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EE.UU., batallas ganadas, guerra perdida, ¿Quo Vadis Afganistán?

Afganistán, un país enclavado en el corazón de Asia, con fronteras al oeste con la República Islámica de Irán, al sur y al este con Pakistán y en el norte con las ex repúblicas soviéticas de Turkmenistán, Uzbekistán, Tayikistán y con la República Popular China a través del corredor de Wakhan, un país curtido por guerras que alcanzó su independencia en el Siglo XVIII y regido por una monarquía hasta 1973 cuando se convirtió en República, hasta que en 1978 se produjo un golpe de Estado que llevó al poder a Nur Muhammad Taraki, un líder de perfil comunista que sella la ingerencia de la ex URSS con la firma del tratado de Ayuda Mutua entre Moscú y Kabul, lo que dará origen al levantamiento de los Mujaidines, con apoyo de los EE.UU. y la consecuente invasión soviética al año siguiente, un conflicto que finalizó con el retiro de los soviéticos en 1989, en el marco de batallas ganadas y una guerra perdida, y dejando a Afganistán sumido en una cruenta y sangrienta guerra civil.

 

Hasta 1993, la lucha por el poder no estuvo para nada marcada por el conflicto ideológico, las rivalidades eran de carácter político, étnico y tribal, para finalmente hacerse con el gobierno el partido islamista radical Hezbi Islami y nombrando como 1er ministro a su líder Gulbuddin Hekmatiar, lo que sobrevino fue la imposición de un régimen fundamentalista que condenó a mujeres y a niñas a un brutal patriarcado y a la ignorancia, a la prohibición de los cines, de la televisión, un Islam radical y antioccidental, apoyado tanto por el Reino de Arabia Saudita como por Pakistán, y que en 1996, consiguió el control de gran parte del país, y fue un verdadero nido de yihadistas, entre ellos el líder de la red Al Qaeda, Osama Ibn Laden.

 

Tras los ataques terroristas del 11 de septiembre del 2001 en Washington y en New York, el entonces presidente George W. Bush, consideró aquellos eventos como actos de guerra y declara la “Guerra contra el Terrorismo”, dando inicio a un conflicto que lleva 20 años y que le ha costado a los EE.UU. la vida de unos 2.400 soldados, como otros miles con discapacidades físicas o psicológicas, y cientos de efectivos de otros países de la OTAN que han muerto o han tenido las mismas consecuencias que sus camaradas estadounidenses y ni hablar la decena de miles de afganos muertos, entre militares, policías y civiles, este es el saldo no cerrado de esta guerra, sin olvidar las migraciones forzadas.

 

Desde diciembre de aquel 2001, con tropas de la coalición internacional liderada por los EE.UU. en Afganistán, se llevaron a cabo las acciones necesarias para, por un lado instalar una democracia, es así que fue elegido como presidente Hamid Karzai quién estuvo hasta septiembre del 2014, sucedido por el antropólogo y político Ashraf Ghani Ahmadzai, y durante ambos mandatos se ha intentado, con mayor o menor éxito, mejorar la situación económica y social, con algunas inversiones extranjeras en campos como el transporte, la educación, la salud y la agricultura, en este último sector, para llevar a cabo la sustitución parcial de la amapola, del que se obtiene el opio y que es base de la heroína, cuyo tráfico ilícito ha servido para la financiación del Talibán y otros grupos terroristas, por otro lado, ante la superioridad y éxitos en el campo de batalla de las tropas estadounidenses, sus aliados y las fuerzas gubernamentales afganas, el Talibán se retiró a regiones tribales y a reorganizarse en el vecino Pakistán, para iniciar una guerra de guerrilla y ataques terroristas en Kabul y otras ciudades, siendo sus objetivos no sólo las fuerzas extranjeras sino también los propios afganos que se avinieron a la reconstrucción del país y que participan en actividades que son repudiadas y condenadas por la visión radical del Islam que profesan los yihadistas.

