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Emergencia sanitaria, u otras

Por Ianai Silberstein
Hoy mi deber era
Cantarle a la patria
Alzar la bandera
Sumarme a la plaza
Hoy era un momento
Más bien optimista
Un renacimiento
Un sol de conquista
Hoy yo que tenía
Que cantar a coro
Me escondo del día
Susurro estoy solo
¿Qué hago tan lejos?
Dándole motivos
A esta jugarreta cruel de los sentidos
Silvio Rodríguez, “Hoy mi deber era”

Había amanecido esta mañana con el tema de mi columna claro, firme, y sobre todo optimista. Al contrario de la mayoría de mis intervenciones, donde intento plantear la reflexión en torno a la ambigüedad que es posible encontrar en casi todos los acontecimientos de la vida, hoy quería compartir mi punto de vista personal, mi postura ideológica y hasta política, sin ambages, y hasta con un poco de goce de que los hechos se desarrollen como yo entiendo que deben hacerlo. Fue una ilusión. La realidad vuelve a ser más compleja que toda ideología.

El Tema esta mañana iba a ser, en forma exclusiva, el final de la Emergencia Sanitaria en el Uruguay después de 752 días. Con más de dos años de perspectiva y 7171 muertos por Covid al día de hoy, da para hacer una evaluación tanto de las políticas del gobierno, sus resultados, la conducta de la población en general, y hasta aventurar aprendizajes o cambios de conducta colectiva para el futuro. En cualquier escenario, y es mi estricta opinión personal, el país sale fortalecido de la pandemia. En forma casi simbólica, o no tanto, los votantes confirmaron, plebiscito mediante, una ley, la LUC, que había convertido el referéndum en una nueva elección. Para quienes nos alineamos con el gobierno actual en Uruguay, después de mucho tiempo, reina un optimismo mesurado pero firme.

No bien sintonizamos Twitter esta mañana, sin embargo, dos hechos socavan el tono optimista que queríamos compartir. Por un lado, y a nivel estrictamente local, un edil o concejal del oficialismo en el Departamento de Canelones, vecino a Montevideo y el segundo en población del país, había prestado su voto para que el Gobierno departamental consiguiera los fondos por los que viene peleando desde su instalación; por otro lado, la miembro de la Kneset por el partido Yamina del Primer Ministro Naftalí Bennet, se retira de la coalición de gobierno dejándola con sólo 60 diputados a cambio del lugar número diez en una eventual lista del Likud en las próximas elecciones y el cargo de Ministra de Salud en caso de que Netanyahu vuelva a ser gobierno.

Hay algo de “jugarreta cruel de los sentidos” en estas traiciones cortesanas, en esta reducción de la política a cargos y prebendas, en esta labilidad de fidelidades y alianzas. Sea en la política localista en Uruguay o en la gran política de Israel, lo que en ambos episodios falta es la noción de propósito, proyecto, y bien común. Seguramente la diputada Silman dará sus razones, de corte ultra-nacionalista, para justificar su movida, y el edil Juan López dará las suyas (no puedo ni imaginarlas), pero todo se reduce a dar con el precio: en el caso de Israel ya lo sabemos, es público; en el caso local, habrá que ver que gana este “Juan Pérez” a cambio de su voto.

Si la pandemia ha sido una prueba para la Humanidad, yo creo, ahora que como estilo de vida llega a su fin (y esperemos que para siempre), que mi país, Uruguay, al cabo de poco más de dos años ha pasado la prueba con nota. Era, es, un motivo para “alzar la bandera y sumarme a la plaza”, una plaza que representa a la mitad apenas más grande del país. Es irónico, sin embargo, que luego de dos años así, luego de una campaña político-electoral de medio período a las que Uruguay no está acostumbrado y que fue fermental y determinante, la política mezquina habilite este tipo de traiciones, este desandar de los caminos recorridos y las metas alcanzadas.

A su vez, si Israel pudo zafar del círculo vicioso de elecciones que había impuesto Netanyahu en aras de su auto-protección legal, no fue sin esfuerzos ni renuncias. El sabotaje de este logro es también una traición que empequeñece la vocación política de las mayorías. En lo personal, me quedo con un sabor amargo, y no de mate precisamente, de que las más grandes visiones y vocaciones pueden sucumbir ante una sola voluntad que saque su puntal del andamiaje laboriosamente construido.

La vida sigue aquí y allá. Debo confiar que al final el camino más prudente prevalecerá. Es una pena porque hoy tenía ganas de “cantar a coro” pero “susurro esto solo”.

Reproducción autorizada citando la fuente con el siguiente enlace Radio Jai

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