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Los túneles de Ali Babá

Una costumbre tan inveterada, un hábito tan antiguo no desaparece en un par de años. Todo lo contrario: se recae en él con la facilidad de un alcohólico de siempre en su ebriedad de cada día. En este caso y si nos referimos a Hamás, el tesoro es el dinero que correspondería al pueblo llano gazatí y que los fanáticos desvían hacia sus cuentas privadas, fortunas enteras provenientes de donaciones que han ido a parar al hormigón armado de los túneles, armas y cohetería palestinas, pero también a chalets y villas ajardinadas de unos pocos líderes. En cuanto a la fortuna de Hezbollah, sabemos que procede de Irán y de la droga y que sus conexiones abarcan los cinco continentes. Va y viene de cuentas secretas a cuentas menos disimuladas Nada crece en esa parte del Líbano, nada que podamos llamar vida civil, escuelas, hospitales. El gasto principal es en pólvora y ferretería bélica. Túneles y fábricas de misiles.

El que tanto Hamás como Hezbollah se escuden en una imaginería religiosa y esgriman el plan de la jihad para seducir a los incautos y jóvenes sin faena, no los hace menos herederos de Alí Babá, es decir menos ladrones. Sus miembros han introyectado tanto la guerra que no tienen ningún plan para cuando haya paz, como no sea el apoderarse de todo el Líbano y permitir a los iraníes completar un plan maestro de dominio que incluya las playas mediterráneas y las ciudades costeras otrora ricas, florecientes y pacíficas. Casi todos los ladrones trabajan de noche, así que ha sido en plena oscuridad que debieron hacerse los túneles que Israel ha descubierto y está comenzando a desmantelar. Ahora Hezbollah deberá recurrir a otros ardides, pero es obvio que el país de los judíos no se duerme en los laureles. La amenaza sigue allí, en el norte, aunque las posibilidades de que un ataque sorpresa tenga éxito son menores. Lo que sí parece evidente es que el progreso constituye, también, una partida en la que se incrementan la muerte y la destrucción de la mano del militarismo. Dostoievsky lo planteó en una de sus novelas menores: Memorias de un hombre subterráneo.

Vivimos una época de sensores, radares y aparatos de alta precisión. Todo ello nacido en un clima sospechas y desconfianzas. Falta mucho aún para que los neutrones entren en guerra sin enviar soldados a ninguna parte. Israel, entretanto, tiene que seguir inventado, afinando sus defensas al punto tal que lleguemos a adivinar anticipadamente el mal que se nos quiere causar. Los frentes son pocos, pero la prolongación del odio que propagan va más allá de lo imaginable. Es ingenuo pensar que algún día, cercano, nuestros enemigos nos amarán y admirarán. Han tenido décadas para pensarlo y cambiar el rumbo de ese desprecio, pero los nuevos ladrones, como los viejos antes que ellos, tienen alergia al trabajo y la educación. Piensan en el botín antes que en la recompensa justa al talento y la creatividad.

Fuente: Por Israel

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