El costo de la aliá: el choque psicosocial y la fractura de la pareja en Israel
Diego Sciretta, Israel
Escribir sobre la Alía y sus efectos en la estructura familiar y conyugal exige un ejercicio de honestidad profunda. Quien firma estas líneas vive y experimenta el pulso de esta realidad cotidianamente, y sostengo una posición muy clara y tomada respecto al altísimo costo humano, emocional y social que este proceso demanda; una conclusión que, por razones de rigor analítico, reservaré para el cierre de esta entrega.
Por ello, el lector no encontrará aquí una catarsis testimonial ni el eco de mi experiencia personal. El objetivo de esta tercera nota es tomar distancia de la vivencia individual para observar el fenómeno a través del prisma de la investigación académica, los estudios clínicos y la literatura psicológica que se ha desarrollado en Israel. Solo mediante esa objetividad metodológica es posible calibrar la verdadera magnitud del sismo silencioso que sufren las parejas latinoamericanas al desembarcar en esta tierra.
El Desclasamiento: El Analfabetismo Temporal y la Caída Vertical al Proletariado
Para la corriente migratoria proveniente de América Latina, la realidad del terreno impone un peaje sumamente hostil que se ensaña con la intimidad del hogar. Tras haber analizado cómo este fenómeno trastoca la vida de los hijos mediante la inversión de roles, y cómo sumerge a los padres en una orfandad ante la maquinaria estatal y militar, es imperativo abordar la fractura de la pareja a través del fenómeno del desclasamiento.
La gran mayoría de los inmigrantes judíos latinoamericanos provienen de realidades consolidadas de clase media o clase media-alta. Son profesionales, universitarios, comerciantes o hijos de profesionales con un capital cultural, estatus y reconocimiento social específico en sus países de origen. El aterrizaje en Israel demuele de inmediato ese andamiaje.
El primer y más violento muro con el que choca la pareja es el idioma. Sin un dominio fluido del hebreo, el capital profesional acumulado durante décadas en Bogotá, Buenos Aires, San Pablo o la Ciudad de México queda instantáneamente anulado. De la noche a la mañana, personas altamente calificadas se ven reducidas a un analfabetismo funcional y temporal.
La necesidad económica empuja a la pareja a insertarse de golpe en los eslabones más bajos de la pirámide laboral: trabajos de limpieza, seguridad, reposición de mercancías o servicios precarizados. Este tránsito forzado hacia el proletariado altera el autoconcepto de cada individuo. El luto por la pérdida del “yo profesional” se traslada al espacio doméstico, donde dos personas exhaustas por el esfuerzo físico y la frustración intelectual deben encontrar la energía para sostenerse mutuamente, transformando el hogar en un refugio sitiado por el desánimo.
La Asimetría en el Ritmo de Integración y la Erosión Conyugal
En los sectores urbanos de clase media, el vínculo de pareja suele nutrirse en gran medida de la admiración mutua, el desarrollo intelectual compartido y los proyectos de confort. El desclasamiento quiebra esa simetría de manera abrupta, principalmente porque la adaptación casi nunca es equitativa.
Uno de los miembros de la pareja suele dominar el idioma más rápido, poseer mayor flexibilidad psicológica o encontrar un empleo menos precarizado, generando una asimetría de poder inédita dentro de la relación. El miembro rezagado se hunde en la dependencia, el aislamiento y la pérdida de autonomía, mientras que el otro carga con el peso extenuante de ser el único motor de la integración.
Ver al compañero o compañera de vida —a quien se admiraba en su rol de profesional solvente y seguro— sumiso, lidiando con la humillación cotidiana de la barrera idiomática o desempeñando tareas físicamente desgastantes, provoca un sismo emocional. De manera inconsciente, los pilares de la atracción y la admiración mutua corren el riesgo de ser sustituidos por la lástima, la condescendencia o, en el peor de los casos, por un reproche silencioso y resentido por haber embarcado a la familia en semejante destino.
La Dimensión Clínica: Regresión, Duelo y el Síndrome de Ulises
Más allá de la evidente precariedad económica inicial, los estudios clínicos y la literatura psicológica especializada en procesos migratorios en Israel revelan que la Alía activa una serie de patologías y mecanismos de defensa que dinamitan el aparato psíquico del vínculo conyugal.
En primer lugar, los especialistas documentan una regresión psicológica temporal provocada por el choque cultural e idiomático. Al verse privado de la capacidad de expresarse con la riqueza, el humor, la ironía o la asertividad de su lengua materna, el adulto se siente infantilizado e indefenso ante las instituciones y la sociedad local. En la intimidad, esta infantilización altera drásticamente la atracción y el respeto: el cónyuge que antes era un par maduro y resolutivo de pronto se muestra vulnerable, dubitativo o crónicamente dependiente. La dinámica conyugal se desliza peligrosamente hacia una relación de cuidador y paciente, rompiendo el pacto de horizontalidad de la pareja.