 

En mayo del 2011, durante la presidencia de Barak Obama, se llevó a cabo la Operación Jerónimo, en la localidad pakistaní de Abbottabad, y como resultado de la misma, el líder de Al Qaeda y cerebro de los ataques del 9/11, el saudita Osama Ibn Laden fue eliminado, esto provocó una respuesta del Talibán y grupos yihadistas como la Red Haqqani, que se tradujo en los asesinatos de prominentes figuras afganas y el aumento de la actividad armada en la frontera afgano-pakistaní, para luego extender sus acciones terroristas a casi todo Afganistán.

 

Si bien desde el 2014, la coalición ISAF ha podido derrotar y achicar el margen de acción del Talibán y los grupos islamistas radicales, los atentados no han cesado, pero el control de las fuerzas interventoras junto a las gubernamentales, dio lugar a que se iniciaran conversaciones para la pacificación del país, las que tuvieron lugar en la ciudad de Doha, Qatar, arribando a comienzos del año 2020 a un acuerdo entre Washington, representado por su enviado especial Zalmay Jalilzad y el Talibán representado por su 2do. en el liderazgo del grupo islamista, el ulema Abdul Gani Baradar, esto gracias a más de un año de conversaciones iniciadas en la administración del entonces presidente Donald Trump, y que fijaba el retiro, tanto de las tropas estadounidenses como de la coalición internacional, para el 1 de mayo del corriente año, entre los términos del mencionado acuerdo se contemplaba el retiro escalonado de las tropas extranjeras y la renuncia a la violencia y a albergar a elementos terroristas por parte del Talibán, en particular se le exige renunciar a todo vínculo con la red Al Qaeda.

 

Otro aspecto que considera el acuerdo es, el compromiso de abrir complejas negociaciones con el gobierno de Kabul, que dicho sea de paso, no participó de las conversaciones, para de esta manera lograr una convivencia pacífica, que no sólo observe el cese a la violencia, sino construir un gobierno compartido e intercambiable, sin embargo, surgen interrogantes, por ejemplo, ¿cuál es el precio de negociar con un grupo islamista radical como el Talibán, responsable de miles de vidas extranjeras y afganas?, ¿ acaso el establecimiento de un régimen intercambiable, garantiza que no exijan que se restrinjan o en el peor de los casos de deroguen los avances conseguidos  para las mujeres en la vida pública o la educación de las niñas?, ¿ en un gobierno como el actual en Afganistán, con un grado superlativo de corrupción, con instituciones débiles, se podría impedir que el Talibán se convierta en la fuerza dominante?, ¿Cómo garantizar las inversiones extranjeras, en particular las estadounidenses, necesarias para la economía afgana si el Talibán se consolidan en el poder? y ¿ acaso Washington no será el único responsable de haber dado legitimación internacional al Talibán?

 

Ahora, además de estos interrogantes, debemos sumar las consecuencias que la determinación del actual presidente estadounidense Joe Biden ha tomado en posponer la fecha del retiro de las tropas de su país del 1 de mayo al 11 de septiembre, mientras que las fuerzas militares de los otros países de la OTAN iniciaron su retiro el pasado sábado, el que se complementará en pocos meses.

 

La decisión del cuarto presidente estadounidense que enfrenta el conflicto afgano ha recibido críticas dentro de algunos sectores del establishment político y de estamentos militares, pues consideran que se está abandonando al gobierno afgano, tal como en los años 70 del siglo pasado se hizo con Vietnam de Sur, y que abre las posibilidades que el Talibán y otros grupos yihadistas afines, no solo se fortalezcan sino que puedan retomar el control del país, mientras que por su parte, el actual presidente afgano Ashraf Ghani Ahmadzai le aseguró a Joe Biden, que las FF.AA. y FF.SS. de su país están en capacidad de brindar la seguridad y la defensa para reafirmar el actual régimen democrático, una afirmación que no coincide con un reciente informe de la CIA que asegura que el Talibán confía en poder hacerse de una victoria en el campo militar.

 

Según el presidente Biden, las razones del retraso del retiro de la totalidad de fuerzas estadounidenses de Afganistán, con excepción de la dotación destinada a la seguridad de la embajada de EE.UU. en Kabul, se retrasa por razones logísticas, lo que no significa que ante la posibilidad de una escalada de las acciones terroristas contra efectivos estadounidenses o de la OTAN, so pretexto de incumplir la fecha acordada del 1 de mayo, se actuará en consecuencia, una posibilidad que ha sido advertida por Moscú.

