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La Rebelión Macabea

En el siglo II a.e.c., Judea era un territorio que se hallaba bajo el dominio del reino helenístico Seléucida de Siria. En esos tiempos los judíos estaban divididos respecto del helenismo: la aristocracia judía estaba fascinada e influenciada por la cultura y la sabiduría griega, mientras que en las clases campesinas y conservadoras existía un fuerte rechazo a dicha penetración. Los seguidores del helenismo estaban concentrados en las ciudades importantes, y pertenecían especialmente a familias y clanes de terratenientes, al alto sacerdocio, donde algunos sacerdotes (cohanim) del Sagrado Templo de Jerusalén adoptaban nombres griegos, y vivían según usos y costumbres ajenas al judaísmo, y algunos hasta eran politeístas.

Políticamente, Judea era un reino autónomo, el sumo sacerdote era la máxima autoridad, el responsable de la recaudación impositiva, de la administración, y de las donaciones. El Sagrado Templo poseía un gran tesoro que estaba en poder de dichos sacerdotes.

La fortaleza de los seléucidas sufrió un golpe demoledor cuando Roma hizo su presencia en el Medio Oriente. La derrota del rey Antigono III provocó una catástrofe económica en las arcas del reino seléucida, que agotó su tesoro al tener que pagar a los romanos las indemnizaciones a causa de la guerra perdida.

Al morir el rey, su hijo Antígono IV Epifanes heredó la difícil situación. Con el nuevo gobernante surgió en Judea una despiadada competencia entre los cohaním filogriegos para acceder al máximo cargo de Sumo Sacerdote. Cada uno de los interesados le prometía a rey Epifanes, que si lo eligen para el Santuario de Jerusalén él iba a pagar con los recursos propios del Templo las deudas asumidas por la derrota. En otras palabras, iban a pagar a los romanos con el dinero que el tesoro disponía para los pobres, huérfanos y viudas, o para afrontar épocas de sequía o de catástrofes.

Se desató una guerra palaciega entre las más importantes familias judías que pugnaban por obtener el cargo. La lucha por el poder, sumado a un estado de corrupción, degradó la vida en Judea. La grave crisis política desató una guerra civil entre los judíos conservadores, quienes se oponían al ultraje, y los judíos filohelenístas quienes querían llegar al poder para satisfacer sus apetencias y someter toda reacción popular.

Al caos reinante, se sumaron los seléucidas quienes reprimieron la rebelión sangrientamente, y establecieron su presencia de manera permanente en Jerusalén. Dictaron una serie de “Edictos” (en hebreo, “gzeirot hashmad”), por los cuales los judíos no podían observar los mandamientos, realizar circuncisiones, cuidar el cashrut (la dieta alimentaria judía), estudiar la Torá, observar el Shabat y otras festividades; el objetivo era homogeneizar la cultura griega mediante la obligación de imponer a toda la población su modo de vida, sus iconos paganos, y así lograr la desaparición del judaísmo.

Los edictos que atentaban contra la propia identidad del pueblo, encendieron la rebelión en el año 165 a.e.c. La lideró la familia Jasmonea, del sacerdote Matatías y sus cinco hijos, apoyados por las masas rebeldes. Los jasmoneos no eran fanáticos ni extremistas, hasta tenían buenas relaciones con los seléucidas, pero el trasfondo social, económico y cultural-religioso, provocaron una revolución que hizo historia.

La sublevación entusiasmó a todos con sus triunfos, en el mes judío de Kislev, tres años después del inicio de la persecución religiosa, en el apogeo de la revolución, las tropas rebeldes atacaron la guarnición en Jerusalén, y después de varios intentos fallidos lograron liberar la ciudad, purificar el templo y restituir la ritualidad religiosa judía. El triunfo y la restauración del Sagrado Templo se celebran hasta el día de hoy con la fiesta de Jánuca (inaugurar).

Lo que se inició como una revuelta social contra los edictos adoptó el cariz de una rebelión nacional en gran escala. Yehuda Macabi, el líder, se transformó en un héroe mítico. El éxito de la rebelión se debió a varios factores: al método de combate utilizado, una guerra de guerrillas rápida y conocedora del territorio, al espíritu de sacrificio y entrega de los combatientes judíos, a la decadencia militar del ejército enemigo, y al tratado de ayuda mutua firmado con Roma que brindó un respaldo importante a los macabeos en el campo logístico. Con la victoria final se estableció un estado judío independiente, el Reino Jasmoneo (Medinat Hajashmonaim).

Para finalizar, algunas palabras sobre Jánuca. No voy a referirme a los milagros ni a la janukia, ese hermoso símbolo que irradia luz y esperanza. Si quiero evocar un hermoso himno que se compuso en la Edad Media llamado “Maoz Tzur” (fortaleza de roca), que nos remonta a cuatro épocas de persecuciones a las que felizmente el pueblo judío con empeño logró superar y sobrevivir: el éxodo de Egipto, el final del cautiverio babilónico, la salvación en Purim, y finalmente nos habla de la gran victoria de los hashmonaim que hoy conmemoramos.

A todos, mi deseo de Jag Urim Sameaj

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