A esto se suma el llamado Síndrome de Ulises o duelo migratorio recurrente. A diferencia de otros duelos, las pérdidas de la Alía (los paisajes, los códigos, la familia extendida, el estatus) permanecen vivas en el recuerdo y en constante contraste con el presente. Cuando los miembros de la pareja atraviesan este duelo en etapas distintas o con intensidades incompatibles, se pierde la empatía mutua. El hogar se convierte en un espacio de “soledad de a dos”, donde cada uno procesa su propia sintomatología depresiva o ansiosa sin resto anímico para ofrecer una oreja sana al otro.
Finalmente, la psicología clínica advierte sobre la aparición de la fantasía del retorno como una cuña invisible en el matrimonio. Es frecuente que, ante la dureza del entorno, uno de los cónyuges decida “quemar las naves” y apostar por la integración a cualquier precio, mientras el otro se refugia mentalmente en la idealización del país de origen, negándose a echar raíces. Al fracturarse el proyecto de futuro común, la pareja pierde su mito fundacional: uno habita el presente israelí y el otro un pasado latinoamericano insustituible, ensanchando una brecha que la convivencia diaria rara vez logra salvar.
Shock del Entorno e Inseguridad: El Enemigo en la Intimidad
Al trauma psicosocial se le suma un factor ambiental omnipresente: vivir en Israel implica convivir con una realidad de hipervigilancia, alarmas y tensión geopolítica constante. Este shock del entorno no se queda fuera de la casa; penetra profundamente en la intimidad del hogar.
La incertidumbre y el estrés postraumático secundario actúan como un amplificador de cualquier pequeña fisura previa en la relación. Bajo el peso del miedo o de la alerta constante, la energía emocional que antes la pareja destinaba al cuidado, la comunicación y la nutrición del vínculo conyugal, ahora se consume en gran medida en mecanismos individuales de supervivencia and adaptación al entorno bélico o inestable. La pareja deja de ser un espacio de romance para convertirse en un búnker emocional donde ambos intentan procesar el miedo de formas a menudo encontradas.
La Pérdida de los Amortiguadores Sociales
En América Latina, la vida de la clase media cuenta con una serie de “amortiguadores” invisibles que alivian la fricción interna de la pareja: la ayuda doméstica contratada, la red de contención familiar (abuelos, tíos, amigos de toda la vida) que absorbe el cuidado de los niños, y el acceso a espacios de ocio y distensión.
Al ingresar al proletariado israelí, todos esos filtros desaparecen. La pareja queda completamente desnuda y sobreexpuesta en un vacío social. Ya no hay abuelos a quienes dejar los hijos para tener un espacio de intimidad, ni margen económico para salir a cenar o despejar la mente. Las dinámicas cotidianas se reducen a la supervivencia más estricta: hacer cuentas, estirar los ingresos y administrar el cansancio crónico. Proyectos de vida que estaban consolidados deben ser reformulados desde cero, obligando a los cónyuges a sostenerse mutuamente sin ninguna red externa que amortigüe las caídas.
El desclasamiento despoja a la pareja de su proyecto de crecimiento y disfrute, obligándola a convertirse en una cooperativa de subsistencia económica y seguridad física. El amor ya no se mide en proyectos compartidos, sino en la capacidad mutua de resistir la erosión del día a día.
Este choque multidimensional convierte a la Alía en una prueba de fuego definitiva para el matrimonio. Si los cimientos del vínculo no son lo suficientemente flexibles para soportar la pérdida de estatus, la tensión del entorno y la reconfiguración forzada de roles, el desclasamiento termina por fracturar lo que el desarraigo ya había comenzado a debilitar.
Conclusión: La Postura del Autor
Llegados a este punto, y habiendo desglosado el fenómeno bajo el rigor de los datos sociológicos y clínicos, es momento de hacer explícita la posición adelantada en el prólogo.
Mi conclusión, tras observar y analizar esta trilogía del desarraigo —el impacto en los hijos, la orfandad de los padres y la disolución de la pareja—, es que la Alía impone un costo humano desproporcionado e invisible. Israel, como maquinaria estatal y proyecto nacional, resulta sumamente exitoso en la absorción macroeconómica y militar de sus inmigrantes, pero es profundamente indiferente e ineficaz a la hora de proteger la salud mental y la integridad de la estructura familiar que recibe.
El precio de “pertenecer” se paga con la moneda más cara que posee el ser humano: la demolición de su identidad previa, la precarización de su fuerza de trabajo y, con alarmante frecuencia, la bancarrota afectiva del núcleo familiar. La Alía, para la clase media latinoamericana, no es una simple transición geográfica; es un proceso de deconstrucción forzada donde, demasiadas veces, el precio de la supervivencia colectiva es la muerte del proyecto conyugal.
*Por Diego Scireta*
10 de junio de 2026
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