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Los nazis que España nunca quiso extraditar

Barcelona, 2 de mayo de 1945. Aeropuerto del Prat. En las postrimerías de la II Guerra Mundial y de la ocupación alemana de Francia (1939-1945) —París ya había sido liberado (25/08/1944)—, llegaban en un avión procedente de Vichy (sede del estado francés pronazi del mariscal Pétain), Pierre Laval, Abel Bonnard y Maurice Gabolde, destacadísimos dirigentes de aquel estado títere y destacadísimos colaboradores del régimen nazi alemán en la persecución, detención, encarcelamiento, torturas y deportación de miles de judíos franceses en el campo de exterminio de Auschwitz. También habían colaborado con el régimen de Hitler en la detención y deportación de miles de trabajadores franceses reacios al nazismo, en las fábricas de armamento de Alemania, donde serían tratados como esclavos.

Los nazis de Vichy

Laval, Bonnard y Gabolde habían tramitado y obtenido el asilo en España a través de José Félix de Lequerica —embajador español en París, primero, y en Vichy, después— que, curiosamente, había sido quien, en 1940 (poco después de la ocupación nazi de Francia y desde la sede diplomática española) había urdido la detención y deportación del president Companys, saltándose todos los protocolos internacionales de extradición. El régimen de Franco no pudo resistir la presión internacional y acabó entregando Laval a la justicia francesa, que lo condenaría a muerte. Pero, en cambio, Bonnard y Gabolde engrosarían una vergonzosa lista de 13.471 nazis franceses, condenados in absentia por crímenes contra la humanidad, que morirían tranquilamente, de viejos, refugiados en España.

Gabolde

Bonnard y Gabolde serían el paradigma de los nazis franceses acogidos y protegidos por España. Más concretamente, Gabolde ejercería como profesor del Centro de Estudios Friedendorff, situado en el Paseo de Gracia, 11 de Barcelona (una academia de comercio internacional creada en 1940 por el reconocido nazi alemán Ziedt Friedendorff, que presentaba el francés como un “prestigioso catedrático extranjero“). Gabolde, condenado por crímenes contra la humanidad, no sólo no fue extraditado, sino que no se escondió nunca. La prensa de la época (La Vanguardia Española, entre 1946 y 1954), publica que impartió conferencias, tanto en el Friedendorff como en la Universidad de Barcelona. Murió en Barcelona en 1972, a los ochenta y un años de edad, protegido por el régimen franquista.

Laval, Bonnard y Gabolde. Font Viquipedia
Laval, Bonnard y Gabolde / Fuente: Wikipedia

Buyse

Pero los nazis franceses no fueron los únicos que fueron acogidos y estuvieron protegidos en España. La vergonzosa lista se amplía a nazis alemanes y belgas que —en algunos casos— fueron resituados en Catalunya. Jan Buyse fue el Léon Degrelle de Catalunya. El belga Buyse era un entusiasta del régimen nazi, y cuando las tropas de Hitler invadieron Bélgica (1940), fue nombrado jefe de las SS en Bruselas, y entre 1943 y 1945 dirigió el departamento Rasse und Siedlung (Raza y Repoblación), uno de los aparatos del programa Endlösung der Judenfrage (la Solución Final al problema judío). Después del conflicto mundial, la justicia belga lo condenó a cadena perpetua y trabajos forzados (1945), pero consiguió escaparse (1950), y poco después aparece en España acogido por el régimen franquista.

Jan Buysse. Font Archives Generales du Royaume. Burssel·les

Jan Buysse / Fuente: Archives Generales du Royaume. Bruselas

El nazi de Siurana

Buyse —como todos los nazis que huyeron a España— no se vio en la necesidad de vivir oculto, ni se tuvo que alimentar removiendo entre la basura. Pasó de la prisión belga a la dirección de una empresa alemana denominada Defries, radicada en Barcelona y dedicada a la venta de maquinaria. Y no sólo eso. Buyse —aficionado al alpinismo y conocido popularmente como el nazi de Siurana-, fue miembro destacado de un grupo alpinista que publicaría varios trabajos sobre la montaña. Y a pesar de la condena que pesaba sobre su cabeza (por detenciones, torturas, secuestros, asesinatos y fuga), la justicia española ni lo interrogó, ni lo detuvo, ni lo entregó a las autoridades belgas. Murió en su chalet de Siurana (Priorat), en 2002, a los ochenta y nueve años de edad.

