¿Quién debe terminar con Hezbollah?
*Rubén Kaplan
Las recientes declaraciones del presidente estadounidense Donald Trump sobre el Líbano y Hezbollah abrieron un debate que trasciende ampliamente la coyuntura actual.
Trump expresó su descontento por determinadas operaciones israelíes en territorio libanés, afirmando que habían provocado numerosas víctimas sin lograr eliminar a Hezbollah. Hasta allí podía tratarse simplemente de una discrepancia táctica entre aliados. Sin embargo, fue más lejos. Sugirió que si Israel no podía completar esa tarea, quizá sería mejor que lo hiciera Siria.
La afirmación merece ser analizada con detenimiento .En el curso de los recientes enfrentamientos con Hezbollah, Washington impuso al Estado judío límites y restricciones destinados a evitar una expansión regional del conflicto. Tales condicionamientos redujeron inevitablemente el margen de acción israelí contra Hezbollah. Resulta difícil reprochar a Israel no haber concluido una tarea que sus propios aliados le impidieron completar.
Pero la contradicción va aún más allá.
La propuesta de confiar a Siria un papel relevante en la contención de Hezbollah obliga a observar quién gobierna hoy ese país. Tras la caída de Bashar al-Assad, el poder quedó en manos de Ahmed al-Sharaa, conocido durante años como Abu Muhammad al-Jolani. Su trayectoria constituye una de las transformaciones políticas más sorprendentes de Medio Oriente.
Combatió contra las fuerzas estadounidenses en Irak, fue detenido por Estados Unidos, fundó el Frente al-Nusra —filial siria de Al Qaeda— y posteriormente encabezó Hayat Tahrir al-Sham, la organización que terminó liderando la ofensiva que derrocó al régimen de Assad.Hoy es recibido por dirigentes occidentales, participa en foros internacionales y procura reintegrar a Siria al escenario diplomático mundial. Los hechos son indiscutibles. También lo es su pasado.
Precisamente por ello llama la atención que algunos consideren razonable confiar parte de la estabilidad regional a un dirigente cuya trayectoria habría generado una reacción muy distinta en las cancillerías occidentales apenas unos años atrás.Sin embargo, tampoco resulta evidente que Damasco esté dispuesto a asumir ese papel.
El nuevo gobierno sirio intenta consolidar su reinserción regional tras años de aislamiento, fortalecer sus vínculos con los países árabes y obtener recursos indispensables para la reconstrucción del país. En ese contexto, involucrarse activamente en una confrontación contra Hezbollah que pueda ser percibida como una ayuda a Israel entraña riesgos políticos considerables.
Para Ahmed al-Sharaa, el desafío no consiste únicamente en gobernar Siria, sino también en evitar que sus adversarios lo presenten como un instrumento de intereses ajenos a la causa árabe.A ello se suma otro elemento relevante. Mientras avanzan las negociaciones entre Estados Unidos e Irán, Hezbollah ha dejado trascender que podría oponerse a cualquier entendimiento que considere perjudicial para sus intereses. Bajo esa luz, la insistencia iraní en incorporar la cuestión libanesa dentro del acuerdo adquiere una lógica diferente.
No se trataría solamente de proteger al Líbano, sino también de evitar que uno de sus principales aliados regionales termine convirtiéndose en un factor de desestabilización del propio entendimiento. La paradoja resulta evidente.Por un lado, se critica a Israel por no haber eliminado a Hezbollah. Por otro lado, se propone confiar parte de esa responsabilidad a un gobierno encabezado por un dirigente cuya trayectoria estuvo vinculada al yihadismo y que además debe cuidar cuidadosamente su posición dentro del mundo árabe.
Al mismo tiempo, Estados Unidos continúa advirtiendo que volverá a bombardear objetivos iraníes si considera que Teherán incumple los compromisos asumidos.Nada de ello transmite precisamente la sensación de que los problemas fundamentales de la región hayan quedado resueltos.Las organizaciones terroristas no desaparecen porque alguien las declare superadas. Tampoco porque cambien los comunicados diplomáticos.
Si Hezbollah continúa representando una amenaza para Israel y para la estabilidad regional, la discusión no debería limitarse a quién debe terminar con la organización. También debería incluir una pregunta más incómoda ¿Quiénes imposibilitaron que esa tarea pudiera completarse?
Rubén Kaplan, periodista y escritor
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