 

En este contexto, hizo su aparición la Turquía de Erdogan, que declaró que su país sería el anfitrión entre el 24 de abril y el 4 de mayo de una reunión entre el gobierno afgano, el Talibán y otros actores internacionales, con el aval de Washington, para poner punto final al conflicto y delinear una paz duradera, una iniciativa que no pudo prosperar por la postura adoptada por el Talibán que a través de su vocero, Mohammad Ñaeem, manifestó que no participarán de ninguna reunión hasta tanto no se hallan retirado la totalidad de las fuerzas extranjeras de suelo afgano.

 

En función a las declaraciones del portavoz talibán, el experto en política y seguridad de Afganistán, profesor Mohammad Shafiq Hamdam, afirmó que si el Talibán rechazan los esfuerzos de paz, el país podría sumirse en una nueva guerra civil abierta.

 

En cierta forma, coincido con este experto pues considero que el Talibán se ha reforzado más que antes, sumado a que el Daesh o E.I. junto a otros grupos yihadistas se han asegurado bases en Afganistán, y que la retirada de las tropas tanto estadounidenses como de los otros miembros de la coalición occidental, hacen posible y probable una situación de conflicto y de amenaza no sólo en el país afgano sino para la región y hasta para el resto de la comunidad internacional.

 

Y si del plano internacional hablamos, es probable que con la retirada de los EE.UU., otros actores como ser India, China, Rusia y Pakistán, tengan la posibilidad cierta de actuar para resguardar sus intereses en Afganistán como en el campo geopolítico de la región, y en particular los pakistaníes que han sido el más significativo y decisivo actor para que el Talibán haya participado del acuerdo de Doha, y quieren que en el futuro, en un gobierno afgano, aquellos consoliden una posición fuerte y poco importa si se logra una paz duradera o no.

 

Mientras tanto, el viernes ppdo., cuando se ratificaba el retiro de los EE.UU. de Afganistán, y coincidentemente un día antes del décimo aniversario de la muerte del líder de Al Qaeda, Osama Ibn Laden, se produjo un atentado terrorista en la provincia de Logar, al este del país, donde el objetivo fue un edificio destinado a estudiantes de la Universidad Provincial, como así también para funcionarios civiles y miembros de milicias progubernamentales, y causó daños a edificios linderos y al hospital de Pul e Alam, capital de la citada provincia, las consecuencias han sido hasta el momento 27 víctimas fatales y más de 90 heridos de distinta consideración, y en realidad es por ahora el atentado más importante, pues desde el anuncio de la retirada de las tropas estadounidenses y de la OTAN, la violencia ha iniciado una espiral ascendente, recordemos que ya a mediados de enero pasado, en Herat se produjo un atentado que mató a 12 miembros de las FF.SS. afganas, reivindicado por el Talibán, o el sucedido en la misma capital, Kabul, con un coche bomba que produjo 8 muertos y más de 50 heridos, todos civiles.

 

Finalizando mi columna de hoy, algunas reflexiones, en principio y en las actuales circunstancias, es más la incertidumbre que las certezas lo que provoca la retirada de las fuerzas de EE.UU. y sus aliados del escenario afgano, tanto en el plano interno como en el regional y porque no, en el global, pues para el Islamismo Radical, cualquiera sean sus expresiones, la Yihad tiene alcance mundial, otra es que se debe analizar las consecuencias en el marco de un conflicto global híbrido, y como éste se caracteriza de manera diferente a los conflictos clásicos, algo que al parecer, tanto la otrora URSS en la década de los 80 y en cierta forma el propio EE.UU., una década antes en Vietnam, no supieron ver, y donde hoy, tras 20 años de guerra, la más prolongada en la historia estadounidense, vuelve a repetirse la trágica moraleja de “Batallas ganadas, Guerra Perdida”, y vaya como colofón una frase de Napoleón Bonaparte, “…sólo con la prudencia, la sabiduría y la destreza se logran grandes fines y se superan los obstáculos, sin estas cualidades nada tiene éxito…”.

 

 

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