Hace tiempo que la pelota está manchada
El 3 de diciembre del año pasado, en mi columna titulada, “Futbol, geopolítica y algo más”, además de haber hecho una brevísima reseña histórica de ese maravilloso deporte, reflexionaba sobre cómo se constituyó en un fenómeno social, y un espejo donde se reflejan los vaivenes de la política y cómo se esgrime el poder, pues bien, hoy voy abordar la cuestión del Mundial 2026, y su relación con la geopolítica y la geoeconomía, y los intereses que hay detrás de una pelota, que manchada hace tiempo, empezará a rodar, en el mismo escenario que hace cuarenta años, Argentina y Maradona, se consagraba por segunda vez campeona del mundo.
Ahora bien, en el escenario de las RR.II., el futbol se convirtió –en cierta manera-, en un espejo donde se refleja o se proyectan las tensiones, las crisis, las contradicciones y hasta los conflictos geopolíticos, y tal como lo señalara el politólogo y académico estadounidense Joseph Nye, se ha convertido en un “soft power”, es decir, se ha constituido en un mecanismo de manifestación de poder, sin la necesidad de la coerción, y de esta forma cooptar a las personas sin coaccionar.
Sin embargo, el soft power o poder blando, puede lograr los mismos efectos que el poder duro, y utilizado como instrumento de presión internacional, lo que me recuerda al escritor inglés George Orwell, cuando consideró ironicamente al futbol, como “la guerra sin disparos”, y quizás un ejemplo de esto es el enfrentamiento que trasciende lo deportivo, como lo fueron las Olimpíadas de Moscú en 1980, a las que no asistió los EE.UU., y la repuesta de la ex URSS y los países del Pacto de Varsovia, al no concurrir a los Juegos Olímpicos de Los Ángeles, cuatro años más tarde.
De la misma manera, estos boicots, pero aplicados a los Mundiales de Futbol, los encontramos ya en 1934, en Italia, al que no asistió el primer campeón, Uruguay, en respuesta a la ausencia de la “azurra” en 1930, o en el mundial de Francia de 1938, donde no participaron ni Argentina ni Uruguay, en reclamo a que no se respetó la alternancia de sedes y repetir que un país europeo fuera designado, ignorando a Sudamérica, y ya en el presente, la exclusión de Rusia, sancionada por la FIFA, a partir del estallido de la guerra en Ucrania.
Así podemos ver el poder que ejerce la FIFA, a través de su enorme influencia económica, que constituye un verdadero monopolio, organiza los mundiales y otros torneos, según sus propios intereses, vende derechos televisivos, negocia con gobiernos y multinacionales, con una total autonomía financiera, y sin duda se ha convertido en una de las instituciones con mayor alcance global, y en un actor relevante en la economía mundial, y en tal sentido, el futbol, relaciona intereses geoeconómicos y geopolíticos, pues podemos observar a través del mismo, los comportamientos de los mercados, pero también las políticas de los Estados, en la expansión de este deporte, que lo hace más global, quizás la actividad humana más universal, que trasciende regímenes, las crisis e incluso los conflictos, tal como hoy ocurre con el conflicto armado entre los EE.UU e Israel, contra el régimen teocrático de Irán, lo que nos muestra que el futbol ha traspasado lo meramente deportivo y es un fenómeno político y económico.
Es así, que el futbol actúa como una forma de recrear una construcción identitaria en el caso de las selecciones nacionales, o bien idearios sociales y/o ideológicos, si nos limitamos a clubes, y que posibilita la interrelación de individuos, incluso de diferentes estratos socioeconómicos, pero con una afinidad común a un equipo, por lo que puedo concluir que, el futbol es un articulador de identidades o pertenencia en el plano local, pero también en el internacional.
Podemos así, situar cronológicamente la construcción del futbol como una manifestación de la globalización, en 1974, cuando el presidente de la FIFA, el brasileño Joao Havelange, imprimió desde el inicio de su mandato, una agresiva política de expansión y difusión del futbol, acompañada de una “mercantilización global”, y esto posibilitó la reconfiguración de las relaciones entre factores identitarios y territoriales, que en muchos casos, ha potenciado –desmedidamente-, los imaginarios nacionalistas, que incluso, no se limita a las selecciones nacionales, sino también a ciertos clubes o equipos, que llegan a subliminar a los Estados, como una manera de legitimar identidades culturales, sociales, étnicas e incluso hasta religiosas.
