Después de las bombas, el relato: lecciones de Kissinger para la guerra con Irán
Por Mati Sakkal
23 de junio, 14:30 (Israel) — Día 11 de la guerra entre Israel e Irán
Hasta el momento, más de 500 misiles han sido lanzados contra Israel. Si bien el sistema de defensa aérea israelí ha demostrado ser robusto y sofisticado, no es infalible. Escribo estas líneas después de haber pasado 45 minutos en un refugio, tras la andanada de misiles más prolongada desde el inicio del conflicto. Durante ese tiempo, las sirenas sonaron en casi todo el país, recordándonos que, pese a la ofensiva, Irán aún conserva capacidades ofensivas significativas.
Este nuevo intercambio deja en claro que ningún ataque, por más preciso que sea, puede eliminar por completo el aparato militar iraní. El “ojo por ojo” entre Irán e Israel parece lejos de terminar. El propio primer ministro Netanyahu lo anticipó: “No extenderemos nuestras acciones más allá de lo necesario para lograr los objetivos, pero tampoco terminaremos demasiado pronto”. Prometió evitar una guerra de desgaste, pero subrayó que “cuando se alcancen los objetivos, la operación estará completa y los combates cesarán”.
Por ahora, seguimos en medio de la guerra, y la desescalada no parece un escenario cercano. Israel aún no ha alcanzado todos sus objetivos estratégicos y busca aprovechar al máximo la ventaja aérea que ha conseguido sobre Irán —una situación impensada apenas unos meses atrás. Por su parte, Teherán continúa amenazando con represalias contra Estados Unidos por su intervención directa y el ataque a sus instalaciones nucleares.
No podemos predecir el futuro, pero sí mirar hacia el pasado. Un ejemplo relevante es el desenlace de la Guerra de Yom Kipur entre Israel y Egipto. Entonces, como hoy, Israel enfrentaba a un enemigo que abiertamente buscaba su destrucción. Y sin embargo, tras una guerra dura y sangrienta, se abrió paso —con el tiempo— a un proceso diplomático que desembocó en un acuerdo de paz.
¿Qué hizo Kissinger en la guerra de Yom Kipur?
Tras la Guerra de Yom Kipur en 1973, el secretario de Estado norteamericano Henry Kissinger puso en marcha una de las estrategias diplomáticas más audaces y exitosas del siglo XX. En un escenario marcado por la desconfianza mutua, el trauma y la amenaza de una nueva escalada, Kissinger logró lo impensado: ofrecerle tanto a Israel como a Egipto una imagen de victoria. Ese delicado equilibrio simbólico, más que cualquier tanque o avión, fue lo que terminó abriendo la puerta al proceso de paz que años más tarde cristalizaría en Camp David.
La clave estuvo en entender que las guerras a veces no terminan cuando callan las armas, sino cuando se acomoda el relato. Egipto había comenzado la guerra con una ofensiva sorpresiva que rompió la línea Bar-Lev y recuperó territorio en el Sinaí, ocupado por Israel desde 1967. Aunque militarmente Israel reaccionó con fuerza y logró rodear al Tercer Ejército egipcio, Kissinger frenó a los mandos israelíes en seco: no debían destruirlo ni humillar a Egipto. A cambio, Egipto podría mantener parte de sus tropas al este del Canal de Suez. Ese gesto no era meramente táctico: le permitía al presidente Anwar el-Sadat presentarse ante el mundo árabe como un líder que había lavado la honra nacional y roto la imagen de invencibilidad israelí.
Israel, por su parte, también tenía su narrativa. A pesar de haber sido sorprendido, había logrado recuperarse, contener a Siria en el norte, y terminar la guerra con sus fuerzas cerca de Damasco y El Cairo. Kissinger se aseguró de que Israel no pareciera debilitado ni forzado a ceder, sino como un país que había defendido con éxito sus fronteras y ahora daba un paso hacia la estabilidad regional.

Esta “doble victoria” fue, en verdad, una construcción diplomática. Kissinger viajó incansablemente entre Jerusalén, El Cairo y Damasco, en lo que se conoció como su “shuttle diplomacy”. No intentó imponer la paz de inmediato, sino crear las condiciones para que cada parte pudiera justificar políticamente futuras concesiones. Su genialidad consistió en entender que los acuerdos no se firman solo en papel, sino en el imaginario colectivo de los pueblos.
