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Los judíos bajo el azote de los zares

El número de judíos en Rusia se había incrementado notablemente tras el tercer reparto de Polonia en 1795 y la victoria rusa sobre Napoleón en la guerra de 1812-1814. La mayor parte del territorio polaco entró a formar parte del Imperio ruso y de este modo cerca de 700.000 a 800.000 judíos se sumaron al reino de la dinastía de los Romanov, según el censo que registraba solo a hombres adultos que pagaban impuestos, así que la cifra real era mucho más alta. El Imperio ruso se convertía en el siglo XIX en el país con el mayor número de judíos del mundo.

En tiempos de Catalina II, fracasados los intentos de convertir a los judíos al cristianismo y de cambiar su modo de vida, se les prohibió abandonar sus comarcas, es decir, salir de las tierras donde residían antes de la anexión rusa. Se creó una “Zona de Residencia”, que incluía los nuevos territorios polacos, lituanos, y moldavos, más el territorio de Ucrania; la “zona” se extendía así a lo largo de casi toda frontera occidental y meridional del imperio y tenía una población judía superior a cinco millones de personas, lo que representaba la mayor concentración de judíos (40 %) en el mundo en ese momento. Este vasto territorio no representaba un gueto vigilado y los judíos convivían con otros pueblos. Sin embargo, no tenían derecho a asentarse en otros lugares salvo con la condición de siempre: abandonar su fe y abrazar el cristianismo.
La situación de los judíos cambió bruscamente al ascender al trono el zar Alejandro II. Los jóvenes comenzaron a ingresar libremente en centros de enseñanza secundaria y universidades. Aunque de forma muy selectiva, el Estado abrió las puertas de la Zona de Residencia. Los grupos con derecho a abandonar la Zona eran: personas con enseñanza superior, médicos, tecnólogos, dentistas, enfermeros, artesanos y obreros calificados, soldados retirados y los jóvenes estudiantes.

A partir de 1863 llegó la Emancipación de los judíos al Imperio Ruso. Diez años más tarde ya había una juventud judía letrada y preparada que salía de las universidades, pero estos eran una minoría; la mayoría se quedaron en las aldeas o “shtetls”. Desde luego este proceso educativo abarcaba mayormente a jóvenes de familias judías que vivían en las ciudades y que hablaban ruso en sus casas, porque ya sus padres pudieron estudiar el idioma.
Para residir en algunas de las ciudades como San Petersburgo, la capital, los judíos necesitaban un permiso de residencia. Había otras ciudades con importante población judía, como: Moscú, Odessa, Kiev y Minsk. Hasta en Vladivostok, en el extremo oriente, vivían familias judías que se dedicaban al comercio de importación y exportación. La mayor parte de las leyes respecto la población judía aprobadas durante el reinado de Alejandro II ampliaron los derechos de esta comunidad; sin embargo, el imperio no pudo o no quiso llevar a cabo su completa emancipación, tanto por razones políticas o religiosas, como por la preocupación de la sociedad por la cantidad de judíos que se mostraban activos y ágiles en los negocios.

Con el asesinato del zar Alejandro II en 1881, resurgieron las restricciones legales y una serie de pogromos azotaron a varias comunidades sureñas de Rusia y duraron hasta 1883; la policía local no hizo nada para impedir asesinatos y violaciones. El nuevo zar, Alejandro III, abolió la autonomía de los centros de educación superior y las elecciones de los rectores y decanos, y estableció un control policial sobre los estudiantes. En este ambiente, en 1887 entró en vigor la ley que establecía una cuota de judíos en las universidades. Asimismo fue dictada la expulsión de pequeños comerciantes y artesanos judíos de Moscú en 1891. Dicha situación conllevó una ola de emigración de judíos, mayoritariamente a Estados Unidos, por una parte, y la incorporación de parte de la juventud radical hebrea en distintos movimientos revolucionarios y sionistas.

