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¿Una historia sin fin?

Siempre he dicho, que el Hombre es un ser conflictivo y por lo tanto, mientras exista la Humanidad, habrá conflictos, por supuesto, que se corresponde con una visión muy propia de la Escuela Realista de las Relaciones Internacionales, pero el actual escenario global parece darme la razón, por el caso, con los recientes acontecimientos que se suceden entre las Repúblicas de Etiopía y Eritrea, y que es el tema de la columna de hoy, pero como es mi costumbre, comenzaré requiriendo la ayuda de la Historia.

Para la segunda mitad del Siglo XIX, de la misma forma que se inicia el proceso de decadencia del Imperio Otomano, las Potencias Coloniales europeas buscarán expandir el control y dominio en el África Subsahariana, incluida las regiones costeras orientales, entre éstas, la importante y estratégica vía marítima, que comunica el Mar Rojo con el Océano Índico, y por estas razones para 1884/5, se celebró en el Imperio Alemán, la Conferencia de Berlín, para resolver el llamado “Reparto de África” entre las grandes potencias, pues gran parte del territorio africano era considerado “Res Nullius”, es decir, “cosa de nadie”, y por lo tanto, con derechos de hacerse de aquellas tierras, que no fueran parte de un Estado reconocido por las metrópolis europeas. Para ese período, el Canal de Suez había sido inaugurado en noviembre de 1869, lo que agilizó el comercio entre Asia y Europa, y el tráfico marítimo por el Mar Rojo se fue acrecentando. En este escenario, se estableció en la Bahía de Assab, en la costa occidental del Estrecho de Bab al Mandeb, una empresa italiana que proveía carbón a los buques. Mientras, el Reino de Etiopía anexaba el Reino de Madri Babri, con población mayoritariamente de la etnia Tigray, y el que estaba ubicado a lo largo de la costa occidental del Mar Rojo, entre Sudán y Somalia, y si bien, los etíopes le quitaron ese territorio al Imperio Otomano, terminará por enfrentarse al Reino de Italia, el que tenía el reconocimiento de “juri” de las otras potencias europeas, y por lo tanto, con derechos a colonizar aquella región.

Es así, que en 1885 Italia envía tropas, y entonces, el actual territorio de Eritrea se convierte en la Eritrea Italiana en 1890, pese a que los eritreos resistieron tanto a los etíopes, como a los italianos y sus objetivos colonialistas. Ahora bien, durante el período colonial italiano, se llevaron a cabo varias obras de infraestructuras, como el teleférico que conectaba la capital Asmara con el puerto de Massawa y también complejos fabriles, con el consecuente desarrollo económico, y ya en el Siglo XX, entre fines de 1935 y mayo de 1936, se produce la 2da. guerra etíope-italiana, cuando la potencia europea invade Etiopía, logrando anexar a este reino africano, y así fundar el África Oriental Italiana, la que incluía también a la Somalia Oriental, sin embargo, como consecuencia de la 2da. Guerra Mundial, los británicos logran derrotar a las fuerzas fascistas de Mussolini y se hacen con Eritrea, mientras que Etiopía recobra su independencia como Estado soberano.

Para 1950 los británicos se retiran, y el soberano etíope Haile Selassie, intenta negociar con los aliados la incorporación de Eritrea, logrando el apoyo de Washington y de Londres, y en consecuencia, por la Resolución 390 de la ONU, Eritrea se convierte en un Estado Federado de Etiopía, con su propio parlamento a partir de 1952. Pero los eritreos no aceptaron renunciar a su propia soberanía e identidad nacional, lo que dio lugar en 1961 a la creación del Frente de Liberación de Eritrea, ante la disolución del parlamento eritreo y la anexión de facto de ese territorio por Etiopía, dando lugar a la guerra de independencia, conflicto armado que se dio en el contexto de la Guerra Fría, y por lo tanto, se dio el apoyo a uno y a otro bando, por una parte los EE.UU. al Estado etíope, y por la otra, China, Cuba y Libia, hicieron lo propio con el Frente Popular de Liberación de Eritrea, sucesor a partir de 1970 del ya citado FLE, y tras 30 años de guerra, en 1991 logró derrotar a las fuerzas etíopes en territorio eritreo, y apoyaron a los grupos rebeldes cesionistas, que luchaban contra el gobierno de Addis Abeba.

