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De Auschwitz a Jerusalén: cuando los nietos rompen el silencio

Radio Jai-De Auschwitz a Jerusalén: cuando los nietos rompen el silencio

Por: Rubén Kaplan

En tiempos de creciente antisemitismo, negación o relativización del Holocausto y renovadas campañas de hostilidad contra Israel, la llegada a Jerusalén de cientos de descendientes de oficiales y soldados nazis ofrece un motivo para la reflexión y también para la esperanza.

Alrededor de quinientos descendientes de miembros del aparato militar y político del Tercer Reich viajaron recientemente a Israel para participar en marchas de solidaridad con el Estado judío y en actividades destinadas a combatir el antisemitismo. La iniciativa, impulsada por el movimiento March of Life, reúne a hijos, nietos y bisnietos de quienes formaron parte del régimen nazi y que han decidido enfrentar el pasado familiar en lugar de ocultarlo. Según sus organizadores, el objetivo es romper décadas de silencio, asumir una responsabilidad moral frente a la historia y luchar contra las nuevas formas del odio antijudío.

Entre las figuras más destacadas de este movimiento se encuentra Anna Suzette Pfeffermann, descendiente de una familia vinculada al régimen nazi, quien decidió transformar el peso de esa herencia en un compromiso activo con la memoria, la lucha contra el antisemitismo y el fortalecimiento de los vínculos con Israel. Su historia simboliza la de muchos otros participantes que comprendieron que no son responsables de los crímenes de sus antepasados, pero sí de la actitud que adopten frente a ellos.

La imagen posee una enorme carga simbólica. Los descendientes de quienes persiguieron, deportaron y asesinaron judíos marchan hoy por las calles de Jerusalén proclamando su solidaridad con Israel y su compromiso de combatir el antisemitismo. No cargan con la culpa de los crímenes del pasado, pero entienden que el conocimiento de la historia impone una responsabilidad ética frente al presente.

Algunos de los participantes descubrieron en archivos y documentos familiares que sus abuelos colaboraron activamente con el régimen nazi e incluso estuvieron vinculados al funcionamiento de campos de concentración y exterminio. Lejos de intentar justificar o minimizar aquellos hechos, decidieron asumir una posición diametralmente opuesta, convirtiéndose en defensores de la memoria histórica y en aliados del pueblo judío.

El contraste con ciertas tendencias actuales resulta inevitable. Mientras algunos descendientes de perpetradores se esfuerzan por preservar la memoria histórica, en numerosos países occidentales proliferan expresiones de judeofobia que se creían desterradas después de la Segunda Guerra Mundial. Las redes sociales amplifican teorías conspirativas, los ataques contra instituciones judías aumentan y la negación o distorsión del Holocausto encuentra nuevos canales de difusión.

En artículos recientes señalé que el antisemitismo rara vez desaparece. Cambia de lenguaje, adopta nuevas consignas y se adapta a diferentes contextos históricos, pero conserva intacta su esencia. Lo que ayer se expresaba mediante caricaturas raciales o acusaciones de conspiración financiera, hoy suele manifestarse mediante la demonización sistemática del Estado judío, la aplicación de dobles estándares o la negación de su derecho a existir y defenderse.

Como observó Anna Suzette Pfeffermann, el antisemitismo cambia de apariencia con el paso del tiempo, pero su esencia permanece inalterable. Esa reflexión resulta particularmente pertinente en una época en la que algunos intentan presentar como simples posiciones políticas lo que en realidad constituye la reaparición de antiguos prejuicios bajo nuevas formas.

La situación se vuelve aún más preocupante cuando determinadas campañas de desinformación y hostilidad hacia Israel reciben apoyo político, financiero o mediático de actores estatales interesados en fomentar narrativas profundamente sesgadas contra el Estado judío. En distintos artículos he señalado el papel que desempeña Qatar en la financiación de estructuras académicas, mediáticas y políticas que contribuyen a legitimar discursos donde el antisionismo invariablemente termina derivando en antisemitismo.

La experiencia de estos descendientes de alemanes ofrece además una enseñanza moral de enorme relevancia. Si nadie puede ser considerado responsable de los crímenes cometidos por sus abuelos o bisabuelos, tampoco resulta admisible atribuir culpas colectivas a pueblos enteros por acontecimientos ocurridos siglos o milenios atrás. La lógica que exime a los nietos de los nazis de las atrocidades perpetradas por sus antepasados debería conducir a una conclusión igualmente evidente: los judíos de generaciones posteriores tampoco podían ser responsabilizados por la muerte de Jesús. Sin embargo, durante siglos millones de judíos cargaron con esa falsa acusación, que alimentó persecuciones, expulsiones, conversiones forzadas, pogromos y otras manifestaciones de odio. La responsabilidad moral pertenece a quienes cometen los actos, no a sus descendientes.

Por ello, la visita de estos descendientes de nazis posee un significado que trasciende ampliamente el gesto simbólico. Constituye una respuesta moral a quienes pretenden borrar la historia, relativizar la responsabilidad de los perpetradores o transformar a las víctimas en victimarios.

Resulta paradójico que algunos sucesores de quienes participaron en la persecución de los judíos comprendan mejor el peligro del antisemitismo contemporáneo que ciertos sectores occidentales que se autodefinen como progresistas. Mientras aquellos estudian la historia para evitar que se repita, estos últimos con frecuencia minimizan o justifican manifestaciones actuales del odio antijudío.

La lección que ofrecen estos visitantes alemanes es tan simple como poderosa. La herencia familiar no determina el destino moral de una persona. Los nietos no son responsables de los crímenes de sus abuelos. Pero sí pueden decidir qué hacer con la memoria que reciben.

Mientras algunos optan por el silencio, otros eligen la verdad. A la par que se relativiza el antisemitismo, otros lo combaten. Y cuando muchos prefieren olvidar, quinientos descendientes de quienes alguna vez ayudaron a destruir comunidades judías viajaron a Jerusalén para recordar al mundo que la historia no debe repetirse.

 

Rubén Kaplan
Periodista y escritor

Reproducción autorizada citando la fuente con el siguiente enlace Radio Jai

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