El giro ideológico de la izquierda
Por Diego Sciretta (Desde Israel)
La mañana del 7 de octubre no solo cambió la historia de la región donde hoy me toca vivir; resquebrajó estructuras ideológicas que construí durante toda una vida de militancia. El choque frontal con la brutalidad de los hechos me obligó a un replanteo profundo y honesto. Sin embargo, la respuesta del entorno político que solía sentir cercano no fue la empatía ni el debate, sino la descalificación inmediata. Que un amigo de tantos años recurra al insulto de “nazi fascista” por el solo hecho de cuestionar los dogmas establecidos tras una tragedia de tal magnitud expone la grave degradación del pensamiento crítico actual. La disidencia ya no se debate; se paga con la expulsión moral y la censura, tal como me ocurre hoy cuando bloquean mis mensajes en sus páginas de Facebook.
Este quiebre personal me abrió los ojos a una verdad mucho más amplia y alarmante. El alineamiento automático con los agresores demuestra que la causa palestina no es la única bandera histórica que la izquierda ha traicionado. Lo que presenciamos es una metamorfosis estructural: el abandono definitivo de sus principios fundacionales para adoptar una matriz totalitaria que la termina acercando y subordinando a los sectores más reaccionarios del fundamentalismo de ultraderecha islámica.
1. La Capitulación ante la Raíz Teológica del Conflicto
El primer gran error —y la primera gran traición— del progresismo occidental es insistir en analizar la realidad mediante un prisma político o socioeconómico tradicional. Se niegan a aceptar que el motor principal de la agresión actual no es territorial, sino estrictamente ideológico y religioso. Cuando una parte mayoritaria de una sociedad está imbuida en la doctrina de la “guerra santa” y el imperativo del martirio, los marcos tradicionales de negociación quedan anulados. Para el pueblo judío, esto transforma el escenario en una causa existencial absoluta: ante un enemigo cuyo objetivo explícito es nuestra aniquilación total, la única opción legítima y moral que nos queda es combatir firmemente para no ser destruidos. Al ignorar esto, la izquierda criminaliza nuestra legítima defensa.
2. El Pragmatismo Oportunista: Financiamiento y Rédito Electoral
Es ingenuo pensar que esta pérdida de rumbo responde únicamente a una ceguera teórica. Detrás del viraje radical de estas agrupaciones subyace un entramado de claros beneficios económicos y políticos. A nivel financiero, es cada vez más evidente cómo diversas plataformas de izquierda reciben financiamiento de organizaciones pro-palestinas y del propio régimen de Irán, convirtiendo la causa en un negocio rentable de desestabilización. Por otro lado, operan bajo un cálculo electoral perverso. El antisemitismo ha demostrado ser un poderoso fenómeno de masas capaz de aglutinar resentimientos colectivos. Al adoptar el discurso antisemita bajo el ropaje del antisionismo, la izquierda moviliza a un electorado radicalizado y capitaliza el odio en las urnas.
3. El Extraño Frente Único: La Alianza con la Ultraderecha Islámica
Resulta una de las mayores paradojas de la historia moderna: ver cómo los sectores que teóricamente defienden las libertades individuales, el laicismo y los derechos de las minorías terminan convertidos en escuderos de teocracias absolutistas. Este islamo-izquierdismo es una convergencia profunda basada en el resentimiento compartido hacia los valores de la democracia liberal occidental. En este esquema, la opresión interna y la violencia extrema de los grupos fundamentalistas son perdonadas bajo el difuso concepto de “resistencia antiimperialista”. La izquierda ha asumido que el enemigo de su enemigo es su aliado, aunque ese aliado represente la ultraderecha más clerical y liberticida del planeta.
4. La Inversión del Lenguaje y la Neo-Lengua Orwelliana
Para justificar esta deriva se ha vuelto indispensable redefinir las palabras y vaciarlas de su significado original. Conceptos como “derechos humanos” son utilizados para encubrir la intolerancia. En esta neo-lengua, nuestra legítima defensa es etiquetada de “genocidio”, mientras que las masacres fundamentalistas son justificadas como “actos de resistencia”. El término “sionismo” ha sufrido la misma distorsión extrema: fue vaciado de su significado histórico —el derecho del pueblo judío a la autodeterminación en su tierra ancestral— para ser transformado en un insulto universal que permite camuflar el viejo antisemitismo de siempre bajo el disfraz de la crítica política.