En 1993, en el marco de los Acuerdos de Paz, se llevó a cabo un referéndum que arrojó que el 99,83% de los eritreos optaron por la separación definitiva de Etiopía, con lo cual, este país pierde la salida al Mar Rojo, sin embargo, y hasta el presente, Eritrea no ha logrado un desarrollo económico sostenible, con un PBI per capita de apenas U$S405, con el 80% de su población ocupada en la ganadería y la agricultura, actividades acuciadas por los conflictos y las sequías, y que determinan una economía de subsistencia, agravado con un gobierno que es una verdadera autocracia unipartidista, que no ha tenido elecciones libres desde su independencia, bajo la presidencia de Isaías Afwerki, líder del partido Frente Popular.

En mayo de 1998, se produjo un nuevo conflicto armado con Etiopía, también conocido como la “Guerra Fronteriza”, una guerra sanguinaria que tuvo su inicio, cuando tropas eritreas tomaron la región de Badme, la que fue recuperada por Etiopia en febrero de 1999, tras lo cual fueron expulsados más de 77.000 eritreos, registrándose matanzas provocadas por ambos bandos, y al mismo tiempo los respectivos gobiernos, apoyaron a movimientos rebeldes internos, por el caso Eritrea lo hizo con el Frente de Liberación de Oromo, y Etiopía a las guerrillas Islamistas de Sudán.

Para mayo del 2000, y tras una gran ofensiva de las fuerzas etíopes, Eritrea se vio obligada a pedir un alto al fuego, dando lugar a las negociaciones, que en diciembre de ese mismo año, dieron lugar a un Acuerdo de Paz que incluía un arbitraje, mientras tanto, se fijó un “Zona de Seguridad Desmilitarizada” de 25 km., con presencia de fuerzas de la ONU. En cuanto al laudo arbitral, falló a favor de Eritrea en relación a la región de Badme, lo que fue aceptado por Etiopía, pero por su parte, el Tribunal Permanente de La Haya, determinó que Eritrea, en 1998, había sido el Estado agresor, violando las normas y principios del Derecho Internacional, sin embargo, las tensiones no cesaron, y en el 2005 fuerzas mecanizadas etíopes se movilizaron hacia la frontera común, y ambos Estados se acusaron mutuamente de enfrentamientos esporádicos.
Y esto marca, que en realidad nunca hubo ni una paz total ni se reinició una guerra, pues la guerra siempre estuvo ahí, y si bien la Comisión Arbitral en el 2006, intimó a ambos Estados a que se implementara el fallo antes mencionado, esto no prosperó, y para el 2008 las fuerzas de paz de la ONU se retiraron, y por supuesto siguieron los incidentes. En el 2012, so pretexto de atacar a un grupo terrorista, Etiopía llevó a cabo una operación militar dentro de Eritrea, luego en el 2016, la cosa empeoró, ambos países intercambiaron fuego de artillería, que tuvo su punto más alto en un evento fugaz conocido como la “Batalla de Tsnonoma”, que causó varios centenares de muertos, en particular del lado etíope, hasta que en julio del 2018, el 1er. ministro etíope Abiy Ahmed Ali, viajó a Asmara, Capital de Eritrea y se reunió con el dictador Isaías Afwerki, y firmaron una declaración conjunta, donde ambas partes renunciaban y ponían fin al estado de beligerancia, reanudándose las relaciones diplomáticas, las comerciales, el transporte y las telecomunicaciones, y la implementación de los términos de los Acuerdos de Argel del 2000, y por estos logros, el 1er. ministro etíope fue galardonado con el Premio Nobel de la Paz del 2019.

