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El asedio y la destrucción de Jerusalén por Nabucodonosor II

Por el prof. Yehuda Krell

El 16 de marzo del año 597 a.c. un enorme ejército al mando de Nabucodonosor II, rey de Babilonia, dio comienzo al asedio y sitio de la ciudad de Jerusalén. El rey venía de derrotar al faraón egipcio Necao II en la batalla de Karkemish, 605 a.c., para luego invadir el reino de Judea y así consolidar su imperio.

La citada fecha no se conocía con exactitud hasta que el Prof. Donald Wiseman en el año 1956, descifró una tableta de la Crónica de Nabucodonosor, por la que pudo determinar el comienzo de la primera conquista de Jerusalén por rey babilónico. Fue una invasión que dio inicio a una dramática y sangrienta década, de una guerra que provocó la destrucción total de Judea, de su capital Jerusalén y del Sagrado Templo de los hebreos.
La Crónica relata que el rey Joaquín de Judea se rebeló contra el dominio babilónico, pero Nabucodonosor capturó la ciudad e instaló un gobierno títere con Sedequías como gobernante, y después de haber recibido un acaudalado tributo volvió a Babilonia.

Diversos libros de la Biblia abundan sobre la destrucción y la deportación del pueblo judío. En el texto de Reyes II, (24, 13-16) encontramos: Y sacó de allí todos los tesoros de la casa de Dios, y los tesoros de la casa real, y rompió en pedazos todos los utensilios de oro que había hecho Salomón rey de Israel…Y llevó en cautiverio a toda Jerusalén, a todos los príncipes, y a todos los hombres valientes, hasta diez mil cautivos, y a todos los artesanos y herreros; no quedó nadie, excepto los pobres del pueblo de la tierra. Asimismo llevó cautivos a Babilonia a Joaquín, a la madre del rey, a las mujeres del rey, a sus oficiales y a los poderosos de la tierra;….. A todos los hombres de guerra, que fueron siete mil, y a los artesanos y herreros, que fueron mil, y a todos los valientes para hacer la guerra, llevó cautivos el rey de Babilonia.

La destrucción del reino hebreo se produjo en tiempos de una enorme inestablilidad geopolítica de la región: Judea se encontraba amenazada por tres grandes potencias: el Imperio asirio, Egipto y el ascendiente Imperio babilónico. El territorio cambiaba de dominio constantemente, todos los reinos poderosos se lo disputaban por su importancia estratégica, hasta que finalmente el rey Nabucodonosor al vencer a Egipto y Judea consolidó su presencia imperial en el Medio Oriente.

La rebelión de Judea se precipita en el año 595 a.c., al llegar a oídos de Joaquín la noticia del estallido de una insurrección en Babilonia que despertó las esperanzas de liberación de los hebreos. En el transcurso de los años siguientes se diseñaron en Jerusalén planes de una rebelión junto a pueblos vecinos que se encontraban bajo la égida babilónica. Distintos líderes y profetas que incitaban al pueblo a sublevarse, llevaron a Judea a un estado anárquico y de un extremismo armado. La reacción babilónica fue mayúscula, en enero del 588 a.c. llegó su ejército a bloquear Jerusalén; su fortaleza era tan enorme, que mientras asediaba la ciudad tuvo tiempo de rechazar una embestida egipcia que venía en ayuda del reino de Judea.

Para el ataque Nabucodonosor utilizó la mejor técnica militar que disponía para las batallas de asedio que permitían perforar las murallas de la ciudad con el uso arietes. En julio del 586 a.c. las provisiones de la ciudad se habían agotado, los hebreos debilitados por una hambruna extrema no pudieron evitar que los babilonios abrieran una brecha en los muros y entraran a la ciudad poniendo fin a la rebelión.
El rey hebreo Sedecías, que había sido puesto por los babilonios y luego se rebeló contra ellos, huyó junto a sus soldados tratando de encontrar asilo. No tuvo suerte, fue alcanzado, encarcelado, cegado, sus hijos ejecutados, y él fue llevado encadenado a Babilonia donde murió.

Un mes después de la caída de Jerusalén el jefe de la guardia de Nabucodonosor, Nebuzzaradán, cumpliendo órdenes del rey, saqueó e incendió la ciudad santa y destruyó el Sagrado Templo. Los utensilios de los rituales del templo y los tesoros de la casa del rey fueron tomados.

Oficiales, sacerdotes, familias ilustres y civiles que participaron en la rebelión fueron ejecutados, el resto de la elite de la ciudad, estimada en 10.000 almas, fue deportada a Babilonia. El exilio tenía por objetivo evitar que en un futuro estallen conatos de rebelión y con el tiempo provoque la disolución de la nación hebrea. El estrato pobre del pueblo no fue afectado por los traslados forzosos, y sobre todo aquellos que habían sido leales al imperio permanecieron en el país. La población que sobrevivió en la ciudad, fue definida por Nabuzzaradán como ‘los pobres que no tienen patria’.

La hecatombe se produjo en un período de intensos conflictos internos, de confusión y desacuerdos sobre el camino a seguir, la sociedad hebrea estaba dividida entre los que luchaban contra Babilonia hasta el final, y los adeptos de la reconciliación para evitar el desastre total. Uno de los puntos que más llama la atención sobre esta desigual contienda es el tiempo que le tomó a Nabucodonosor conquistar Jerusalén, resulta asombrosa la resistencia hebrea de más de un año y medio a pesar de desarrollarse en un contexto social turbulento y confrontativo. Los hebreos resistieron el asedio con heroica obstinación, pero su suerte estaba echada.

La devastación babilónica fue enorme, la evidencia arqueológica muestra rastros de destrucción completa en otras ciudades del Reino de Judea, como Lajish, Beit Shemesh, Beit Tzur, Gezer, entre varias. Pero la historia no sería completa si no hacemos mención que con el paso del tiempo las profecías del retorno de Ezequiel se cumplieron: después de cincuenta años, en el año 538 a. c., los desterrados iniciaron el regreso a su tierra, a su antigua capital. Bajo el auspicio del rey persa Ciro II, el Grande, los esperaba la reconstrucción de sus hogares en la tierra de sus antepasados, daba comienzo el primer Retorno a Sión.

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