como comer cerdo, algo vetado por la ley judía.

“Un día, empecé a plantearme preguntas sobre todo lo que me habían enseñado y todas esas reglas estrictas que nos inculcan desde pequeños. Para mí, todo eso ya no tiene ningún sentido”, explica Shmuel, que creció en el seno de una familia jasídica de Jerusalem.

Junto a él, en un bar de la ciudad, poco iluminado, una veintena de hombres y mujeres se mezclan y hablan, bebiendo. El grupo se formó en Facebook con nombres falsos, y todos temen que se infiltre alguien y los descubra.

Los vestidos largos y las pelucas de unas y las barbas y los tirabuzones de otros los delatan como miembros de la comunidad ortodoxa que tanto desearían dejar.

– “Insoportable” –

Vivir fingiendo todo el tiempo es extremadamente difícil para los ‘anusim’, señala Yair Hass. “Es prácticamente insoportable”.

Avigail, que luce una elegante peluca rubia, sabe mucho del sufrimiento aparejado a esta doble vida. “Hubo un momento en el que me quería morir. Me decía: ¿esto va a ser así, hasta el final de tu vida?”, confiesa esta madre de familia.

Cerca del 10% de los nueve millones de israelíes son judíos ultraortoxos, y cada aspecto de su vida está regido por los principios religiosos, por lo que, a la postre, viven en una suerte de burbuja.

Esta comunidad “te castiga de forma muy severa si te desvías del camino o no respetas las reglas”, subraya Hass, que menciona casos de niños “anusim” a los que los rabinos expulsan de la escuela al enterarse de que sus padres han llevado una doble vida.

“Si me descubren, lo pierdo todo […] Mis hijos, mi trabajo”, asegura Shmuel. “Tienen que entenderlo, esto es un mundo a parte”.

Avi Tfilinski decidió dar el paso tras doce años de doble vida, pero desde entonces ya no puede ver a sus seis hijos. Su padre le prohibió a todo el mundo de su entorno que contactara con él.

“Una vez, vi a cuatro de mis hijos en el mercado de Mahané Yehuda”, en Jerusalem, cuenta el hombre, de unos 40 años, que antes era rabino. “Hacía tres años que no los veía, dije ‘Ohhh’ y reconocieron mi voz y saltaron a mis brazos y me besaron, llorando”.

– “Libre” –

“Te consideran como un criminal”, señala Batia Leora Deil, de 40 años, quien tras seis años de doble vida perdió la custodia de sus cuatro hijos. Ahora, se ha mudado cerca de Tel Aviv, una ciudad más liberal, y ha empezado a estudiar cine.

Por otro lado, integrarse en el mundo laico cuando no se conocen los códigos tampoco es tarea fácil, reconoce Yehuda Shushan, de 33 años. “Aterrizas en un nuevo universo del que no conoces nada”, explica, antes de matizar: “pero es una sensación de libertad que merece la pena”.

“Hoy, soy libre de ser quien yo quiera y de hacer lo que quiera”, agrega, exultante.

¿Libre? “Quizá algún día”, espera Shmuel, que piensa ignorar las órdenes de los rabinos y votar por un partido laico en las legislativas del 2 de marzo.

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