Sin embargo, es probable y posible, que pueda volver a estallar una guerra entre ambos Estados, pues se ha encendido la mecha de un nuevo conflicto, a partir del apoyo que el gobierno eritreo le proporciona a una facción del movimiento secesionista Frente de Liberación del Pueblo de Tigray, una milicia que ha sido protagonista importante en la guerra civil etíope entre el 2020 y el 2022, la que causó cientos de miles de muertos y desplazados, y ahora la citada facción, se hizo del control el martes de la semana pasada, de la ciudad norteña de Adigrat, cercana a la frontera con Eritrea, región de Tigray, lo que llevó a la administración interina de esa región, a solicitar la ayuda militar al gobierno central de Addis Abeba, a la vez que el Gral. etíope Tsadkan Gebretensae declaraba, “en cualquier momento puede estallar la guerra entre Etiopía y Eritrea…”, que tuvo como respuesta, por parte del ministro de Información eritreo, Yemane Gebremeskel, que esa declaración del militar etíope, se la podía calificar de “psicosis belicista”, pero lo cierto es, que ambos países han movilizado sus tropas a la frontera común.

Estos eventos, llevaron a los ex representantes para la región, de los EE.UU. y de la U.E., Payton Knof y Alexander Rondos, respectivamente, a coincidir en afirmar que la “situación política y de seguridad en la región de Tigray está deteriorada”, a lo que se suma, de manera negativa, las declaraciones que viene realizando desde hace más de un año y medio, el ya mencionado premio nobel Abiy Ahmed Ali, en las que exige una salida al Mar Rojo para Etiopía, lo que no deja de ser una vedada amenaza de acciones militares, y esto ha llevado a Eritrea, a firmar un Pacto de Seguridad Mutua con Egipto y Somalia, por lo cual, en caso de estallar el conflicto entre Etiopía y Eritrea, el mismo se convertirá en regional, con el consiguiente desastre humanitario, que afectará al Cuerno de África, una zona de ubicación estratégica en relación a la ruta marítima y comercial, que une al Mar Rojo con el océano Índico, y que además, involucra no sólo a otros Estados africanos, por el caso, Sudán y su petróleo y minería, con importantes inversiones de potencias extra africanas, como ser EE.UU., China y Rusia, sin olvidar, como señalé en mi columna del 12 de marzo ppdo., titulada La Sombra Turca, la presencia militar y naval de Turquía en Somalia, y por lo tanto, hay que remarcar, que la salida al mar que pretende Etiopia, es también funcional a los intereses de potencias globales, por la existencia en territorio etíope, de importantes yacimientos de minerales estratégicos, como el hierro, tantalio y oro, sin olvidar las reservas de gas natural, en un país, que al igual que Eritrea, su economía está basada en la agricultura, que representa casi el 50% de su PBI, y si bien ha desarrollado la producción de energía hidroeléctrica, igual posee un nivel de dependencia energética alto, léase petróleo, con un PBI per capita, muy superior al eritreo, pues es de U$S 3.700, pero que hasta el presente, todas las exportaciones etíopes se deben realizar por el puerto de Yibuti, a través de un línea férrea que une Addis Abeba con el citado puerto con un coste mayor.

Finalizando la columna de hoy, mis reflexiones son las siguientes: el escenario internacional actual, parece darme la razón con la afirmación realizada al principio de la columna, pues hay aproximadamente 50 conflictos activos, de baja y media intensidad, y la situación entre Etiopía y Eritrea, amerita que sea gestionado para evitar una nueva guerra, que podría tener consecuencias regionales significativas, habida cuenta otros conflictos, como los que se están dando entre la República Democrática del Congo y Ruanda, el accionar de movimientos yihadistas como Boko Haram y otros en el África Subsahariana, pero también deberíamos reflexionar en retrospectiva, sobre la miopía de Occidente, en particular la europea respecto a África, que en su momento hicieron un trazado arbitrario, pensando sólo en sus propios intereses, de fronteras que no se condicen con factores étnicos, culturales e históricos, que debieron haberse tomado en consideración, y que quizás hubieran evitado muchos conflictos, por eso ante la crítica situación actual entre los dos Estados africanos motivo de la presente columna, la frase elegida para terminar es de Henry Kissinger, que dijo: “La ausencia de alternativas, aclara la mente…”.-

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