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Radio JAI

La Radio Judía de Latinoamérica

" En cada generación uno debe verse asimismo como si estuviera saliendo de Egipto "   

La increíble lucha de los judíos de Etiopía

En Israel viven hoy unos 140.000 judíos de origen etíope, el 40% de esta comunidad nació en el país, pero su vida y su desarrollo no se realizan como ellos lo esperaban. Sin bien son ciudadanos plenos, desde hace años la comunidad etíope se queja de discriminación, racismo y de vivir en la pobreza.

Durante más de dos milenios los Beta Israel, así se llaman, lograron mantener en África las tradiciones y los preceptos judíos en condiciones sumamente difíciles de animosidad, persecución y aislamiento. Según su propia tradición, descienden de Menelik, el primer rey de Etiopía, hijo de la reina de Saba y el rey Salomón; aunque existen otras conjeturas sobre sus orígenes.

Su idioma es el amhárico, pero rezan y leen los libros sagrados en guez. En su país de origen cumplían las mitzvot (preceptos) prehalájicas: la circuncisión, el shabat, leyes matrimoniales, cashrut, y festejaban la mayoría de las fiestas judías mencionadas en la Biblia: Pésaj, Shavuot, Sukot y también lom Kipur, pero desconocían totalmente los tefilím, la mezuzá, el tzitzit, así como el Talmud y la Mishná, y no festejaban Januká ni Purim.

Esta situación produjo relaciones conflictivas entre la dirigencia etíope y la del judaísmo rabínico que rige los destinos de la religión judía en Israel, dando lugar a un debate sobre si los miembros de la comunidad etíope debían ser considerados judíos y, por lo tanto, ser beneficiarios de la Ley del Retorno. Con el tiempo, los dos grandes rabinatos, el sefardí y el ashkenazí, decretaron que debían ser aceptados como judíos, al ceder los etíopes a las presiones y adoptar en gran medida las tradiciones, costumbres y leyes religiosas rabínicas.

La epopeya del arribo de los judíos etíopes a Israel es tan fantástica como su historia. En las décadas de los 80´y 90´ Israel diseñó dos grandes programas de rescate para la inmigración etíope, las Operaciones “Moshé” y Shlomó” que trajeron a decenas de miles que vivían en condiciones infrahumanas. Este proceso de inmigración fue doloroso ya que muchos quedaron en el camino. Además, son innumerables los casos de quienes tuvieron que dejar atrás a familiares de primer grado que no respondían a los requisitos para ser aceptados como judíos en Israel. La población judía que aún queda en Etiopía hoy en día es estimada en alrededor de 8.000 individuos.

Esta épica histórica choca con una dura realidad. Hoy la situación de los etíopes israelíes es sumamente complicada, su integración es por demás difícil, existe un enorme choque cultural con la moderna sociedad israelí, internamente existe una ruptura generacional entre los inmigrantes mayores y los jóvenes nacidos en Israel, más de la mitad de la comunidad vive en la pobreza, menos de la mitad llega a terminar el nivel secundario y se los relega a los trabajos peor pagos. Las familias viven agrupadas en los barrios más desfavorecidos y mantienen escasa relación con otras comunidades israelíes, y últimamente se hicieron denuncias sobre algunos propietarios de inmuebles que rehúsan alquilarles sus propiedades. Sus protestas suelen terminar con enfrentamientos con la policía y con manifestantes heridos. Con el paso del tiempo, su discriminación va siendo estructural y ya no alcanza con exigir un cambio de conducta de la sociedad israelí, sino que se requieren cambios en las políticas gubernamentales.

Hace menos de un año, en abril de 2018, la Ministra de Justicia israelí, Ayelet Shaked, en una visita que realizó a la sinagoga de Addis Abeba prometió ayudar a los judíos de Etiopía a emigrar a Israel lo más pronto posible. Los judíos etíopes le leyeron una carta en la que se quejaban de que están separados de sus familias en Israel ya largos años. Además, muchos de ellos son considerados “Falash Mura”, descendientes de judíos que fueron obligados a convertirse al cristianismo e Israel no los considera judíos o elegibles para inmigrar según la Ley del Retorno. Todo hace pensar que el destino del resto de la comunidad es incierto.

Por Yehuda Krell

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