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Un observatorio en memoria de Nimrod

El día era soleado y los paisajes cortaban el aliento. De pronto, nuestros oídos escucharon el suave ulular de campanas de viento de bambú y alguien nos indicó que si subíamos un poco más por la ciudad antigua, nos encontraríamos con un punto panorámico de exquisitas vistas. Al llegar, nos sentimos abrazados por una atmósfera muy especial y descubrimos un observatorio parquizado con flores preciosas y un señor quitando hojas secas y cuidando cada detalle. Es el espacio dedicado a Nimrod Seguev, un soldado que allí creció, casi en la frontera con el Líbano… y allí murió, a los 28 años, cuando fue convocado como reservista para defender en un tanque a su pueblo, a la casa de sus padres y a la tierra de Israel que tanto amaba. El tanque fue atacado, explotó y terminó con la vida de él y sus tres compañeros: Gilad Shtukelman, Nir Cohen y Noam Goldman en el año 2006, el día 15 del mes de Av, día hebreo del amor.

Los paisajes que se ven desde el observatorio de Rosh Pina, fueron los terrenos de la infancia de Nimrod, de su adolescencia y su joven adultez truncada: el Monte Hermon en el Norte, las alturas del Golan y el Valle de Hula al este, los montes Gilad en el sur y las laderas del Monte Canaan (donde está construido el observatorio) en el oeste.

Nimrod nació en la ciudad de Rosh Pina, como cuarta generación en el lugar y estaba conectado con cada fibra de esos montes, esa naturaleza y esa historia. A los 25 años se casó con Iris y juntos criaban a Vicky y a Omer.

En el observatorio reina una paz y un silencio inusuales. Una grabadora emplazada en el lugar, cuenta la historia del sitio en hebreo y en inglés y se refiere al terrible momento del deceso de los jóvenes tanquistas. Al ingresar en el predio, llama poderosamente la atención la escultura de las alas de una mariposa que no tiene cuerpo. El señor pensativo que quitaba hojas secas y recorría el observatorio atento a cada detalle, nos ve filmando y se acerca.
-Perdón… tal vez no se puede filmar aquí- empiezo a disculparme.
-Todo lo contrario- me dice y me extiende la mano. Soy Hezi Segev, el padre de Nimrod y si quieren les cuento la historia de la vida y la muerte de mi hijo. Estoy aquí para ello.

Nos explica que la escultura de las alas inmensas de la mariposa sin oruga, representan el alma de esos tanquistas, que voló al cielo cuando el tanque explotó, destrozando los cuerpos por completo.
-¿Ven esta higuera?- nos muestra. Aquí jugaba Nimrod de niño, aquí pasaba sus horas y yo… paso muchas horas junto a este árbol.

Antes de irnos, nos pide que difundamos la historia de ese muchacho lleno de amor y bondad hacia la naturaleza y la humanidad y extiende dos tarjetas de invitación para comer un primer plato en uno de los restaurantes más exquisitos del puerto de Tel Aviv, llamado justamente Nimrod. Entonces asocio, comprendo, “digiero” de antemano lo que nos cuenta a modo de despedida: “Toda nuestra vida sigue girando alrededor de él. Mi otro hijo abrió ese restaurante a su memoria. En el menú, podrán degustar las recetas que Nimrod Segev adoraba”

Subimos hasta el punto más alto de la antigua ciudad de Rosh Pina para mirar unos paisajes y nos fuimos de allí con el corazón revuelto por la historia de vida de uno de los 23.745 soldados que murieron en las guerras defendiendo a Israel o como víctimas de atentados.
Antes de descender, giré la cabeza para guardar registro de ese mágico lugar, de sus silencios y sus vistas. Entonces vi a Hezi Segev junto a la higuera. Allí quedó, allí está cada día, junto al recuerdo de Nimrod, desde aquél fatídico 9 de Agosto de 2006.
Por Andrea Bauab

Helueni