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La nueva historia de Marcelo Birmajer: El Golem rojo

Por: Marcelo Birmajer.

Cuando lo conocí, en 1989, ya era un hombre muy mayor; sin embargo, mantenía una postura recia, un porte desafiante, los brazos aún gruesos y las manos callosas, con los dedos como alambres, de linotipista. Parecía un dibujo envejecido de Ricardo Carpani. El propio Kerpo Menzer era dibujante. Yo había llegado hasta su casa en el barrio de Once en busca del boceto de una historieta, y de la propia historia de Kerpo. Por una de esas parábolas del tiempo, mi caminata había comenzado en plaza Lavalle; igual que la familia Menzer había migrado desde esa misma plaza -décadas previas a que se levantara allí el edificio de Tribunales-, hasta la calle Lavalle del Once, a partir de 1871, como una consecuencia -que nunca termino de entender- de la Fiebre Amarilla. Kerpo fue concebido en Lavalle y Rodríguez Peña, pero adquirió el uso de la razón ya en Lavalle y Uriburu.

Oí por primera vez mentar la historieta El Golem rojo a un diagramador de una revista de crucigramas, en la cual ocasionalmente yo publicaba chistes relacionados con juegos de azar; el dibujante que ilustraba mis gags, increíblemente, falleció jugando a la ruleta rusa. Aparentemente el desenlace tuvo más relación con un desengaño amoroso que con el verdadero gusto por ese juego de armas. Pero por la suma de variables, mi desembarco en la casa de Kerpo estaba notablemente cargado de pesares y tensiones.

Vivía con la nieta. Me abrió la puerta una mujer extraordinariamente bella, de quizás 35 años; luego supe que se llamaba Svetana (como la hija de Stalin). Sólo hace un par de meses descubrí, era la viuda del dibujante que graficaba mis chistes de azar: quizás haya sido este último dato el que me decidió por fin a narrar esta historia, inédita hasta ahora, como la historieta de Kerpo, que permanece inédita. Kerpo la dibujó para la revista infantil fundada por el Partido Comunista argentino en 1923: Compañerito. ¿Por qué no “camaradita”?, le pregunté. Y agregué: siempre creí que la palabra compañero había sido un recurso peronista para diferenciarse de los comunistas. “Hasta eso nos quitaron”, replicó Kerpo.

El mensuario Compañerito había surgido con la explícita esperanza de combatir contra Billiken (fundada por Constancio Vigil en 1919), Purrete, y otras publicaciones que, según los comunistas, contaminaban la imaginación de los niños. El número 5 de Compañerito, que pude hojear en casa de Kerpo, desplegaba a toda página una mujer de la mano de dos niños, con el siguiente zócalo: “Niños proletarios contemplando ansiosos la salida del nuevo sol: la sociedad comunista”. Me llamó la atención que los niños estuvieran ansiosos. Kerpo también había estado ansioso por publicar su historieta: un personaje inspirado en la criatura sobrehumana del rabino Leib de Praga, pero hecho de las hojas de El Capital, de Marx, y en cuya frente, en lugar de la palabra “Razón” o “Verdad”, se le grababa la Hoz y el Martillo, para insuflarle vida. Sus acciones estaban orientadas exclusivamente a expropiar fábricas, apalear a esbirros de la Liga Patriótica y contribuir a la Revolución. Pero no se lo quisieron publicar, aún se quejaba Kerpo, pues las autoridades partidarias lo consideraban herético, no respecto del rabí de Praga, sino de Marx y Lenin. El Golem rojo era para los editores una superstición burguesa más que una creación proletaria. Pero Kerpo no cejó. Yo leí por lo menos diez capítulos: todos insoportablemente aburridos, aunque con un enorme interés histórico, supongo que exclusivamente para mí. La revista funcionó entre 1923 y 1930, cuando se cerró por el golpe de Uriburu. En el primer lustro de Compañerito, según Kerpo, la redacción recibió carta de un niño, pidiéndole un trineo rojo y ruso a Papá Noel. La carta, como la historieta del Golem, nunca se publicó: Papá Noel era parte de los recursos de los Capitalistas para entorpecer las mentes infantiles.

En 1932 la revista renació como Periódico de los niños explotados. Para entonces, Lenin había muerto y Stalin llevaba 8 años en el poder. En ese interín, el padre del niño que había enviado la carta a Papá Noel había viajado a la Unión Soviética, a participar de la gran revolución proletaria: fue asesinado por la Cheka de Stalin, literalmente por Laurenti Beria, como la mayor parte del Comité Central del PCUS y la intelligentsia comunista rusa.

En su enésimo intento de publicar El Golem rojo, Kerpo consigue una respuesta positiva, en esta segunda y última versión de Compañerito, ahora editada por la Federación Infantil de Pioners (un sobrenombre comunista), en Buenos Aires. Pero cuando se está por retirar de la redacción, llega a uno de los editores la noticia de la muerte del padre del niño que envió la carta. La estupefacción es de tal magnitud, que nadie tiene claro si no fue en parte el rumor de esa carta de tendencia reaccionaria y conservadora, la que motivó, tal vez, la muerte del padre del niño, en Moscú, de un tiro en la nuca, en una mazmorra. En ese ambiente, Kerpo, en señal de protesta, contra la revista, no contra el Partido ni contra Stalin, se retira con sus 20 capítulos y cien páginas en sus propias manos. Nunca la publica.

Y acá es donde el azar, que de algún modo desencadenó el origen de esta historia por la mención del diagramador de la revista de crucigramas, dispara su último tiro, como el que descerrajó la pistola en la sien del dibujante de mis chistes: un día antes del comienzo de la cuarentena -un eco de la Fiebre Amarilla-, en la avenida Corrientes, me detengo en una casa de posters porque descubro una serigrafía del capítulo 12 de El Golem rojo, enmarcada, a la venta. La señora entrada en años que me atiende es Svetana. Con una aridez sorda, a duras penas me concede extractos de respuesta. El viajero a Rusia de cuya muerte se enteraron en 1932 en la redacción, era el padre de Kerpo. No existió la carta a Papá Noel: la única historieta sospechosa era El Golem rojo. Pero Kerpo nunca se desafilió del Partido. Era un niño prodigio cuando ofreció por primera vez el Golem en la redacción, en 1923. La leyenda de la carta a Papá Noel, según Svetana, era apenas una coartada de Kerpo para no asumir que lo único que pudo haber puesto en riesgo a su padre era la historieta de su autoría rechazada hasta 1932. En rigor, Stalin simplemente los asesinaba, sin necesidad de argumentos. Kerpo intentó apartar mi atención del hecho de que, aunque Stalin asesinó a su padre, él continuó siendo un fiel militante comunista.

– Su abuelo… -quise continuar indagando. Pero Svetana me Interrumpió, áspera: – No era mi abuelo. Solo un pariente político: pareja de la madre de mi fallecido marido.

– Y su marido… – dije refiriéndome al hombre del que era viuda, el dibujante-. Su muerte… ¿fue por un desengaño?

– Ningún desengaño -me empujó fuera del local, Svetana-. Yo me negaba a satisfacer sus bajas pasiones.

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