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La muerte de Raisi

Por Ricardo López Göttig

Confirmada la muerte del presidente iraní Ibrahim Raisi, se abre un proceso electoral para elegir a un nuevo jefe de Gobierno de aquí a cincuenta días, pero sin que esto suponga un cataclismo para el régimen teocrático imperante desde 1979. Quien realmente tiene las riendas del poder y toma las grandes decisiones es el Líder Supremo, el Ayatollah Alí Jamenei, quien con el Consejo de Guardianes de la Revolución compuesto por ulemas, pone el filtro sobre quiénes pueden postularse a las elecciones, el control de que las leyes se ajusten a su interpretación de la Sharía, y bajo cuya orden directa se encuentra la Guardia Revolucionaria Islámica. En rigor, el presidente en Irán es el equivalente a un primer ministro, sujeto a un primer magistrado con una enorme masa de poder y que no es responsable ante ningún poder humano.

El período inconcluso de Raisi estuvo marcado, por un lado, por la sangrienta represión de las manifestaciones que exigían derechos básicos para las mujeres, que comenzó a partir del asesinato de la joven Mahsa Amini. Si bien el régimen logró sofocar estas expresiones de hartazgo y rechazo al régimen teocrático basado en la Shía duodecimana, lo cierto es que provocó un fuerte cuestionamiento a los cimientos mismos del sistema que no puede contenerse con el uso despiadado de la violencia, porque ha perdido legitimidad frente a la población. Por otro lado, el régimen se ha involucrado en dos aventuras militares, concatenadas en su enfrentamiento bélico creciente con el mundo occidental, con el apoyo a Rusia en su invasión a Ucrania con la venta de los drones Shahid, y subió varios escalones en la confrontación con su apoyo directo al llamado “eje de la resistencia” formado por los grupos terroristas Hamás, Hizballah, la Jihad Islámica y el movimiento Houthi en Yemen, en sus ataques coordinadas hacia el Estado de Israel. Es un Estado promotor del terrorismo como forma de guerra, que nada tiene de santa, ni de heroica, ni de justa.

Analistas calificados observan que Raisi se veía como un posible reemplazo, con el tiempo, del Ayatollah Alí Jamenei como Líder Supremo, ya que también tiene formación como teólogo shiíta y era descendiente del Profeta Muhammad. La dimensión religiosa es esencial para comprender el rol que la República Islámica de Irán se otorgó a su misma desde 1979, en su pretensión de liderar al mundo islámico, en una competencia indirecta con Arabia Saudí. A diferencia de la monarquía del Sha Mohammed Reza Pahlevi, de contenido autoritario y crecientemente secularizador, que buscaba legitimarse con los resultados de la modernización económica y social, el régimen del Ayatollah Jomeini y sus sucesores busca legitimarse desde lo sobrenatural como sustento del panislamismo, en una guerra global sagrada contra el mundo occidental, secular y pluralista, representados por Estados Unidos y el Estado de Israel.

Esa narrativa se va desgastando y perdiendo impulso, por lo que requiere de mayores grados de opresión interna y de creciente belicosidad externa para prolongarse, aspirando a derrotar a sus enemigos “satánicos” de dentro y fuera del país. Los cambios profundos no los veremos en un proceso comicial que pasará por el filtro del Ayatollah Alí Jamenei para colocar a otro presidente sin poder auténtico, sino en los movimientos de la disidencia, a veces visibles y otras tantas en las sombras.

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