Siurana. A unos cinco cientos metros del pueblo, en un chalet aislado, vivía y murió Buyse. Fuente Turismo de Siurana

Siurana. A unos quinientos metros del pueblo, en un chalet aislado, vivía y murió Buyse / Fuente: Turismo de Siurana

La Odesa española

Gabolde y Buyse sólo son dos ejemplos de los centenares de criminales nazis que el régimen franquista español alojó en Catalunya. Pero ponen de relieve la existencia de una estructura de acogimiento y recolocación de estos criminales en lugares relevantes en aquel paisaje de miseria de la posguerra. En este sentido, se ha hablado sobradamente de las Ratlines (la red de fuga y resituación de estos criminales) que dibujan un eje clarísimo entre las cenizas del nazismo, el Vaticano, España y Argentina. Incluso se han rodado algunas películas que lo ilustran, como Odesa (1974). Sin embargo, en cambio —exceptuando algunos estudios— no se ha puesto de relieve la red de complicidades entre las cenizas del nazismo y el aparato político, militar, policial y judicial de la España franquista.

España, refugio seguro de los fugitivos nazis

Efectivamente, varios estudios prueban que los criminales nazis fugitivos encontraron en España los medios para eludir la acción de la justicia de los países aliados y para iniciar una nueva vida sin complicaciones económicas. Un artículo publicado por la revista de historia Hispania Nova detalla que, en algunos casos, estos criminales se incorporaron al ejército, a las fuerzas paramilitares o a la policía españolas, y en otros, a empresas privadas vinculadas al régimen. Incluso, en algunos casos, la recomendación personal estaría firmada por Franco. En su petición de asilo, los méritos que esgrimían eran, curiosamente, siempre los mismos: su participación personal en el conflicto civil español (1936-1939) en el bando franquista, en tareas llamadas de inteligencia.

Urraca, el reverso de la Odesa española

En este punto cobra una fuerza especial la figura de Pedro Urraca Rendueles, el policía que detuvo e interrogó al presidente Companys en la Francia ocupada por los nazis (1940) y lo entregó al SMPI (Servicio Militar y Policial de Información) en Madrid. Concluido el conflicto mundial, Urraca fue condenado a muerte in absentia por la justicia francesa (1946) acusado de dirigir una red de delación y de espolio a judíos franceses y en territorio francés durante la ocupación nazi (1940-1945). Urraca no fue nunca entregado a la justicia francesa, pero lo más relevante de su caso es que pone de manifiesto la reciprocidad en pretendidas tareas de inteligencia entre las policías española y alemana posteriormente al conflicto civil español y durante la ocupación nazi de Francia.

Pedro Urraca. Fuente Blog Iñaki Anasagasti

Pedro Urraca / Fuente: Blog Iñaki Anasagasti

Urraca, la macabra burla a las víctimas del nazismo

Según algunas informaciones, Urraca se acogió a una especie de indulto (que no es lo mismo que una amnistía) dictado en 1953 por el gobierno francés. No obstante, había quedado más que probado que había urdido y se había beneficiado —profesional y económicamente— del robo y el asesinato de centenares de judíos franceses. Y, sorprendentemente, el régimen franquista le encomendó —de nuevo— tareas de inteligencia, esta vez en Bélgica. Y, por si no era suficiente, en una maniobra que no sería más que una macabra burla a sus víctimas, lo condecoró con la máxima distinción policial. Urraca murió el año 1989, en Madrid, a los ochenta y cinco años, once después de la promulgación de la Constitución del 78, sin haber pagado por sus terribles crímenes.

Degrelle i Simons, la macabra burla a la justicia belga

Tampoco pagaron nunca los nazis belgas Léon Degrelle (colaborador del régimen nazi en la persecución y deportación de miles de judíos belgas en el campo de exterminio de Auschwitz y, en los últimos compases de la guerra, general de las SS) y Paul Simons De Aerschot (responsable de la detención y deportación de miles de jóvenes belgas disidentes en las fábricas de armamento alemanas). Bélgica reclamó su extradición durante décadas; pero Degrelle moriría en Málaga en 1989, a los ochenta y siete años; y Simons moriría en San Sebastián en 1994, a los ochenta y nueve. En este punto es importante destacar que cuando murieron estos dos criminales ya no gobernaba Franco, sino que el jefe de estado era Juan Carlos I y el presidente del gobierno era Felipe González (PSOE).

Fuente: El Nacional . Cat

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