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¿Quién se queda con el muerto?

Todos los que hemos leído a Shakespeare sabemos que cuando el crimen permanece impune la cuestión acaba en tragedia. Los argentinos, como tantos otros pueblos, no escapamos a la situación de crímenes no resueltos. Nos caracteriza quizás la repetición macabra.

Desde los tiempos mismos fundacionales de la nación, cunde la sospecha de la muerte de próceres y así llega hasta nuestros días.
Ciudadanos que salen de sus hogares y son muertos de mil maneras y nada o muy poco se resuelve. Trenes que se estrellan contra la corrupción. Bombas que estallan en memorándum cómplices de asesinos. Fiscales que se los suicida vergonzosamente ante la mirada cómplice de parte de la población. Y así la lista sigue y se perpetúa en miles de jóvenes y niños que desaparecen de la faz de la tierra sin dejar rastro.

Los muertos nos apabullan en cada rincón de nuestra memoria colectiva de un lado y del otro de las banderas políticas. Ya sea como víctimas, ya como verdugos.

Como todo muerto que no descansa en paz circula inmunemente por nuestra vida ciudadana tiñendo todo de amenaza para los que estamos vivos.

Nos interpela, nos acusa, nos culpa…nos castiga.

Y ahí vamos con nuestros “muertos-desaparecidos”, porque cuando alguien no aparece ni vivo ni muerto permanece en ese especie de limbo fantasmal que cual los agujeros negros del espacio amenazan a todo lo que se les acerca y así la vida misma en democracia se transforma en un peligroso juego. Un perverso juego en que el enigma a descifrar es: “quien se queda con el muerto”. Y los muertos tienen un enorme poder.

Quien se atribuya ser su “amigo” gozará por añadidura de cierto brillo que aporta ese poder.

Desde la mirada de los vivos ya no pueden perder lo más valioso que tenemos, que es la vida justamente y por ende son portadores de una rigidez que trasciende tiempos y distancias.

El fantasma es ese especial personaje que juega en el límite de lo real.

Quien se atribuya “la noble causa” del que ya no habla o no puede hablar con voz propia, por las razones que sea, gozará de la efímera ilusión de haber ganado el premio en detrimento de quien será a partir de ahí el llamado asesino y le tocará cargar con el muerto como una negra sombra por el resto de su vida.

Pero como en toda tragedia que es atravesada por la mentira nadie sale victorioso por mucho tiempo.

Hamlet cree descubrir el crimen, real o no, a través del fantasma del padre que vuelve desde el más allá para poner luz desde la oscuridad en la que ha caído su antiguo reino sirviéndose de la palabra y la interpretación del príncipe heredero.

Finalmente todos mueren. El investigador Hamlet, su madre engañada, su tío el asesino, su padre asesinado y el reino queda sin monarca. Trágico final de una monarquía.

Hoy los argentinos vemos como se acusa al gobierno de turno de la falta de claridad sobre el paradero de un ciudadano que permanece en ese lugar de nieblas tenebrosas y miradas con aire de patológica mezquindad política.

Las respuestas parecen tibias, confusas y dejan lugar al caldo de cultivo de una desmesurada interpretación de los espectadores.
En realidad, de un lado y de otro del charco político se debería unir empeño por que se esclarezca la situación. Sin embargo, como pasa con una gran inundación enloda a unos y otros con acusaciones de ambos lados de la hinchada futbolera.

Esperemos que podamos escribir una historia distinta a la del reino de nuestro amigo Hamlet. Ojalá la democracia sea preservada de la mediocridad perversa de los que tienen cierta cuota de poder.
El riesgo es que todo acabe en tragedia y entonces unos y otros saldrán perdedores.

Nadie gana a la larga. Todos mueren. La democracia muere y con ella los derechos de la república y sus hijos, nosotros los ciudadanos.

Reproducción autorizada citando la fuente con el siguiente enlace Radio Jai

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