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Shoá

En un campo de exterminio nazi la existencia de los prisioneros se articulaba en torno al peligro, al temor de la selección. Con regularidad, en efecto, los más enfermos, los menos aptos para el trabajo forzado eran seleccionados para la cámara de gas. Pero ya antes, al comienzo mismo de la cadena industrial del exterminio, desde la llegada a uno de esos campos, la larga fila de los deportados que acababan de bajarse del tren de ganado luego de varios días de viaje sin comida, sin agua, sin baño, sin aire, en el andén mismo que conducía a la entrada, eran víctimas de una primera selección. Un oficial de las SS, ángel de la muerte, enviaba a los unos hacia un lado, a los otros hacia el lado opuesto. Hacia el lado de la entrada en el campo, donde existía, por mínima que fuera la posibilidad de supervivencia; hacia el otro lado, la muerte inmediata rumbo a la cámara de gas.

Esa experiencia de la selección se vio agravada si se piensa en las condiciones concretas en que se desarrolló. Los judíos fueron deportados en grupo: familias, comunidades aldeanas en su conjunto. Las personas que el deportado judío veía desaparecer, enviadas por una fusta del oficial SS hacia un destino desconocido, no eran anónimas, compañeros casuales de un largo y tenebroso viaje hacia lo desconocido: eran sus madres, hermanos o hermanas menores, sus viejos abuelos. Lo que el deportado judío veía desaparecer era carne de su carne, y pronto sabría que el destino era la cámara de gas.

Este es un resumen de una extensa exposición del escritor español hoy fallecido, Jorge Semprún, víctima del nazismo y sobreviviente de Buchenwald cuando hace muchos años retornó a ese campo para hacer uso de la palabra en un evento recordatorio donde ejerció su memoria sobre lo que él vivió y vio allí como prisionero político de la ordalía nazi, y sobre todo remarcando su testimonio sobre la Shoá. Y en esta semana en la cual se conmemora la Shoá, lo central es la memoria, y lo que ella nos trae en 2022 para tener presente lo que sucedió y qué tan diferente creemos que es hoy el planeta en el que vivimos.

Hace 40 años, Primo Levi volvió a Auschwitz. Y narró el viaje en el tren de ganado que menciona Semprún.  “Éramos cuarenta y cinco personas en un vagón muy pequeño, apenas había espacio, como mucho podíamos sentarnos. Nos habían dicho que podíamos llevar comida, pero, estúpidamente, no llevamos agua o quizás un poco, y pensábamos que conseguiríamos agua en algún lugar. A pesar de que era invierno, padecimos una sed aterradora; aquella fue verdaderamente la primera experiencia de una tortura, la tortura de la sed durante cinco días. El que podía soplaba sobre los pernos del vagón e intentaba raspar la escarcha blanca llena del óxido de los pernos para conseguir recoger unas pocas gotas de agua y mojarte los labios. De los seiscientos cincuenta que íbamos en aquel tren, 500 murieron aquella misma noche o la siguiente, enviados directamente a las cámaras de gas. En aquel escenario siniestro, en plena noche, bajo los focos, con toda esa gente que gritaba como nunca se ha oído gritar, gritaban órdenes que no comprendíamos, bajamos de los vagones y nos pusimos en fila”.

Después de llegar al infierno nazi, algunos entendieron en qué pozo habían caído y lo calificaron muchos años después de sobrevivir y sentir que aún con estrés postraumático de por vida, debían narrar y opinar. Levi consideró que el Holocausto “representó un punto de no retorno en términos de proporciones, sobre todo de recursos, porque por primera vez en tiempos recientes el antisemitismo se convirtió en un proyecto planificado, organizado a nivel de Estado donde no había escapatoria posible porque toda Europa se convirtió en una enorme trampa”.

Cuando en 1982, Primo Levi expresó su preocupación sobre la posibilidad que se intentara negar el Holocausto, su premonición fue doblemente acertada. Primero, porque efectivamente el movimiento negador creció y obligó a legislar en su contra en Europa y Estados Unidos, porque empeoró cuando Irán lo tomó como bandera, y varias dictaduras se subieron a ese tren infame. Segundo, porque Levi dijo entonces hace 40 años que “quien niega Auschwitz está dispuesto a volver a hacerlo”, y hoy nos enfrentamos a Irán y muchos cómplices que anuncian esos deseos desde los propios foros de Naciones Unidas. Ya al terminar la guerra, quedó demostrado que el odio antisemita no había quedado en los campos de exterminio. Cuando los escasos sobrevivientes volvieron penosamente a sus casas de Eslovaquia, Hungría, Polonia, se encontraron no sólo con sus propiedades ocupadas por sus conocidos no judíos, sino que fueron violentamente expulsados. No sólo los nazis les habían quitado todos los derechos y hasta el nombre tatuándoles un número. Sus vecinos también. Con matanzas incluidas como el pogromo de Kielce en Polonia en julio de 1946.

Gideón Hausner, fiscal general de Israel en el juicio a Eichmann dijo al principio de su extraordinario planteo de acusación en 1961 que el asesinato no era algo desconocido para la humanidad desde que Caín mató a Abel, pero hubo que esperar hasta el siglo 20 para ver con ojos propios una nueva forma de asesinato, el de una calculada decisión y minuciosa planificación para que una acción criminal perpetrada por miles buscara terminar con la existencia total de un pueblo, el pueblo judío.

En ese contexto de aplastamiento y destrucción de todo lo humano mientras la industria de la muerte los convertía en cenizas, hoy queremos recordar una brevísima narración de Viktor Frankl, prestigioso psiquiatra vienés, creador de la logoterapia, sobreviviente de Terezin quien escribió: “Jamás olvidaré aquella noche en que me desperté con los fuertes gemidos de un compañero amigo que se agitaba en sueños bajo los efectos de alguna horrible pesadilla. Yo siempre me he sentido especialmente conmovido ante las personas que sufren delirios o pesadillas angustiosas. Decidí despertar al pobre hombre, pero en el último instante me detuve, retiré rápidamente mi mano asustado por lo que iba a hacer. Comprendí con rapidez, de forma descarnada, que ningún sueño, por muy horrible que fuese, podrías ser peor que nuestra realidad en el campo, una realidad a la que estuve a punto de cometer la crueldad de devolverlo”.

Ahora sí debemos estar despiertos, aunque haya realidades de pesadilla. Ahora, somos nosotros los que no podemos olvidar por las generaciones y generaciones, sin límites. Y tener muy presente que hoy, en otro siglo, las semillas del odio plantadas por los nazis y germinadas junto a ellos por muchos cómplices en toda Europa acompañando con fervor la perpetración del exterminio, siguen presentes. Si alguien cree que la extrema derecha francesa o húngara no volvería a instalar un nuevo Auschwitz si le fuera posible tal como lo dejó planteado Primo Levi hace 40 años, o es ingenuo o no tiene el coraje de mirar lo que sucede, o peor, las dos cosas. Esto, más la libertad de muchos gobiernos promoviendo 20 veces por año en Naciones Unidas la deslegitimación del Estado judío marcan este siglo. Es imprescindible conmemorar. Y se hace. Es esencial enfrentar el odio. Hoy, el pueblo judío lo hace. Se terminó eso de esperar por los demás, que ya sabemos quienes son, qué son y como actúan.

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