5. La Cancelación del Disenso y la Destrucción del Debate
La adopción de metodologías totalitarias se hace evidente en la gestión del debate interno. La actual matriz ideológica de izquierda ya no busca convencer, sino silenciar mediante la muerte civil. Cualquier intelectual, periodista o militante que ose señalar las contradicciones de apoyar a un régimen fundamentalista es catalogado inmediatamente de traidor o colonizador. La censura cultural y el linchamiento digital son las herramientas punitivas de un movimiento que ha internalizado los métodos de control de los peores regímenes totalitarios del siglo XX.
6. Del Internacionalismo Solidario a la Fragmentación Binaria
El viejo internacionalismo que buscaba la emancipación de los oprimidos ha degenerado en una política de identidades fragmentadas y resentimiento abstracto. El mundo es reducido a un tablero binario y simplista de opresores absolutos and oprimidos absolutos. Al despojar a los individuos de su agencia moral y juzgarlos únicamente por su nacionalidad, la izquierda justifica atrocidades. Si el “oprimido” comete una masacre, es una consecuencia inevitable; si el agredido se defiende, es catalogado de victimario. Esta quiebra moral es el síntoma definitivo de una corriente política que perdió su brújula humanista.
7. El Escenario Argentino: La Contradicción en la Comunidad
Este fenómeno tiene su correlato directo y doloroso en la Argentina. Dentro de la propia colectividad, agrupaciones históricas en las que militamos durante años han terminado atrapadas en el mismo laberinto dogmático: El ICUF (Federación de Entidades Culturales Judías de la Argentina): Siendo la institución madre del progresismo judío en el país, su matriz ideológica la lleva a priorizar esquemas geopolíticos abstractos por encima de la empatía inmediata con las víctimas de la masacre. Sus pronunciamientos diluyen la responsabilidad del fundamentalismo islámico, subsumiendo la agresión en una crítica constante al Estado de Israel.
ACIC (Asociación Cultural Israelita Córdoba): Como un pilar histórico del progresismo judío en el interior y tradicionalmente ligada a la corriente del ICUF, representa a sectores que combinaron la vida comunitaria con los valores de la izquierda social. Frente a la brutalidad del 7 de octubre, sus conducciones se debaten en una profunda contradicción, prefiriendo muchas veces la fidelidad a las consignas históricas antes que reaccionar ante la amenaza existencial que sus propios aliados políticos avalan hoy a nivel global.
Llamamiento Judío Argentino: Esta organización ejemplifica de manera perfecta la subordinación de la identidad y la seguridad comunitaria al relato partidario nacional y popular. Su necesidad de validar las agendas políticas locales de izquierda los lleva a justificar discursos antisionistas y a guardar un silencio cómplice ante el antisemitismo creciente de sus propios socios políticos.
Esta complicidad se vuelve evidente en la memoria selectiva de estas agrupaciones. Mientras que la conmemoración del Levantamiento del Gueto de Varsovia es una bandera central que les resulta cómoda, su acompañamiento a los pedidos de justicia por la AMIA es meramente formal y silencioso, evitando profundizar en la responsabilidad del régimen iraní. Peor aún, el atentado a la Embajada de Israel es prácticamente invisibilizado en sus discursos, prefiriendo la omisión antes que defender una representación diplomática sionista.
Conclusión: El Espejismo del Diálogo y el Deber de Romper
Frente a esta realidad, el paso inicial e indispensable dentro de estas instituciones debería ser la exigencia de un debate profundo, abierto y democrático. Obligar a discutir la deriva antisemita y la complacencia con el terrorismo teocrático es el termómetro definitivo para evaluar la honestidad intelectual de sus dirigentes.
Sin embargo, tras muchos años de conocimiento personal y militancia junto a estos activistas, soy profundamente pesimista. Mi propia experiencia me demuestra que estas organizaciones ya no admiten el pensamiento crítico; cierran los canales, censuran los mensajes y tildan de “nazi fascista” a quien ose cuestionarlos. Sus conducciones carecen de la capacidad ideológica para aceptar lo que está pasando; les queda cómodo seguir disfrutando de ser dirigentes de un sello vacío, sin importarles para qué agendas externas sea utilizado.
Permanecer en espacios que justifican a tus propios verdugos exige una disociación insostenible. Cuando la pertenencia comunitaria demanda el silencio ante el antisemitismo o la relativización del terror, irse no es una traición a las ideas de progreso; es un acto de dignidad. Cuando la ideología exige relativizar el exterminio de nuestro propio pueblo para no incomodar a los aliados políticos, la brújula se ha roto por completo. La retirada a tiempo de estas estructuras burocráticas no es una claudicación, sino el único camino ético para preservar la coherencia humanista y nuestra propia supervivencia.
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