Así, cuando en 1978 Jimmy Carter logró sentar en Camp David a Sadat y a Menachem Begin, el terreno ya estaba preparado. La paz entre Israel y Egipto fue posible porque ninguno de los dos llegó como derrotado. Ambos habían tenido tiempo para digerir la guerra, construir una narrativa de dignidad y aceptar, con realismo, que la vía militar tenía un límite.
¿Es posible un escenario similar con Irán?
La naturaleza siempre cambiante de Medio Oriente obliga a la cautela. En esta región, afirmar o descartar escenarios con demasiada contundencia es casi siempre un error. Dicho esto, al 23 de junio, empieza a delinearse un escenario en el que tanto Israel como Irán podrían —aunque desde ángulos distintos— reclamar algún tipo de victoria.
Para Israel, la imagen actual no podría ser más favorable en términos de superioridad militar y capacidad de disuasión. Desde el 7 de octubre —cuando sufrió el ataque más devastador de su historia— ha logrado neutralizar, uno por uno, a los principales representantes del eje iraní. Hamas ya no representa una amenaza seria en Gaza; Hezbollah, en Líbano, está profundamente debilitado; los hutíes en Yemen han perdido capacidad de acción; y el régimen de Assad, en Siria, ha quedado marginado. Todo esto, en preparación para enfrentar al verdadero enemigo: Irán.
El ataque preventivo contra el programa nuclear iraní fue contundente. Efectivo en lo operativo, y demoledor en términos simbólicos. Israel demostró no solo su superioridad tecnológica y operativa, sino también su resiliencia. Cayó el 7 de octubre, pero se levantó con fuerza, enviando un mensaje claro al resto de la región: Israel está dispuesto a ir hasta el final para garantizar su existencia.
Desde el punto de vista político, esta podría ser la imagen de “nizajón mujlat” —una “victoria total”— que Netanyahu necesitaba desesperadamente para remontar tras su fracaso del 7 de octubre. Eliminar todos los tentáculos del pulpo y llegar hasta su cabeza, Irán, le permite presentarse ante su base como un líder que restauró el poder disuasivo del país.
Para Irán, en cambio, el panorama es más complejo. El golpe recibido fue severo: su cúpula militar fue desmantelada, sus científicos clave eliminados, y su sistema de defensa antiaérea expuesto como obsoleto. Israel y Estados Unidos controlan hoy el cielo iraní, y las instalaciones nucleares de Fordo, Natanz e Isfahán han sufrido daños significativos. Para peor, sus aliados estratégicos —Rusia, China y Corea del Norte— aún no han hecho nada más que observar desde la distancia.
En medio de este escenario devastador para Teherán, pasó casi desapercibido un detalle crucial. El vicepresidente estadounidense J. D. Vance señaló que las reservas de uranio enriquecido de Irán no fueron destruidas y permanecen bajo control iraní. Esto, dijo, podría representar una amenaza persistente si no se controla adecuadamente. “Trabajaremos en las próximas semanas para hacer algo con ese combustible”, aseguró en el programa This Week de la cadena ABC, “y ese será uno de los temas que abordaremos con los iraníes”.
¿Un fracaso de la operación militar conjunta? No necesariamente. Una lectura alternativa —y quizás más interesante— es que esta afirmación sea parte de una estrategia diplomática cuidadosamente calculada: ofrecerle a Irán una imagen de victoria para facilitar una salida negociada, tal como hizo Henry Kissinger con Egipto tras la guerra de Yom Kipur en 1973.
Al sugerir —sea cierto o no— que Irán aún conserva material nuclear, Washington podría estar ofreciéndole a los ayatolás una narrativa digna con la cual volver a casa: que el programa nuclear sigue activo, que no se doblegaron, y que resisten al imperialismo occidental. Una “salida elegante”, sin admitir derrota.
Puede que estemos siendo testigos de la aplicación de una teoría clásica en la diplomacia de guerra: la “victoria para ambos”. Un marco narrativo en el que cada parte ajusta su versión de los hechos para consolidar sus intereses internos. A menos, claro, que el cambio de régimen en Teherán siga siendo una opción abierta sobre la mesa.
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