El antisemitismo oficial ruso fue una herramienta que utilizaron los zares para desviar la atención del pueblo de la triste realidad política, económica y social en la que se hallaba sumido el imperio, agravada aún más luego de la humillante derrota de los rusos frente a los japoneses en la guerra de 1904-1905. Ya a partir de 1903 comenzaron a sucederse una ola interminable de pogromos como consecuencia de una intensísima propaganda antisemita que era incitada y organizada por el gobierno zarista. En ese año fueron asesinados cuarenta y cinco judíos y se registraron más de seiscientos heridos; el pogromo más violento fue el de Kishinev, Moldavia. En 1904, como consecuencia de la guerra ruso japonesa, se acusó a los judíos de ser los culpables de la humillante derrota y por simpatizar con el enemigo japonés. En la revuelta “liberal” de 1905, donde el zar se vio obligado a introducir cambios en la legislación rusa respecto de los derechos civiles y políticos del pueblo ruso, las fuerzas reaccionarias, la iglesia y la aristocracia que no querían renunciar a sus privilegios, acusaron a los judíos de ser los instigadores de la revuelta y organizaron a las “Centurias Negras” para atacar las aldeas judías de la “Zona”; cerca de cincuenta aldeas fueron incendiadas y centenares de sus moradores asesinados.

El periódico “Znamya” de San Petersburgo publicó en agosto-setiembre de 1903 un panfleto antisemita del que no se revelaba autoría pero del que se afirmaba que se trataba de un documento cuyo original había sido redactado en Francia. El libelo denunciaba una conspiración judía mundial para apoderarse de Rusia y se mencionaba que el traductor lo había titulado: “Actas de la Reunión de la Unión Mundial de Masones y Sabios de Sión”, que rápidamente pasó a llamarse: “Programa para la Conquista del Mundo por los Judíos”
Se publicaron más de veinticuatro capítulos o actas donde se abordaron tres temas principales: una crítica al liberalismo; los métodos por los que los judíos han logrado dominar al mundo y una profecía sobre el futuro del mundo una vez lograda la conquista por parte de los judíos. Con el correr del tiempo este folleto se transformó en un clásico de la literatura antisemita moderna, con una profusa y extensa difusión mundial y fue traducido a decenas de idiomas. Cuando se encontró el texto original del panfleto, escrito en francés por Maurice Joly en 1864, se pudo constatar que el mismo se refería a un diálogo imaginario entre Montesquieu y Maquiavelo contra Napoleón III y que no había en su contenido ninguna referencia a los judíos, tal como aparece en las falsificaciones posteriores.

Pero este texto apócrifo permitió reinstalar el mito de una conspiración judía mundial en los tiempos modernos, era una adaptación contemporánea de la tradición demoníaca medieval. Un mito, con el que se intentaba convencer al lector que existía un gobierno secreto judío, que a través de una red de organizaciones controlaba a los partidos políticos, a la prensa, a los gobiernos, a la economía, a la banca y las finanzas, y a la opinión pública en general.
El último gran escándalo antisemita del régimen zarista, previo a su caída, fue el famoso “Proceso Beilis”, en el año1911, donde un empleado judío, Mendl Beilis, fue acusado de llevar a cabo el asesinato ritual de un niño de 12 años. Esta acusación pretendió llevar a los judíos rusos al banquillo de los acusados por ser eternos asesinos rituales. El juicio alentó a la opinión pública a ocuparse del “mártir inmolado por los judíos”, como así también, la prensa reaccionaria encontró en el tema un pretexto para promover la agitación anti judía.

El caso Beilis trajo consigo una profunda escisión en la sociedad rusa; los círculos antisemitas alentados por el gobierno instigaban al pueblo contra los judíos, y frente a ellos se levantó una ola de indignación de los círculos progresistas, de intelectuales y políticos rusos y extranjeros, que elevaron su repulsa ante la justicia rusa. Corresponsales extranjeros y rusos recogieron la evolución de los acontecimientos en numerosos artículos. Luego de demostrar la endeblez de la acusación, el jurado halló a Beilis inocente de los cargos que le habían formulado y fue absuelto en junio de 1913.
El antisemitismo oficial, los pogromos, la extrema pobreza, y la persecución política e ideológica, provocaron que entre 1881 y 1914 más de dos millones y medio de judíos emigraran de Rusia. La enorme mayoría se dirigió a Estados Unidos. Algunos grupos se marcharon a Israel, Canadá, Argentina y otros países. Rusia estaba por ingresar a la Primera Guerra Mundial y debía afrontar las Revoluciones de febrero y de octubre de 1917.

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