La globalización del futbol, no sólo se manifiesta cada cuatro años con los Mundiales, sino también a través de los torneos nacionales y regionales, como son los ejemplos de la Copa Libertadores, la Premier League, las Ligas de España e Italia, o la Champions League, que son los espacios donde todo tipo de empresas se posicionan y se posesionan en el mercado internacional, para llegar a cientos de millones de consumidores, generando negocios multimillonarios, y en donde la FIFA, las Federaciones, las Confederaciones o Asociaciones nacionales, y hasta los propios gobiernos, son partes interesadas.
Ahora bien, este Mundial de Futbol 2026, es esa muestra señalada, de la interrelación entre la política y lo económico, que tiene sus escarceos allá por el 2016, cuando el presidente de la FIFA, Gianni Infantino, le sugirió a Donald Trump, la organización de esta competencia global, la que sería más lucrativa que tres Superbowl diarios, a lo largo de un mes, y no estaba equivocado el dirigente italo-suizo, pues el Superbowl del año pasado generó unos u$s125 millones espectadores, mientras que el Mundial de Qatar en el 2022, generó cerca de 1.600 millones, en una palabra, Infantino le dijo a Trump, lo el presidente estadounidense esperaba escuchar, cientos de miles de empleos y la generación de cerca de u$s5.000 millones en actividades económicas.
No podría seguir, sin recordar el FIFA-GATE, el mayor escándalo de soborno y corrupción en futbol, que involucró los mundiales de Rusia y Qatar, dos países donde la autocracia y la persecución y eliminación de opositores políticos, en el caso ruso y donde en el segundo, la construcción de mega estadios e infraestructura deportiva y turística, se sirvió del trabajo esclavo de miles de inmigrantes, y donde no precisamente se respetan los derechos de ciertas minorías, y son una clara muestra de las vinculaciones y negociados entre la entidad internacional del futbol y ciertos centros del poder político y económico.
Y esta Copa Mundial de Futbol, no sólo involucra a los tres Estados anfitriones, en donde este deporte se vive de diferentes maneras, y en momentos de tensión y conflictos geopolíticos, y en que los gobiernos de cualquier signo político, históricamente han aprovechado a esta competencia global, para lavar sus imágenes negativas a través del deporte, incluso, las cuestiones internas, por el caso Méjico con su gravísima problemática del narcotráfico, o los EE.UU. con las secuelas de las políticas migratorias, habida cuenta, que se hace más relevante, porque el futbol es mucho más popular en los colectivos latinos, pero sin olvidar, que el Mundial mueve miles de millones de dólares, pero también generan en los países anfitriones dilemas éticos, socio-económicos y políticos, es por esto, que esta Copa Mundial, con 48 países participantes, es un reflejo para entender y comprender, las contradicciones existentes hoy en el escenario global, más allá, que la FIFA quiera instalar un relato de unidad, pero lo que más le importa son los u$s6.000 millones en ingresos, mientras calcula que los gastos oscilarán entre los u$s660 y u$s730 millones, donde se incluyen los gastos operativos y las compensaciones, por el caso, las Federaciones, las Confederaciones o Asociaciones, de cada selección participante recibirán u$s1,5 millones y los clubes que ceden a sus jugadores a las selecciones nacionales, recibirán u$s355 millones, en su totalidad, en palabras del bar de la esquina, “la torta a repartir es muy grande y apetecible”.
Finalizando la columna de hoy, mis reflexiones son las siguientes: parafraseando a Diego Maradona, y que es el título de hoy, “hace tiempo que la pelota está manchada”, luego, en el futbol se ha degradado el sentido de competitividad deportiva, en función de intereses mercantilistas y geopolíticos, donde los intereses de estos sectores, se han hecho más relevantes que lo lúdico, y refleja las distintas pulsiones sociales, incentivadas y manipuladas por la política y los conglomerados empresariales, que se sirven para seducir a cientos de millones de personas, por eso es que la frase para terminar es de Arrigo Sacchi, el ex futbolista, ex técnico de la selección italiana y del AC Milán, y actual coordinador de las selecciones juveniles y el Sub-21 de Italia, que en relación a que este deporte, si bien no decide crisis, conflictos ni acuerdos, si es una de las actividades humanas que refleja más claramente las esperanzas y las contradicciones de las sociedades, la política y las relaciones internacionales, por eso dijo: “ El futbol es la cosa más importante entre las cosas menos importantes”.-
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