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A 85 años de la encíclica ‘Mit Brennender Sorge’

Por el Prof. Yehuda Krell

El próximo 10 de marzo se cumplirán 85 años de la firma de la encíclica del papa Pío XI, ‘Mit Brennender Sorge’ (Con ardiente inquietud). Fue una encendida proclama papal que condenaba las violaciones del concordato firmado entre el régimen nazi y la iglesia católica. La encíclica fue difundida el 21 de marzo de 1937, Domingo de Ramos, en aproximadamente 11.000 templos católicos alemanes ante la atenta lectura y escucha de miles de fieles que colmaban los templos.

El documento es considerado la primera manifestación oficial del Vaticano contra el nazismo y mostraba que la Iglesia finalmente daba una opinión firme y unificada sobre el régimen del III Reich, y con ello, los fieles alemanes tenían una guía del Papa y de la Iglesia para saber comportarse en la dura situación que estaban viviendo.
A diferencia de otras encíclicas llamadas por las primeras palabras en latín, esta recibía el nombre según las primeras palabras en la lengua que fue publicada, el alemán. El manifiesto papal era una crítica al incumplimiento por parte de los alemanes al acuerdo firmado entre el Vaticano y la Alemania nazi el 20 de julio de 1933, a pocos meses del ascenso de Hitler al poder. Ambos Estados habían firmado el ‘Concordato Imperial’ que tenía por objeto frenar la persecución nazi a las que eran sometidas las instituciones católicas del país.

El acuerdo tuvo escaso éxito, casi inmediatamente después de la firma los nazis comenzaron a violar los términos del mismo y las persecuciones se agravaron. Desde el año 1934 los líderes de la Iglesia católica en Alemania sufrieron violencia física, y a fines de 1936 la persecución ya era abierta y manifiesta; lo cual hacía de ‘Mit Brennender Sorge’ un documento de fuerte crítica al nazismo y veladamente a Hitler.

En 1934 la Santa Sede autorizó a dos sacerdotes jesuitas a preparar un informe sobre la ideología nazi con el objetivo de condenarla. Luego de diversas consideraciones, los sacerdotes presentaron el informe final a la Santa Sede en 1935. En él se hacía mención de 47 críticas sobre el nazismo, entre ellas: su aspiración a la expansión territorial, su militarismo y gobierno totalitario, el racismo, y el incumplimiento de la ley natural y divina.

La redacción final de la encíclica estuvo a cargo del cardenal Michael von Faulhaber, arzobispo de Munich, y el cardenal Eugenio Pacelli, luego papa Pío XII, quien agregó una introducción que detalla los antecedentes históricos del Concordato. La crítica se centra en el ‘paganismo de la ideología nazi’, condena las ideas sobre el mito de la raza y la sangre, y el rechazo de la concepción de Dios en esta ideología.

La proclamación advierte a los católicos que el surgimiento del nazismo es algo incompatible con el catolicismo cristiano. Explicita: ‘Todo el que tome la raza, o el pueblo, o el Estado, o una forma determinada del Estado, o los representantes del poder estatal u otros elementos fundamentales de la sociedad humana […] y los divinice con culto idolátrico, pervierte y falsifica el orden creado e impuesto por Dios’. Lo que no hace mención el escrito es sobre el antisemitismo nazi y la escalada de violencia antijudía
El nuncio apostólico en Berlín, el arzobispo Cesare Orsenigo, distribuyó la proclama con la ayuda de emisarios. No se dio aviso previo sobre la publicación del documento, y ​​su distribución se mantuvo en secreto, a fin de garantizar que el público creyente pudiera leer el texto en todas las iglesias católicas de Alemania. Las imprentas cercanas a la iglesia ofrecieron sus servicios e imprimieron, según estimaciones, unos 300.000 ejemplares de la proclama. Una cantidad que no era suficiente para las necesidades de la iglesia en Alemania, por lo cual, se imprimieron copias adicionales a mano o mecanografiadas. Una vez distribuidas y escondidas las copias en muchas congregaciones dentro de la iglesia, se las leyó desde el púlpito el Domingo de Ramos.

Los periódicos alemanes nazis no reaccionaron ni mencionaron la publicación de la encíclica, sólo el órgano oficial del Partido Nazi, el Völkischer Beobachter, publicó una primera réplica a la encíclica, pero sorprendentemente fue la única. El ministro alemán de propaganda, Joseph Goebbels, con el control total de la prensa y la radio, decidió que lo más conveniente para el régimen era ignorar completamente la encíclica.
Al día siguiente de la lectura, la Gestapo requizó todas las oficinas de la diócesis alemana y confiscó todas las copias de la proclamación que habían encontrado allí. Se cerraron y clausuraron todas las imprentas en las que se imprimió la proclama, se cerraron también los periódicos diocesanos y se impusieron restricciones a la cantidad de papel que una iglesia podía comprar para sus necesidades. También se prohibió izar banderas de la iglesia en actos religiosos.
El nazismo vió en la proclamación un llamado a la lucha contra el gobierno del Reich, e Hitler estaba personalmente enojado con la misma y prometió vengarse de la iglesia. Las medidas alemanas de venganza contra la iglesia incluyeron el enjuiciamiento de monjes por cargos de homosexualidad, asegurándose de que sus juicios se hicieran públicos, como en Koblenz, donde 170 franciscanos fueron arrestados y procesados ​​por ‘corrupción de la juventud’.
Aunque la encíclica, de amplia circulación, se lo considera el primer documento oficial que se atrevió a pronunciarse contra el nazismo, existe un debate entre los historiadores sobre el grado de crítica que hace el documento sobre el régimen nazi. Hay opiniones divididas sobre la importancia del documento, historiadores sostienen que su efecto fue mínimo, los nazis continuaron con su política y hasta la agravaron, como los hechos lo demuestran. El embajador de los EE. UU en Berlín informó que la enciclica no ayudó a la Iglesia católica en Alemania, sino que solo provocó que el estado nazi siguiera atacando las instituciones eclesiásticas. Otros le dan valor al manifiesto, pues representa la primera protesta oficial que osó salir contra el nazismo, y califican a la encíclica como un ‘llamamiento profético’.

Pero independiente del debate histórico, ‘Mit Brennender Sorge’ representa el más duro manifiesto que la Santa Sede expresó contra el nazismo, ya que durante la Shoá el Vaticano guardó silencio.

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